Otra Iglesia es posible

Cuenta el Diario del Alto Aragón la presentación en Huesca de un libro que el sacerdote bilbaíno Joaquín Perea, profesor de teología de Deusto, ha escrito a petición de la HOAC (Hermandad obrera de acción católica). La obra se titula como esta entrada de mi blog, Otra Iglesia es posible. Al admitir este aserto hay que dejar bien claro, para evitar malentendidos, que no nos referimos a la esencia inmutable de la Iglesia como “misterio de salvación”, presidida por la cabeza, que es Cristo, no. Nos referimos a la Iglesia “visible”, a su organización, estructuras, funcionamiento interno, jerarquización, etc.  

Las grandes instituciones, que llegan a ser mastodónticas, tienen la tendencia a perpetuarse en sus estructuras, a poner en ellas su seguridad, a  desconfiar del todo en los cambios, y si estos se dan tienen que ser tan lentos que no se note en la marcha del trasatlántico, como cuando la curva es de ángulo tan abierto que no se nota, que parece una recta. Los virajes bruscos se ven peligrosos y difíciles de controlar. Lo malo, o lo bueno, es que a veces esos cambios de rumbo tienen que ser tremendos y realizados en su momento.

La Iglesia se vio abocada a un primer volantazo al final de las persecuciones, cuando salió a la calle y fue aceptada, primero como una religión más, sin ningún tipo de prohibición o de persecución, (con Constantino),  y después como la religión oficial del Imperio (con Teodosio). Esa adaptación y ese cambio fue una maniobra tan osada y temeraria que casi derrapa y sale fuera del camino. La acogida de numerosos nuevos fieles con sus idolatrías y sus “religiones”, apenas disfrazadas con un barniz pseudo cristiano, la paulatina y rápida dejación de procesos tan fundamentales como la catequesis seria y minuciosa a los bautizandos, la adaptación de la liturgia a grandes masas, y otros cambios mal pensados y mal realizados, casi hace, todo ello junto, que la comunidad cristiana dejara de ser la vida y la experiencia de los seguidores de Jesús para  convertirse en una Religión convencional, con toda su parafernalia cultual y organizativa.

Ese estilo duró, con progresivos agravamientos de todos los síntomas “religiosos” a expensas de los signos evangélicos, hasta la Reforma de Lutero, que intentó soltar mucho fardo que impedía el normal movimiento y respeto al seguimiento de Jesús según el Evangelio. Después, el Concilio de Trento no pudo ni quiso hacer reforma, sino mantener el anterior estado de cosas, con algunos ajustes de importancia, como la formación del clero, más atenta a los aspectos canónicos y a su control organizativo que a la verdadera orientación filosófica y teológica, ambas de espalda a los nuevos aires que el Renacimiento impulsó en el pensamiento.

Solo en el arte la jerarquía de la Iglesia respondió positivamente a los nuevos tiempos. Por eso lo que la Iglesia Católica propugnó fue, efectivamente, una Contra Reforma, jugando a la defensiva y a expensas del adversario, hablando en términos futbolísticos. E incluso una de las realidades más serias de la Iglesia en esos tiempos, como fue la Compañía de Jesús, tuvo que pagar, y pagó, la inquebrantable manía, esa sí mantenida, de alianzas y tejemanejes políticos de la más alta jerarquía de la Iglesia.

Como tantas otras veces, a las reformas en la Iglesia, movidas “tal vez” por el Espíritu, la respuesta era una seria resistencia, propiciada, en muchas ocasiones, por la actitud monolítica y retardataria, cuando no refractaria, de la misma jerarquía que oficialmente defendía y bendecía los cambios. Eso lo vemos con bastante nitidez en la sutil campaña oficial de propaganda posconcilciar tridentina presentando a Carlos Borromeo como gran reformador, (él verdaderamente lo era), cuando las pautas que se llevaron a cabo fueron las de Roberto Belarmino, (que no lo era tanto, o lo era según el puro interés de la jerarquía, en contra a veces de la verdadera apertura).

(Continuará

Jesús Mª Urío Ruiz de V ergara  

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