“Escándalo” en la diócesis de Lugo

cnice-Fachada principal de la Catedral de Lugo-22758__122_a_2[1]Justamente hoy el evangelio de la misa nos ofrecía un texto famosísimo sobre el escándalo. “El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar”. (Mc 9, 42) Los pequeñuelos que creen no son los niños, sino los pobres o pequeños de Yavé, los anawim.

El escándalo evangélico no surca los caminos del moralismo, sino de la fe. Lo podemos definir como la actitud de poner trabas o dificultades a la fe de la gente sencilla. Son necesarias las dos cosas: que haya fe, no superstición o adhesión rutinaria a unos criterios repetidos, y sencillez verdadera, no testaruda seguridad en uno mismo. Esta situación se puede dar, y se da más de lo que parece, en gente aparentemente “sencilla”, que lo será sociológicamente, no desde la perspectiva del Evangelio.

En la diócesis de Lugo se ha dado en caso siguiente: la compra de una campa vecinal, por la que los lugareños pagaron en su día con el dinero concedido por una empresa eléctrica como indemnización por motivo equis, no fue registrada oficialmente. Después, se construyó en ella la Iglesia y la casa parroquial, con el beneplácito de los vecinos. Al reestructurar la organización parroquial, obligados por la falta de clero, los edificios parroquiales, Iglesia y casa, iban a ser vendidos a una empresa constructora. Ésta exigió también la campa. La diócesis intentó la venta, pero los vecinos, creyéndose los legítimos propietarios, lo impidieron judicialmente.

Y en esas anda la cosa. Según las familias afectadas ha habido por parte de la diócesis amenazas, como la de dejarles sin misa, o cosas así. Yo no me lo creo mucho, porque entonces la polémica adquiriría visos de chantaje que podría ser catalogado casi de simoníaco. Porque mezclar el cumplimiento del mandato del Señor “haced esto en memoria mía” con las andaduras del vil metal sería como poner en un mismo nivel dos realidades tan opuestas como lo material y lo espiritual. Así que los fieles de la parroquia de Ribadulla tendrían que comprar la celebración de la Eucaristía pagando el precio de un terreno. Eso sería simonía pura y dura. 

No creo que el obispo de Lugo, Alfonso Carrasco Rouco, bien formado en Teología y en Derecho Canónico, cometa semejante desliz. Conocí a Alfonso en el curso 1990-1991, cuando era un joven cura recién llegado de estudiar en Alemania, y ambos colaboramos, en tareas burocráticas,  en la organización de un Congreso Internacional de Derecho canónico en la Pontificia Universidad de Salamanca. Era un joven animoso, diligente y sensato, buen compañero, y no creo que la dignidad episcopal le haya trastornado de tal modo el sentido común, y el “sensus iuris”.

Para mí, el “escándalo” del título va por otro camino, mucho más evangélico que jurídico o canónico. Se nos ha dicho a los clérigos, especialmente a los responsables de administrar bienes eclesiásticos, como párrocos, obispos, etc, que una de nuestras mayores responsabilidades es defender y salvaguardar los bienes de la Iglesia. Es un principio claramente formulado en el Derecho Canónico. Yo no digo que no. Sólo me opongo a la primacía de ese quehacer sobre la misión pastoral de los ministros de la Iglesia, que lo son en nombre del Dios Padre de Jesucristo, quien dijo cosas como “si te pleitean para exigirte el manto dales también la túnica”. Teniendo muy en cuenta la última frase, espléndida, del CIC (Código de Derecho Canónico), “sin olvidar nunca que la salvación de las almas (personas) es el fin supremo de la ley de la Iglesia”.

Jesús Mª Urío Ruiz e Vergara   

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