El inquietante vértigo del placer sexual”.

Los jueves doy clase de bioética a 20 osados y complacientes alumnos de la parroquia. Los temas abordados son los que uno puede imaginar, primero en teoría, y más tarde en sus aplicaciones prácticas. Ayer una de éstas, la “fecundación asistida”,  nos llevaba a los problemas que la ética puede encontrar en esa aplicación. Uno de ellos, y no el menor, es la tentación de manipulación y de instrumentalización de un ser humano, aunque lo de humano lo sea tan solo a nivel de proyecto. No damos soluciones morales, porque una clase no es un sermón, pero todos estábamos de acuerdo en que las dudas y vacilaciones éticas pueden aparecer y es muy lógico que así suceda en temas tan sensibles y controvertidos.

Lo de la instrumentalización, que implica una despersonalización y deshumanización, me dio pie para alertar a los compañeros de reflexión, porque practicamos el diálogo y la continua participación, a otro tipo de instrumentalización en otra clase de actividades humanas que no tienen que ver, directamente, con las técnicas biomédicas de las que estábamos hablando. Y dando un volantazo de ciento ochenta grados enfoqué directamente el tema del sexo, y más concretamente, del placer sexual. Entonces hice la pregunta: ¿Por qué el magisterio eclesiástico mantiene hasta hoy que el sexo es siempre pecado, sin parvedad de materia, cuando no se practica entre marido y mujer, casados canónicamente, claro, y teniendo en cuenta la fecundación? ¿En qué radica la inmoralidad de ese comportamiento?

También estábamos de acuerdo en que los matrimonios católicos practicantes, exceptuando los miembros de los movimientos conservadores que todos conocemos, no pautaban ya la calificación moral de su comportamiento sexual por los dictados de dicho magisterio eclesiástico. Y ahondando en la materia les indiqué algunas de las pistas para la calificación moral del sexo, teniendo justamente en cuenta el concepto que habíamos comentado de “instrumentalización”. Que no tenía que ver nada, gracias a Dios, con la razón  necia y bobalicona, que es una sinrazón, que siempre nos han dado. El sexo es pecado porque sí, porque así nos lo han dicho y asegurado con autoridad los mandamases de la religión, notablemente los católicos, del siglo XVII en adelante, y los musulmanes.

Hice ver a mis alumnos la profunda y feliz coincidencia entre la consideración psicológica de Erich Fromm, y la apreciación moral de teólogos morales católicos preclaros, con Bernhard Häring a la cabeza. Efectivamente, es interesante e  ilustradora la coincidencia del resultado final, si no del camino para llegar a él, del psicólogo  neofreudiano y de la moderna ciencia moral católica.

Los que han leído la obra “El arte de amar”, de Fromm, redordarán que él descubre cuatro situaciones humanas en las que encuentra la realidad “amor”, que previamente ha descrito técnicamente: el amor fraterno, (el de Jesús en el Evangelio, él, hijo de judíos lo supo ver); el amor materno (el que está fundado en lazo de sangre), el amor “de Dios” (el amor y la dedicación a una realidad abstracta y transcendente), y el amor carnal. De los cuatro era éste último el menos amor y el más frágil. La razón de esa calificación: la carga emotiva y sensorial desequilibrante que proporciona el placer sexual, capaz de, con mucha probabilidad, trastornar el normal raciocinio de la mente.

Häring llega a la posible “inmoralidad” (pecado) de la sexualidad no por la intrínseca maldad ética de ésta, sino porque, y repetimos la frase de Fromm, “la carga emotiva y sensorial desequilibrante que proporciona el placer sexual, capaz de, con mucha probabilidad”, hacer caer al que la practica en la instrumentalización de su pareja en provecho del propio placer. Si se diera esta despersonalización  que he comentado más arriba, y eso suscede más frecuentemente de lo que se admite, podríamos hablar de falta de ética sexual. Preciosa manera de llagar a conclusión semejante psicólogos y moralistas. De ahí la atrevida formulación del título de esta entrega “El inquietante vértigo del placer sexual”.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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