La falta de “Sabiduría”, un gran déficit.

“Doy gracias y alabo y bendigo el nombre del Señor. Siendo aún joven, antes de torcerme, deseé la sabiduría con toda el alma, la busqué desde mi juventud y hasta la muerte la perseguiré; crecía como racimo que madura, y mi corazón gozaba con ella”.(Eclesiastés 51, 17-18) (1ª lectura de la misa de hoy).

¡Qué maravilloso ese anhelo del joven buscando la Sabiduría! Sabemos que los últimos libros del Antiguo Testamento, siglos III-II a.c., fueron muy influidos por el gran movimiento de la “gnosis” griega, con su gran afán por el conocimiento, en sus dos vertientes: el contenido del mismo, y el no menos importante y decisivo de su funcionamiento, aspecto éste que casi fue abandonado después hasta Kant.

Leí en un maestro de espiritualidad, no recuerdo cual, que sabiduría dice relación a dos conceptos diversos, que en realidad son contrapuestos y complementarios: el de saber y el de saborear. No sería suficiente el conocimiento frío y exacto, como el de una fórmula matemática, sino sería preciso, para disfrutarla, de un conocimiento desde la experiencia y la prueba. Ponen el ejemplo del conocimiento de una tarta: no bastaría con saber la receta exacta y la proporción de todos sus ingredientes, sino que hay que comerla para conocerla de verdad y por dentro. Así la Sabiduría sobrepasa el mero conocimiento racional y especulativo.

Está claro que la sabiduría puede ser considerada desde diversos frentes y perspectivas. La que proclama el AT de la Biblia es, evidentemente, la Sabiduría con mayúscula, la que se refiere a las cosas y a la Palabra de Dios. El fin del Sermón de la Montaña de Jesús nos pondría en el punto exacto de su aplicación a las enseñanzas del Maestro: “Si uno escucha estas palabras mías y las pone en práctica, dirán de él: aquí tienen al hombre sabio y prudente, que edificó su casa sobre roca…  Pero dirán del que oye estas palabras mías, y no las pone en práctica: aquí tienen a un necio que construyó su casa sobre arena”. (Mt 7, 24.26.)

Esa es la diferencia entre poner o no poner a prueba la Palabra: ser sabio o ser necio. Pero en la vida civil, en la pura dimensión humana y humanista, echamos también de menos ese equilibrio en el juzgar y valorar la realidad. Se dice que hoy hay mucha más información que antes. Y es verdad, pero en general y en  teoría, no en cada individuo, y ni siquiera en el mayor numero de individuos. Los hombres públicos, políticos y hombres de radio y televisión, no se caracterizan en España por su eximia sabiduría de juicio, opinión y expresión. Más bien, al contrario, por una burda interpretación sesgada y sectaria de la convivencia social y política. Pero no conviene cargar contra esos que de alguna manera nos representan a todos, pues unos son elegidos con el voto, y otros son refrendados por la audiencia televisiva o radiofónica.

Sería ilusionante que muchos jóvenes, más que preocuparse por la adquisición de mucho dinero, o cómo labrarse un provenir profesional selecto y encomiable, tuvieran por norte, en los difíciles pero entrañables y mágicos años de su formación adolescente y joven, el adquirir esa Sabiduría que iluminaría, después, su vida y la de los que tuvieran la dicha de convivir o depender de ellos, especialmente los hijos, o los alumnos, o los conciudadanos.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

One Response to “La falta de “Sabiduría”, un gran déficit.”

  1. El último párrafo es revolucionario.
    El crecimiento hacia dentro es capital, porque lo que constituye a la persona no tiene que contar con un refrendo exterior.

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