La cuestión es de “vida o muerte”.

 “Moisés habló al pueblo, diciendo: “Mira: hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal. Si obedeces los mandatos del Señor, tu Dios, que yo te promulgo hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus preceptos, mandatos y decretos, vivirás y crecerás…

Pero, si tu corazón se aparta y no obedeces, si te dejas arrastrar y te prosternas dando culto a dioses extranjeros, yo te anuncio hoy que morirás sin remedio…” (Dt 30, 15.18)

 “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?” (Lc 9, 23-25)

Estos textos están extraídos de las lecturas de la misa de hoy. He aquí dos textos fuertes, serios, que no nos deben dejar impasibles a los creyentes, ya que apuntan, e interesan, al lado más existencial y vital del ser humano. La lectura de la Biblia, desde las primeras páginas del Génesis, muy notablemente desde el maravilloso relato “yavista”  del pecado del hombre y de la mujer (adán=varón, eva=hembra), es una sucesión de reflexiones teologales, referidas a Dios. Ahora bien, en su incidencia humana se convierten en ideas y pensamientos existenciales, presentados en una expresión literaria poderosa, realmente sorprendente para la época de su creación, siglos X-II a.c.

Hemos aprendido tarde, pero felizmente a tiempo, a leer la Escritura desde una perspectiva existencial, y no moralista. Recuerdo los sermones de D. Teodoro Torrecilla, párroco de San Pedro de Olite por los años 40-50, o del padre Justo, o.f.m., ignoro su apellido, preclaros e imponentes oradores, -imponentes quiere decir que imponían, asustadores-. Pues a pesar de mi tierna edad, si bien en el momento no era capaz, lógicamente, de poner el nombre al carácter moralista y estrecho de sus prédicas, sí me quedaron grabadas lo suficiente para ahora, sesenta años después, comprender lo vacuas y alejadas que se encontraban de la seductora riqueza que de hecho tiene la literatura bíblica.

En la Biblia no se juega el hombre el hecho de ser más o menos buenecito, o más o menos malo, sino de vivir o morir. Se trata de lo más hondo y decisivo de la existencia, de encontrar sentido a la historia humana. Individual, si uno la refiera a sí mismo, a sus propias limitaciones y angustias, o general y colectiva, si ampliamos el foco de observación a toda la humanidad, al género humano. El papel del pueblo de Israel era ser esa potente luminaria que proyectase esa luz imprescindible a la humanidad en los tiempos pretéritos. Ahora es, debe ser, la misión de los que nos llamamos creyentes cristianos. Pero me temo que, más que creyentes  preocupados de la ortodoxia, lo que el mundo necesita con urgencia es seguidores de Jesús, que demuestren con su vida cómo el cumplimiento de sus palabras tiene, de verdad, consecuencias vitales.

Los judíos, a tenor de los reproches de sus propios profetas, no cumplieron a contento su papel, dejaron mucho que desear, y no entendieron la universalidad de su elección y de su misión. Se apropiaron de la “alianza” que era un compromiso de Dios-Yavé con ellos en la medida en que servían de escaparate para que toda la humanidad contemplara la diferencia entre sus propios caminos y designios y los de Dios. Toda la Biblia está llena de esta “especie de egoísmo” de Yavé que afirma tomar determinadas decisiones por “el honor de su propio Nombre”, desprestigiado entre las naciones por el incorrecto y poco ejemplar comportamiento de “su pueblo”, especialmente de sus jefes.

 No nos tomamos suficientemente en serio las comunidades cristianas nuestra responsabilidad “ejemplarizante”, nuestra misión testimonial que el Maestro nos encargó: “Vosotros seréis mis testigos”. Y nuestro testimonio no es, sobre todo, de un tipo moral de comportamiento, sino de una actitud existencial que demuestra a los “gentiles” la seriedad y eficacia de la alternativa que Dios propone: la vida, la muerte; ganar la propia vida, o perderla, ganando, talvez, y muy difícilmente, el mundo entero. Y esto último, que parece tan grandioso, no soporta la pregunta corrosiva, ¿para qué?, ¿qué se gana con ello? Cuando contemplamos cómo languidece la altiva y prepotente “civilización occidental” , mayoritariamente cristiana, podemos entender la pequeñez y mezquindad de nuestro testimonio.

Jesús Mª Urío Ruiz de  Vergara    

 

One Response to “La cuestión es de “vida o muerte”.”

  1. Todos nuestros minutos contienen esta elección, vida o muerte; bendición o maldición. Y en la vigencia de cada minuto está la respuesta definitiva saliendo de los labios.

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