MC: ¿De donde viene el mal?

Prometeo encadenado

Prometeo encadenado

¿Quién de vosotros, si su hijo le pide pan,  le da una piedra?; o si le pide un pez, ¿le da una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que se las pidan!

(Mt 7, 9-11)

Siempre me han llamado la atención estas palabras del Evangelio, “si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos”. Jesús no hace excepciones, seguramente porque no sería ni justo ni prudente, y porque todos los seres humanos dejamos, más de lo debido, aflorar el mal que nos invade. Hay muchas teorías sobre la procedencia del mal, y sus causas. Y no es de las  menos conspicuas las derivadas del relato del pecado original, si bien non en el sentido más común y aceptado.

Para mí, a mi entender, no es “el pecado original” cometido supuestamente por Adán y Eva (no sé por qué los escribo con mayúsculas, pues en la Biblia son nombres comunes, macho-hembra, hombre-mujer, supongo que por costumbre, y para que el pesado del corrector ortográfico no me maree) el que origina el mal. Es al revés, es éste, metido hasta las vísceras en el ser humano, el que provocó el primer desliz ético, o pecaminoso del hombre. El Génesis lo explica muy razonablemente: para crecer y progresar, el ser humano, individualmente, y la humanidad, en su conjunto, no puede aceptar trabas ni limitaciones de fuera.

Descubrir esa situación y asumirla es lo que hace que nos rebelemos contra el que nos aparece en el horizonte como “el gran limitador” (la serpiente ayuda a Eva a descubrir que no poder comer de un árbol del jardí, en el fono es como no poder de ninguno; ¡que pérfida e inteligente la serpiente, símbolo de la gran tentación de a Religión Cananea!). Sartre se refería al “Gran Objetivador”, pues si cualquiera que me mira o me piensa me “objetiva”, Dios, supuestamente, me objetivará “absolutamente”. Y yo, que soy el “ser para sí”, es decir, “para mí”, no puedo, ni quiero, ser convertido en un simple objeto, un “ser en sí”, dominado y controlado desde fuera.

El descubrimiento de esa limitación, de la finitud, diría Paul Ricoer, es el detonante de las tentativas de rebeldía ante el orden establecido, que no era otro, en un principio, y hasta casi nuestros días, que los dioses. Éstos eran lo únicos detentores del conocimiento del “bien y del mal”, los dueños de la luz y del fuego, a los que había, inevitablemente, de hurtar el “fuego sagrado”. Es lo que hizo Prometeo, con las consecuencias que conocemos, y Adán y Eva, comiendo el fruto prohibido. Y es lo que hacemos nosotros todos los días, robando el fuego que no podemos manejar ni manipular, y saboreando el fruto envenenado del mal, que nos descubre la desnudez y la muerte.

Muchos no saben, pero les vendría muy bien enterarse, que el mal, en la Biblia, no es de tipo moral o ético, sino existencial y vital, profundo y ontológico. No pecamos, en el fondo, porque somos malos, sino lo hacemos porque somos, y para ser, hombres. Esa es la maravillosa enseñanza del relato del primer pecado, y no la hipotética, y burda transmisión pseudo-biológico-genética. Es reconfortante que Jesús, y el evangelista, hayan entendido lo más profundo y decisivo de la “condición humana”. 

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

2 Responses to “MC: ¿De donde viene el mal?”

  1. Interesante y liberador.

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