El verdadero culto, en “espìritu y en verdad”

Templo y monasterio oriental

Templo y monasterio oriental

 

“Jesús le dijo: Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre…Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto.” (Evangelio de la Samaritana; hoy, 3º Domingo de Cuaresma,  Ju 2, 5-42)

 

A mí me ha gustado siempre este evangelio del a Samaritana. Tal vez porque yo sea un poco, o un bastante, transgresor. Jesús, en muchos momentos, nos dio la pauta. En este pasaje del evangelio de Juan el Maestro está cometiendo un montón de irregularidades. Las enumero, para que no piense alguien que estoy exagerando. 1ª) Los “buenos” judíos rodeaban Samaría, y la adelantaban por el otro lado del Jordán; 2ª), estaba hablando con un habitante de Samaría, algo prohibido; 3ª), este habitante era una mujer, algo prohibidísimo; 4ª), además, para mayor escarnio y escándalo, era una prostituta, y eso se notaba por el traje; 5ª), acepta agua impura de una mujer impura y de un cántaro impuro. Un montón de transgresiones, como vemos.

Los apóstoles, al volver del pueblo, se “sorprendieron” de ese comportamiento nada ortodoxo de Jesús. Pero es que no era la primera vez que adoptaba actitudes como mínimo “chocantes”, pero esta vez se estaba pasando de la raya. El diálogo con la samaritana no tiene desperdicio, y, efectivamente, como señalan muchos comentaristas, la mujer del pozo de Jacob representa a la humanidad que busca, que tiene sed, y que no sabe bien en qué consiste el culto a Dios, ni donde tiene que rendírselo. Y es en este punto donde quiero pararme.

En un principio, en la época de la “conquista de la tierra”, y de los jueces, antes de la monarquía, había en Israel varios santuarios, algunos de importancia transcendental, como el de Silo, seminario de profetas como Samuel, verdadero padre de la patria. Ese santuario, como digo, no era único. Pero la  aristocracia sacerdotal de Jerusalén consiguió, con argumentos, primero político-militares, y después religiosos, amenazando incluso con la excomunión, y con la acusación de idolatría a los que se arriesgaran a dar culto en otros santuarios, consiguió, venía diciendo, que solo fuera reconocido como verdadero y único templo el gran santuario de Jerusalén.

Los samaritanos, como consecuencia del cisma del norte, y por otros motivos, no aceptaron ese verdadero monopolio cultual de la capital de Sión, que significaba para ésta una verdadera mina de dinero. El vil metal y la religión, más en concreto, la organización del culto, siempre han ido de la mano. Y así sigue siendo, desgraciadamente y con poco, o nulo, espíritu evangélico. Mi opinión, respetuosamente sincera, pero reconozco que incómoda, es que, si no fuera por los resultados económicos que presentan para los templos y las ciudades donde se encuentran, hace tiempo que se habrían acabado fenómenos como las peregrinaciones y los años jubilares y toda esa parafernalia como Santiago de Compostela, Zaragoza, Monserrat, Vaticano, Lourdes, Fátima, Jerusalén, La Meca, el Tibet, y un larguísimo etcétera de templos-ciudades sagrados/as.

Jesús lo deja claro: ante la pregunta de la samaritana, que representa la voluntad de autonomía de todo un pueblo, Jesús responde: “Ni en Jerusalén, ni en Garizín, (monte del templo samaritano), sino en espíritu y en verdad”. Tenemos la impresión, demasiado a menudo, que no es así el culto que ofrecemos y que promovemos, más que en espíritu y verdad, en pompa, ostentación, multitud y aglomeración. El verdadero culto que preconiza el Señor camina por otros derroteros, más sobrios, más auténticos, menos visibles, pero mucho más duraderos.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara          

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