A la espera de milagros “administrativos” para la canonización de monseñor Romero

imagesCAN261UFParece que en la diócesis de EL Salvador están preocupados y movilizados por la urgencia de demostrar algún milagro de su obispo mártir Romero, ante la exigencia de diversos trámites en los procesos de beatificación-canonización de la Santa Sede. Se llama milagro, en la definición del Diccionario de la Lengua Española, a un “hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino” (Real Academia Española). Con esta definición se dejan claras dos cosas, muy notables para nuestra reflexión de este día:

1ª), que se trata de un “hecho no explicable por las leyes naturales”, es decir, suceso o evento al que la situación actual del conocimiento científico no llega para  explicarlo como un acontecimiento natural; si bien podría suceder que años, o siglos, más tarde sí que sea posible esa explicación, de modo sencillo, diáfano e indiscutible; esto ha pasado en múltiples casos, como las expulsiones de demonios y la curación de otras enfermedades de origen neurológico. Hasta aquí no se habría demostrado nada, solo la falta de competencia para explicar un fenómeno empírico.

2ª), “que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino”; se atribuye, es decir, no se prueba ni se demuestra, sino que, por un procedimiento de “atribución”, digamos a dedo, sin rigor científico, se decide libre y soberanamente que se trata de una intervención divina. En seguida se percibe que esta atribución debe de acontecer en el ámbito de las creencias y de la radical “desnudez y debilidad” ontológicas del hombre, (cf. Paul Ricoer, y también Rudolf Otto en su libro “Lo Santo”), que busca fuera del ámbito de su realidad existencial la explicación de lo que, deseado con anhelo y estricta necesidad, a veces, cuando conseguido, no sabe explicar por los medios “normales” de la lectura de los hechos del universo.

Por todo lo anterior, resulta mucho más lógico, natural y pedagógico, el sentido de milagro en el Nuevo Testamento (NT) como “signo”, sino de algo, pero sobre todo, signo de Alguien. Entramos en el mundo de los signos, de las señales, de los símbolos, en el mundo sacramental de las presencias reales pero no constatadas ni física ni químicamente, no solo de la Eucaristía, sino de toda la dinámica sacramental como signo de la presencia del Señor Resucitado en la Iglesia. Al verdadero creyente le interesa mucho más el signo de esta presencia que la posible superación, o suspensión, de las leyes de la naturaleza. Esto le debería sonar al discípulo de Jesús a música cósmica, si se quiere, pero de ninguna manera “celestial”.

Además, no sé ni puedo imaginar cómo Dios, para nosotros, creyentes, autor de la leyes de la naturaleza, puede, por ensalzar a una criatura suya, el futuro santo, suspender o quebrar las reglas del juego que Él mismo creó. No vale el argumento de que así queda más claro su poder y su Gloria, pues para el que cree eso no hace falta para nada, pues justamente es creyente; y para el que no cree, no le sirve de nada, porque lo único que concluirá es la necesidad de estudiar e investigar más hasta encontrar la solución a enigmas que hoy se le resisten a su comprensión. No se trata de que haya la más mínima duda de que Dios “pueda” hacer milagros, sino de que Él quiera.

Eso de que Dios tenga que acudir a la cita urgente e insistente de los devotos que solicitan su intervención para una exaltación de un fiel y su elevación a los altares me recuerda al relato de ayer en la 1ª lectura de la misa del 3º Domingo de Cuaresma, del libro del Éxodo, sobre el suceso de “Masá y Meribá, cuando vuestros padres me tentaron y se negaron a ver mis obras”. Esa negativa sucedía, justamente, por exigir los israelitas a Moisés un milagro de Dios, el manantial en el desierto, para poder reconocer la “obra de Dios”.

La obra y la presencia de Dios en la vida, la palabra, el testimonio y la muerte de Óscar Romero no necesitan, para nada, la corroboración de un milagro convencional, ad hoc, solicitado puntualmente por la administración  burocrática de la “santidad” en la Iglesia. A mí, personalmente, me resulta penoso y hasta ridículo. Además, ¿no nos enseñaban de que en caso de martirio, de muerte violenta por causa de la fe, de su proclamación, defensa y anuncio, no hacían falta “milagros añadidos?”

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara          

One Response to “A la espera de milagros “administrativos” para la canonización de monseñor Romero”

  1. “No tentarás al Señor, tu Dios.” (Mateo 4, 7)
    Yo no quiero más proclamaciones de santos, por mí que suspendan la lista en este momento aún al precio de que, los de este carisma, queden afuera.
    Me conmueve y llena de esperanza la santidad a la que todos hemos sido llamados.
    “El os ha reconciliado en su cuerpo de carne, mediante su muerte, a fin de presentaros santos, sin mancha e irreprensibles delante de El.” (Col 1, 22)

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