Compromiso con la verdad

En aquellos días, al ver la valentía con que se expresaban Pedro y Juan, los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas no salían de su asombro, sabiendo que eran hombres del pueblo y sin cultura.Entonces les ordenaron salir del Consejo y comenzaron a discutir entre ellos:«¿Qué haremos con estos hombres? El milagro que han hecho es notorio y lo saben todos los habitantes de Jerusalén; no podemos negarlo. No obstante, para que no se divulgue más entre el pueblo, los amenazaremos para que no vuelvan a hablar a nadie en nombre de ése». Así que los llamaron y les prohibieron terminantemente hablar y enseñar en el nombre de Jesús. Pedro y Juan les respondieron: «¿Les parece justo delante de Dios que les obedezcamos a ustedes antes que a él? Por nuestra parte, no podemos dejar de proclamar lo que hemos visto y oído». (Hech 4,14-20)

Tenemos en esta lectura de este sábado de la semana de Pascua una típica prueba del abuso de autoridad que se ha enseñoreado de muchos grupos sociales durante siglos. Como recordaba en mi artículo de ayer en el Evangelio Jesús advierte claramente a sus discípulos que “entre vosotros no sea así”. Los sumos sacerdotes, (el colegio cardenalicio de aquella época), los senadores y los escribas (los leguleyos y comentaristas oficiales de la Torá) se sienten no solo incomodados, sino seriamente amenazados y complicados con la fama y la acción extraordinaria de los seguidores de Jesús. Y entonces los mandan callar, y no decir ni pío “nada de ese nombre”. Otra vez más, y son innumerables en la Historia, el Poder y la Autoridad más interesados en su propio beneficio e interés que con la verdad.

La respuesta de los apóstoles es admirable: “Tenemos  que obedecer a Dios antes que a vosotros”. Y eso se lo dicen a los legítimos representantes, para ellos, del organigrama religioso y sacro de su época. Pero ante la propia conciencia, que es la auténtica manifestación de la voluntad de Dios, de poco valen las autoridades humanas. A mí siempre me han parecido conmovedores, pero trágicamente peligrosos y nocivos, los intentos de anular la conciencia y la propia voluntad decisoria, para que otros decidan por nosotros. El “como cadáver” de la obediencia ignaciana, o, por lo menos, de lo que nos enseñaron de pequeños y jóvenes en el noviciado, y que yo nunca me creí del todo, es, además de una aberración, una injerencia demoledora en lo más íntimo y esencial de la personalidad de uno mismo.

Eso hablando en términos sencillamente humanos. Cuando se trata de la fe, y el creyente está íntimamente convencido y responsablemente seguro, con la vacilación y la duda que siempre puede caber en el pobre intelecto humano, de que su conciencia, en un asunto determinado, es el hilo comunicador de la voluntad y del plan de Dios sobre él. Por eso los apóstoles no temen los posibles desmanes de la autoridad, fundamentados y firmes “en la fe” y en la fuerza del Señor. En el fondo, tanto en el creyente como simplemente en el hombre de buena voluntad se trata de un compromiso con la verdad, más que con los propios intereses.

Como he apuntado más arriba, en la comunidad eclesial no debería ser así, como pidió el Señor. Pero, desgraciadamente, al ejercer la Autoridad y el Poder los jerarcas de la Iglesia  de modo semejante, por no decir idéntico, a veces, a como lo hacen lo poderes del mundo, pueden caer también en un abuso de autoridad, en la intolerancia y en el estilo prepotente y mandón, sin diálogo ni tentativa seria de comprensión hacia el subordinado, cuando en el Evangelio lo que se propone es que el superior sea, justamente, “servidor” y el último ante los otros miembros de la comunidad. Así contemplamos, y en esta última época con más virulencia que hace treinta años, por ejemplo, unos episodios de imposición autoritaria por parte del magisterio, intentando acallar la verdad de los que, legítimamente, hay que asegurarlo con decisión y firmeza, disienten de las posiciones oficiales, demasiadas veces más ocupadas en su propio mantenimiento e interés que en el compromiso con la verdad.

Es más parecido de lo que debería el comportamiento de nuestra jerarquía con el de las autoridades políticas y religiosas de Jerusalén en el inicio de la vida de la Iglesia. Lo malo y lo triste es que ahora inquisidores y autoridades, de un lado, y perseguidos y censurados, por otro, son, teóricamente, del mismo bando. ¡Que pena!

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara           

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