A vueltas con la “papolatría”

Juan Pablo II amonesta a Ernesto Cardenal

Juan Pablo II amonesta a Ernesto Cardenal

Vuelvo a repetir, por si acaso, que esta expresión no es de ningún laicista anticlerical o anti-Iglesia, sino de D. Teodoro Jiménez Urresti, catedrático de Nomología en la facultad de Derecho Canónico de la Universidad Pontificia de Salamanca, y canónigo de la catedral de Toledo en esos momentos. Gran amigo-adversario cordial del gran cardenal de la sede primada, D. Marcelo González, con quien, según trabajadores en la curia toledana, mantenía polémicas históricas y discusiones homéricas. Quede bien clara, pues, la autoría de la expresión, aparentemente irreverente contra la devoción papal que muchos exhiben.

Mi interés de hoy por este tema se debe, otra vez, a la reiteración con que nos recuerdan el contenido del concepto expresado por la palabra del título: la excesiva devoción y el inagotable botafumeiro encendido en loor del pontífice de Roma, sea quien sea, tenga la línea que tenga y diga o haga lo que haga. Ved, si no, el texto que nos ha llegado hoy, de la Vicaría del clero de Madrid,  a los párrocos y sacerdotes de la diócesis con motivo de la invitación a celebrar el día de nuestro santo patrón, San Juan de Ávila:”La beatificación del papa Juan Pablo enriquece la fiesta de esta año y es un motivo más para dar gracias a Dios. Su vida y su magisterio han aportado documentos importantes sobre la naturaleza y la misión del sacerdote”.

Al Vicario, muy buena persona y gran amigo mío, no se le ha ocurrido pensar que no todos están de acuerdo, por completo o al cien por cien, sino que son conscientes de lagunas y aspectos muy negativos,  con el ejercicio del ministerio petrino del papa polaco, ni tampoco con las prisas de su sucesor en la sede romana para elevarlo a los altares. Quiero insistir, con el riesgo de que me llamen pesado, (pero tan cansinos, o mucho más, son los que nos agobian y aburren con tanto ditirambo y tanta exaltación del papa, y sus “obras y sus pompas”), quiero proclamar, pues, el derecho que tenemos los cristianos de enjuiciar el comportamiento de nuestros jerarcas, del papa también, cuando en conciencia nos parece que se apartan de los valores evangélicos. Derecho y obligación si la corrección fraterna es  por el bien de la Iglesia. Lo haremos respetuosa y caritativamente, pero con claridad y decisión.

No soy pionero en estas lides. Citaré dos ilustres predecesores en esta tarea de corregir al “primus inter pares” de los apóstoles y los obispos. El primero, Jesús, el Maestro y Señor, quien, después de haber alabado a Pedro porque éste se pronunciara inspirado por el espíritu, le espetó cuando el viento de la inspiración cambió de lado:”apártate de mí, Satanás, porque esto no te lo ha dictado el Espíritu sino la carne”. De lo que se desprende meridianamente que el primero de los apóstoles se puede dejar llevar “por la carne”. Y a fe que durante la Historia esa variable se ha dado un buen puñado de veces.

Y por si fuera poca la autoridad del Maestro, está la de Pablo, afeando, con una medio bronca, ¡o entera!, a Pedro su simulación en el trato con los  “griegos” (cristianos no judíos) a favor de, y por miedo a, los judeo cristianos. La corrección fue pública, delante de toda la asamblea eucarística de Antioquía. Y no vale decir, como se apresuran algunos, que Jesús y Pablo eran quienes eran y tenían autoridad para eso y más. No se trata de autoridad, sino de servicio a la comunidad, y a mantener el estilo de Jesús, nada proclive a alabar o ensalzar a las personas constituidas en autoridad, aunque lo fueran en su comunidad de creyentes. Al contrario, el primero que sea el último, y que soporte humildemente las quejas y correcciones de sus hermanos. Esto es lo que se desprende del Evangelio, y no la honra, gloria y alabanza, a las que nos quieren acostumbrar. Ya sé que esto suena a disidencia, pero desafío, a quien se atreva, a negar que los valores que mantengo en la relación con la suprema autoridad de la Iglesia son los que se desprenden, inequívocamente, del Evangelio de Jesús.

Y en la actuación papal de Juan Pablo II hay hechos y gestos que no evocan el “plus de santidad” que supone la elevación a los altares, porque santos, elegidos, consagrados, lo somos todos por el Bautismo. Cito algunos de ellos:

  • Despachar con cajas destempladas al cardenal Bueno Monreal por solicitar en audiencia privada que se estudiara la norma del celibato obligatorio en la Iglesia de rito romano (porque en la de rito oriental es bien diferente);
  • La frialdad con que trató a monseñor Romero cuando éste, en su última visita a Roma,  le informó de los desmanes del gobierno de El Salvador y de la cruel persecución que mantenía contra las comunidades de base. El desinterés del Papa se debió, parece, a la obsesión que tenía contra el comunismo, y su sospecha de que el cristianismo popular latinoamericano fuera un vivero de células comunistas. Algo absolutamente falso y dramáticamente injusto. La muerte del mismo Romero, de Ellacuría y compañeros, y de cientos de cristianos de base, tuvo mucho que ver con esa convicción de los regímenes militares que pulularon por entonces en América Latina.
  • En ese escenario llama la atención, y duele, la imagen de Juan Pablo II dando la comunión a Pinochet. O profiriendo una pública, inmisericorde y, según todos los indicios, poco fraterna bronca, al poeta, presbítero y político nicaragüense Ernesto Cardenal.
  • La inquina contra los teólogos de la Liberación, y la persecución a cientos de teólogos, cuyo único pecado era disentir de la línea oficial, no del dogma, porque habrían sido declarados herejes, sino de la Teología y la Pastoral, alejadas, según ellos y muchos más, de las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Y por eso perdieron sus cátedras y su carácter de teólogos católicos. Y en este innoble trabajo tuvo la impagable colaboración del cardenal Ratzinger, que en sus días fuera un teólogo conciliar muy prometedor. (¡Las vueltas que dan la vida, y sus vanidades!).
  • No quiero cansar ya más. Para acabar, la oscura, por poco aclarada, relación del papa Wojtyla  con Marcial Maciel, a quien declaró “insigne educador de la juventud” (¡¡Sic!!).    

Hay más cosas, pero las apuntadas son suficientes para poner en duda si no la santidad y el trabajo pastoral y la dedicación y el empeño personal del Papa por la Iglesia, sí la excepcionalildad de la prisa por proclamarlo. Demasiadas sombras, quien sabe si oscuridades insalvables, como para anularlas de un plumazo, y saltando las mismas normas dadas por Roma para las causas de los santos. No nos extrañe que los que están locos por encontrar motivos para denigrar a la Iglesia estén eufóricos con los que les ha puesto en bandeja la más alta jerarquía de la misma.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara      

3 Responses to “A vueltas con la “papolatría””

  1. Cuanto odio.

  2. ¿Por qué odio?

  3. No sé a qué se refiere el “¡cuanto odio!”. No pienso que sea a mí. Nunca he odiado a nadie, y menos odiaría a alguien que no ha tenido trato ni roces conmigo. Imagino que decir respetuosamente la verdad no tenga nada que ver con el odio. Como no se me ocurriría decir que Jesús tenía odio a los fariseos, o Sumos SAcerdotes, o levitas, o senadores por las duras expresiones que contra ellos empleó. Ya adelanté que mis palabras podrían sonar irreverentes, pero nunca fruto del odio. Lo que pasa es que estamos acostumbrados, con las altos personajes de la iglesia, sólo al elogio y al ditirambo. No hay ningún mal, ni se hace dañó alguno, intentando ver la otra cara de la moneda del oficialismo eclesiástico.

    Jesús Mari (EL guardián del Areópago)

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