El estandarte de 16.000 euros

Han leído bien. Diez y seis mil euros ha pagado una familia por tener un año en su casa el estandarte de una Virgen, en una ciudad de Andalucía de cuyo nombre no quiero acordarme. Lo he visto en la tele, en las “Mañanas de la Uno”, mientras me preparaba mi comida, un buen guiso de carne con verduras, patatas y zanahoria. En realidad se trataba de una joven señora, guapa y rubia, que ha respondido con alegría y entusiasmo a las preguntas del corresponsal de la tele.

Que no, que no le parecía mucho pagar ese dinero por disponer de la ocasión maravillosa de tener durante todo ese tiempo, tan cerca, una prenda tan propia y típica de la Virgen de su pueblo. Que no era solamente por ella, sino por los demás. Que lo llevaba a las casas de los que lo necesitaban, por motivo de enfermedad o por otras causas. Que era fantástico y emocionante poder ayudar a la gente, y que eso no se pagaba con nada. Que nadie podía imaginar siquiera la emoción que se podía sentir al disponer de una prenda tan señalada y deseada.

Y así por delante. Ya sé que en el siglo segundo la Iglesia condenó, en famosa y enconada campaña, a los iconoclastas, que querían prohibir todo tipo de culto a las imágenes de los santos, incluyendo a los mártires de las primeras comunidades, que era los que más incomodaba a los tolerantes de signos, imágenes y reliquias. Pero dudo mucho que en los primeros siglos del cristianismo sospecharan, ni de lejos, a qué extremos podía llegar el fenómeno que motivaba la controversia. Está claro que, por una parte, era razonable huir de la actitud de  intolerancia y persecución de cualquier imagen que practicaban los judíos. Y una manera de señalar la diferencia era, justamente, permitiendo el culto a esas imágenes tan denostadas en toda la Torá hebrea. Y, por otra, que no se veía nada malo en mantener una especie de recuerdo entrañable de los hermanos sacrificados en aras de la defensa de la fe.

Pero una vez convertida la experiencia cristiana en fenómeno religioso de masas el culto a los recuerdos y reliquias de los hermanos y compañeros de comunidad, de cuya convivencia se hacía un emocionado memorial, no tenía ya nada, o muy poco, que ver con la situación en la que fue condenada la iconoclasia. Lo que sucedió después, todos los sabemos. La guerra y el escándalo de las reliquias, a ver quien tenía más y las más importantes, hizo, por ejemplo, que en un cálculo somero se pudiese asegurar que sumando todas las reliquias de la “vera Cruz”, del “signum crucis”, esparcidas por la Iglesia, el resultado de la suma no fuera una inmensa cruz, sino un bien poblado y frondoso bosque de pinos.

Insisto en mi opinión. El pueblo cristiano, católico en nuestro caso, no es el principal ni el primero responsable de la vivencia de una religiosidad que tiene mucho más que ver con las necesidades, carencias y obsesiones de la religión natural que con el Evangelio. Es decir, es preciso y urgente afirmar que la cosa no es que tenga poco que ver, es que no tiene nada que ver con el Evangelio y con el paradigma de la Iglesia primitiva.

Sé que es duro y antipático cargar contra la religiosidad popular. Es, sin embargo, un derecho de los fieles ser alimentados y nutridos  con el verdadero manjar de la Palabra y del Pan de vida, más que con las migajas y  señuelos de una imaginería que no es otra cosa que una remedo burdo y grosero de la verdadera riqueza de que el pueblo cristiano podría, debería, disfrutar. Y la jerarquía tiene la responsabilidad de ayudar y animar, a los curas de a pie de calle, en esta tarea ciertamente enojosa y complicada, tal como están hoy las cosas, de purificar y aclarar la devoción y la práctica religiosa, alejando a los fieles de falsos pastos y de “aguas de cisternas estancadas”, y de proporcionar a los fieles “verdes praderas” y “manantiales de agua fresca” y pura.

Jesús Mª Urio Ruiz de Vergara                

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