El arzobispo de Oviedo y la campaña electoral

El obispo de Oviedo en el saludable momento de beber sidra.

El obispo de Oviedo en el saludable momento de beber sidra.

El periodista Javier Morán, en Nueva España, periódico más leído de Asturias, nos trae el rifirrafe habido entre el Arzobispo, Sanz Montes, y los políticos de izquierdas, entre ellos Jesús Iglesias, candidato por IU-Los Verdes y cristiano de base. Ante el inequívoco posicionamiento del obispo por las candidaturas de la derecha, aunque sin mencionarlas nunca, según la legendaria sutileza clerical, el político de Izquierda Unida preguntó a monseñor que “a qué político divorciado de derechas iba a votar, si a Isabel Pérez Espinosa (PP) o a Álvarez Cascos (del PP disidente). A lo que Don Jesús respondió, «no voto la coherencia de fe de un político, sino su gestión y programa».

El criterio del obispo no es nada malo, y pensamos que ese tipo de discernimiento es el que deberíamos practicar todos los votantes. Pero no nos engañemos, además de programas y gestión hay simpatías, empatías y antipatías, posturas previas, prejuicios, y otras muchas cosas. Y un obispo debería de saber, y por desgracia muchos de la CEE (Conferencia Episcopal Española) parecen no saberlo, o haberlo olvidado, que entre sus fieles hay votantes de todos los signos. En mi parroquia hay muchos feligreses que no ocultan su tendencia a la izquierda, y muchos todavía más a la izquierda del PSOE, y son magníficos hijos de la Iglesia.

Yo no critico a un obispo por posicionarse ante los comicios democráticos, aunque es muy preferible que no lo hagan, como sucede en Francia, o Alemania, u Holanda, y un larguísimo etcétera. Mi crítica va en otra dirección, en el tipo mismo de estilo pastoral. Es decir, en el modo de ser buen o no tan buen pastor. De todos, o de una pequeña parte. Y, sobre todo, en el modo de entender y enfocar el ministerio episcopal: bien según los modos y maneras de antes del Concilio, que consiguieron hacer llegar la Edad Media en la Iglesia, muy especialmente en España, hasta los años sesenta, o bien con los criterios, sentimientos y enseñanzas del Vaticano II, de estricta separación entre Iglesia y Estado. Este es el punto álgido de la cuestión, y lo que se debate en el fondo de esas intervenciones extemporáneas y entrometidas de algunos jerarcas de la Iglesia en el mundo civil.

Lo que pueda pensar Jesús Sanz Montes es de su total incumbencia, y tiene todo el derecho a su propia opinión. Pero lo que expresa como obispo, pastor de una comunidad diocesana, donde se dan todos los colores ideológicos, políticos y culturales, y todas las sensibilidades sociales y vitales, ya es otro cantar. Lo mínimo que se le puede pedir a un obispo es prudencia. Y que no olvide que una cosa es el magisterio sobre el dato revelado, que va directamente a la inteligencia y al mundo de lo racional, y otro muy distinto es el mundo de la praxis, donde se asienta, sin duda, la política y sus decisiones, así como las preferencias electorales.

El magisterio eclesiástico no es competente en el proceloso mundo del auto gobierno, y su legítimo ejercicio legislativo, de las sociedades democráticas modernas. Los cristianos somos “luz y fermento” con nuestra vida, no con las disposiciones que puedan emanar de la autoridad eclesiástica. Los primeros cristianos impresionaron a los paganos romanos, que se admiraban, “¡mirad cómo se aman!”. Y consiguieron derrotar su cultura “de muerte” de la violencia contra los esclavos, la barbaridad de los anfiteatros, el infanticidio, el aborto, que todo ello existía, no con las diatribas de sus obispos, sino con su vida y su coherencia. Ellos no acudían a los anfiteatros, liberaban a los esclavos, no practicaban ni el aborto ni el infanticidio, y la separación matrimonial en casos absolutamente excepcionales. Y se merendaron el Imperio en menos de trescientos años. El día que los cristianos españoles, incluidos los obispos,  seamos de verdad diferentes, en lo económico, en lo social, en lo existencial, en suma, de los que no sienten ningún interés por la fe ni por el seguimiento de Jesús, aunque se proclamen católicos, ese día comenzaremos a cambiar la sociedad española.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara              

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