La sana (y ¿¡santa!?) indignación

Acampada de "indignados" en Sol.

Acampada de "indignados" en Sol.

Es la noticia de estos días, por encima de la triste y cansina campaña electoral. A los políticos les ha pillado a contrapié este estallido social de ansia y premura de justicia y de juego limpio. Parecía imposible que los casi cinco millones de parados -¿dónde están?, decía algunos, no se les ve por la calle, y ¡miran que son muchos!-, sobre todo, se hacía casi imposible imaginar la quietud y la aparente santa resignación de tanto ciudadano aplastado por las nefastas circunstancias económicas, sociales y políticas. Y, sobre todo, era casi un milagro que la gente no se rebelara contra el paripé y la sinrazón del planteamiento hipócrita y absurdo de los que, habiendo sido causa principal de la crisis, se erigían como estandartes insustituibles para su solución. A nivel nacional e internacional.

La mercantilización y comercialización total y global de la vida sería una tragedia aunque aparentemente tuviera éxito, porque no se puede conseguir por mucho tiempo que el ser humano se conforme tan sólo con el consumo, el confort y la más o menos cómoda y bobalicona vida burguesa. Eso, como digo, si tuviera éxito, si el propio sistema tuviera automatismos que garantizaran una justa distribución de la riqueza y de las oportunidades, ni que fuera posible solamente en nuestro mundo occidental. Tengo para mí, sin embargo, que el corazón humano no es capaz de vivir indefinidamente mirando para otro lado de la trágica injusticia que azota a las gentes y los pueblos que nos rodean y baten a nuestra puerta. Pero es que, además, ese éxito, si pareció que lo era algún día, se ha esfumado, y no anuncia su vuelta.

Pero la tozuda y machacona realidad es que no es así. Ni a nivel económico, ni social, ni político nuestro sistema capitalista ha garantizado, ni garantiza, y lo estamos viendo y viviendo angustiosamente, no ya una adecuada situación cercana a la igualdad, sino que, para que funcione, la Historia ha demostrado, y ahora lo está confirmando de manera dramática, que es inevitable la desigualdad y los altibajos,  islas socioeconómicas superdesarrolladas, y bolsas de población en situación de extrema penuria; y esto por encima, al lado y por debajo de las fronteras. Así, solo así, es posible una oferta barata y acrítica de mano de obra. Y una acumulación de riqueza de incalculable potencia productora.

¡Ahora bien!, el cuento de la lechera, que ha funcionado satisfactoriamente, (bien entendido que lo ha sido así para una minoría de explotadores – sic, literalmente- de la mayoría), ese cuento ha confiado demasiado en la eterna e infinita paciencia de uno de los protagonistas del desarrollo económico, (el otro es el dinero), que es ese ingenuo, confiado y desvalido ser humano. Que es todo eso hasta que se cansa. Y se convierte en sagaz, desconfiado y feroz, como un toro bravo, cuando le tapan todas las salidas. Así ha sucedido en un diferente orden de cosas en los países árabes del norte de África, y así está sucediendo con la joven, o no tanto, plataforma, movimiento o reacción cívica, como quiera que la queramos llamar, en estos días en España.

No sé si por una feliz coincidencia, o Providencia, o intuitiva sabiduría de Benedicto XVI, ha clamado esta mañana, rodeado de jóvenes, en San Pedro: “es urgente escuchar y valorar las nuevas generaciones en la realización del bien común y en la afirmación de un orden social justo y pacífico donde puedan ser plenamente expresados y realizados los derechos y las libertades fundamentales del ser humano”. No podía haber estado más oportuno el Papa. Pues eso.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

4 Responses to “La sana (y ¿¡santa!?) indignación”

  1. La barricada cierra la calle ,pero abre el camino de la esperanza de un mundo mejor.

  2. Igual los jóvenes se dan cuenta de que su futuro está ligado ‘éticamente’ al futuro del resto de la humanidad.
    Sangran los parados y sangran, y sangraban ya antes, los hambrientos.
    Es un ¡ay! sobre el acallado ¡AY!
    Si en nuestra rutina no han cambiado comportamientos, gastos, preferencias, diversiones, lecturas, amigos,…es porque no creemos en nuestro poder de cambio.
    Si sí,… sí.

  3. Dios, por fin, los politicos con cara de tontos.

  4. Los políticos, los banqueros, Javier, y todos los que, por desidia y pereza, santificamos con nuestra dejación un sistema radicalmente injusto, y, desde luego, anticristiano y destructivo. Ojalá estas protestas pacíficas nos hagan abrir los ojos y reaccionar a tiempo. ¡Dios lo quiera!
    (Areópago)

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