¿Para quién se parte el Pan de la Eucaristía?

imagesCA9K77Y2Hoy, en la misa diaria de las 9,30 hs., estábamos inusualmente en cuadro. Éramos, conmigo, exactamente seis. Suelo usar, en las celebraciones de la Eucaristía con poca gente, dos, o más formas grandes. Así que hemos retirado una, y hemos celebrado tan solo con la otra. Y me he acordado de un joven salesiano que nos dio un cursillo sobre Liturgia en la Vicaría I, allá por los años 94-95, cuando yo era párroco de la parroquia de los Sagrados Corazones, al lado del Bernabeu, para los no enterados. Me he acordado de ese joven liturgista, de cuyo nombre, empero, quiero pero no puedo acordarme, por las razones que comento más abajo.

Nos dio a entender que los signos litúrgicos, como ya enseñaba en su tiempo el padre Garrido, o.s.b., (es decir, benedictino), perito conciliar en Liturgia en el Vaticano II, y monje del Valle de los Caídos, profesor nuestro en el Escorial por los años sesenta, es decir, nos recordó algo que ya sabíamos, que los signos litúrgicos, pues, tienen que ser claros, y, en una redundancia tan evidente como clara, significativos. El signo no debería requerir de ningún tipo de explicación adicional para ser entendido. Así como el agua del Bautismo salta a la vista, o el óleo de la Confirmación o la Ordenación Presbiteral, no sucede así con otros signos sacramentales. Ya el pan de la Eucaristía no queda nada claro cuando los niños de 1ª Comunión preguntan, indefectiblemente al mostrarles las formas o hostias, “y eso, ¿qué es?”. No está nada claro que sea pan. Hay que saberlo, no basta con verlo.

Cuando los curas nos lavábamos las puntas de los dedos en el ofertorio, (los hay que siguen realizando esa íntima y privada tarea en el escenario del presbiterio, ¡todavía, por lo visto, hay muchas sacristías sin agua corriente!), era difícil ver en el signo un lavado de manos serio y concienzudo, incluso con jaboncillo, de quien se había pringado con las ofrendas. Ese era el motivo real del lavatorio. Cuando desaparecieron las ofrendas, debió desaparecer el lavatorio posterior. Y así lo planteó la reforma litúrgica del Concilio. Para celebrar con manos limpias, basta lavarse bien con agua y jabón en la sacristía.

Todos estos ejemplos nos los proponían tanto el benedictino en los sesenta como el salesiano en los noventa. Y el signo que me llamó la atención, y en el que no había caído en la cuenta, fue, en el curso de la Vicaría I, el de la “partitio panis”, el “partir el pan”. Nos hizo ver el sinsentido del no signo si el cura u obispo presidente comía el sólo la hostia grande y repartía las pequeñas a la gente. ¿Dónde quedaba el signo entrañable de la Iglesia primitiva, obediente al Maestro, y a relatos como el de los discípulos de Emaús, si no se partía el pan de ninguna manera? Además, añadía, y hay que darle toda la razón, el sentido teológico subyacente en la mala práctica que entró en la Liturgia de la Iglesia supone una Teología clericalista, y para nada del “Pueblo de Dios”.

El que preside la Eucaristía, presbítero u obispo, y se conforma, (eso, “pro forma”) con partir el pan antes de comulgar él, o todo lo más, para que comulguen otros obispos o presbíteros concelebrantes, está ocultando, o peor, destruyendo, uno de los signos fundamentales de la Eucaristía: la del partir el pan, el Cuerpo entregado de Jesús, para toda la asamblea y todo el Pueblo de Dios. Introduce un perverso elemento perturbador en la pedagogía pastoral al dar a entender que ante la Eucaristía hay diferencias, pues no sería lo mismo pertenecer a la élite –clero- que formar parte del montón del pueblo. Olvidaríamos así que el pueblo cristiano, bautizado, es Pueblo de Dios, con mayúsculas. Como decía Pedro en la misa del Domingo: “Vosotros, en cambio, sois estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada a Dios y pueblo de su propiedad”. ¡Qué maravilla! ¿O lo diría tan solo del clero, que no existía todavía como colectivo eclesial?

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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