Polémicas y precipitadas declaraciones del Arzobispo de Oviedo sobre los “indignados”.

En una entrevista del prelado, a Radio Vaticana, que publica y comenta M.J. Iglesias en La Nueva España, se pueden leer opiniones como ésta: ya que una de las reivindicaciones de los manifestantes es la «completa separación entre el Estado y la Iglesia»,  al respecto Sanz Montes afirma que estos «grupos radicales quieren conducir el hecho religioso al ámbito de lo exclusivamente privado y de la insignificancia cultural». Un poco imprudente el arzobispo catalogando de “radicales” a los indignados, y, a mi parecer, confundiendo lo público, lo privado, y lo privado-público. Intentaré explicar este extremo después de pronunciarme sobre la primera imprudencia: la de denominar radicales a los así conocidos ya en toda Europa como indignados.

Otros llegan al mismo resultado calificando a los partícipes del movimiento Democracia real.ya como individuos antisistema. Esto es tan peligroso como lo de radicales. Estudiemos seriamente y sin prejuicios los hechos y dichos de Jesús en el Evangelio, sus diatribas a las autoridades religiosas, políticas, jurídicas, económicas, y alagunos  de sus comportamientos como el de la “indignación” por el abuso del Templo con fines económicos, y lo pensaremos bastante para denominar a nadie, y sobre todo hacerlo como una incriminación, de radicales o antisistema.

El cristianismo, enfrentado al “mundo” como lugar geográfico, social, cultural y, sobre todo, teológico, en el Evangelio de Juan, tiene mucho de contestación radical (hasta la raíz) y global contra el sistema de ese mundo “mundano”, sea de la época y del lugar que sea. Además, ser antisistema, sin más, no es un demérito. En los días que corren, ser un defensor convencido “del sistema” es, además de arriesgado, una insensatez, y debería ser motivo suficiente de demanda jurídica. Es el sistema el principal encausado en la tremenda crisis que está llevando a millones de seres humanos a la desesperanza, y, a muchos, a la desesperación. Otra cosa es que quieran decir que los antisistemas son violentos y aboguen por el empelo de la fuerza, algo que, inequívocamente, no se les puede imputar a los “indignados”, y sí a ciertas fuerzas del orden. Véase la violencia innecesaria y excesiva usada en Barcelona.

Ahora paso a recordar algo que ya escribí sobre lo público y lo privado. En sentido legal, en España, y generalmente en todos los países occidentales desarrollados, lo público es lo estatal u oficial, y lo privado lo correspondiente tanto a personas físicas como jurídicas que no sean parte integrante constitutiva  del Estado, como son: el Gobierno Central, las Autonomías, los municipios, y los correspondientes gobiernos inherentes a todos los  niveles. Y, además, todas las personas jurídicas constituidas para el correcto funcionamiento de  todo el entramado del Estado. Y las correspondientes actividades de todas esas mismas personas jurídicas. Así, hablamos de enseñanza pública, de sanidad pública, se seguridad pública, se seguridad social pública, etc.

Da la impresión de que a algunos eclesiásticos les gustaría que la Iglesia tuviera esta dimensión pública, oficial. Ya la tuvo en la Edad Media y en muchos estados modernos. Sin ir más lejos, en el nacionalcatolicismo de la época franquista, el Derecho Canónico era ley en España, además de otras presencias públicas en el puro sentido legal de que estoy hablando. A algunos les parece bueno y saludable para la Iglesia semejante situación. Al Concilio Vaticano II no le pareció. A mí me parece que la Historia ha demostrado que es absolutamente nefasto, sobre todo para la Iglesia.

 Y luego queda lo privado-público, que se fundamenta en el Derecho fundamental de todos los ciudadanos y organizaciones, también la Iglesia, pero no ésta más que ninguna, de hacerse ver, de estar en la calle, de no esconderse en la catacumba de la inquina y la persecución. Ahora bien, seamos sensatos y sinceros: pretender decir que en nuestro país la comunidad eclesial no goza de esa presencia sería tan injusto y falaz como ridículo. Probablemente España sea de lejos, también con el actual Gobierno “laicista”,  juntamente con Italia, el país donde la Iglesia es más visible. Y desconocer  la presencia “pública” de la Iglesia española en toda la geografía nacional en Semana Santa, o pretender que la sociedad española y su actual Govierno “laicista” -no es significativa la oposición de una pequeña minoría- no están de acuerdo con la gloriosa, gozosa, y, para no pocos, excesiva “publicidad de las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ) sería una tentativa carente de cualquier sustrato de racionalidad, de lógica o de objetividad. Así que mida sus palabras, monseñor Sanz

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara