DIOS SANTO…. ¡un Dios traicionado!.

Hace tiempo que medito seriamente sobre este tema. Tanto que es el título de un libro que estoy escribiendo. No sé si lo acabaré, el desafío es demasiado grande para mi poca fuerza de voluntad. Me parece un de los temas menos abordados y más abandonados de la Teología Bíblica. A mi me parece fundamental, y debería marcar el signo y la dirección de muchos estudios teológicos, tanto dogmáticos como morales.  Sospecho que, intermitentemente, volveré con él a incordiar a mis lectores. Mi proyecto de libro empieza como sigue:

Esta es la reflexión de un creyente indignado por la falta de respeto que se muestra hoy en la Iglesia, como ayer en Israel, al Dios que se revela en la Escritura.  Se nos llena la boca de la expresión Palabra de Dios, pero después proyectamos la imagen previa de un Dios propio de nuestra mente apocada y de nuestra emoción alterada y asustada por los avatares y tragedias de la vida. Un Dios fruto de la tendencia natural del hombre a buscarse aliados y defensas, explicaciones y razones para vivir aceptablemente sosegado,  que se debe más a la cultura y a los usos de cada generación que a lo que Dios dice de sí mismo. ¿Dice algo Dios de si mismo, esto es realmente posible, ha acontecido verdaderamente? Dar el paso del Dios de la religiosidad natural al Dios que generosamente se revela, primero en la Historia de un pueblo, y después totalmente en Jesucristo, ese es el núcleo de la fe, el meollo de la aventura de Abrahán.

Intentar manipular a Dios y ponerlo por debajo de la razón humana y de sus postulados lógicos es el mayor atropello que se hizo a Yavé en el Antiguo Testamento, denunciado insistente y, en general, inútilmente por los profetas, y que Jesús desmontó apasionada y acaloradamente, pero que permanece casi invariable en los manuales, en los sesudos tratados de Teología, en los documentos de la Iglesia, en las homilías y en las íntimas y demasiado seguras convicciones de los creyentes, especialmente de los jefes, los teólogos y los jerarcas. Se habla de Dios desde la rutina y el funcionariado, desde la burocracia y desde el poder. No desde la fe. La fe en la Iglesia, especialmente  en las altas esferas, es cosa bastante más rara de lo que parece. Pregunto: en la actitud de un monseñor del Vaticano al resolver un asunto trivial, ¿influye más las normas, usos y costumbres de la Curia o la palabra y la voluntad de Dios sobre el caso? ¿Se interrogará sobre eso, o le parecería una tontería de no iniciados nuestra pregunta?

Dios es bueno porque quiere, y misericordioso, y justo, etc. Pero sería Santo aunque “no quisiera”, si se me permite esta licencia, lo es por ser Dios, por ser otra cosa, por ser el totalmente Otro, por no dejarse aprisionar por deslucidos conceptos ni por emociones de los pequeños hombres seguros de sí mismos hasta el ridículo y la inanidad. La santidad es la esencia de Dios, la profundidad ontológica de Dios. “Ahora que te he experimentado sin arrogancia me he dado cuenta de lo tonto que he sido”, es más o menos el reconocimiento de un Job vencido y entregado. Este es el quid de la cuestión, experimentar, “conocer” a Dios, con el conocimiento “bíblico” que tienen el hombre y la mujer cuando engendran un hijo, conocimiento fecundo y creador.

Para conocer un poco de la Santidad nos vemos obligados a enfocar como contraste “la impureza”, tema capital en el Antiguo Testamente (AT, en adelante), como apreciamos en la parte de la Escritura conocida como “código de Santidad”. Así que seguiré trillando este camino. Sin tecnicismos, pero con profundidad.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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