“¡Ánimo, yo he vencido al Mundo!”

He leído en el blog de Xavier Picaza un trabajo interesantísimo sobre el desarrollo y la evolución del poder del Papa en la Historia, desde el edicto de Milán, pasando por los emblemáticos papas Gregorio VII, Bonifacio VIII, Inocencio III, hasta llegar al Concilio Vaticano I, con Pío IX, y después el Vaticano II con su eclesiología característica. Yo recomiendo buscar el blog al que aludo entre los de Religión Digital (RD). El trabajo es un poco largo pero muy interesante y documentado. Yo quiero hacer unos comentarios al respecto:

El poder papal no se plantea como tal hasta el siglo IV, ni el temporal ni el espiritual

Tal como hoy, o en la Edad media,  se entiende y se entendía, no hay rastro, en los primeros siglos de persecución, de la preocupación, ni teórica ni práctica, por el tema de una autoridad suprema en la Iglesia. La iglesia de Roma fue ganando cierta fama y preponderancia por dos motivos: por ser la más visible y enfocada por todos los focos, al estar ubicada en el corazón, capital, del Imperio; y, al ser tan contemplada, la información que fue llegando de su fidelidad a la fe y al Evangelio, con su corona inacabable de mártires. Pero parece haber sido el segundo motivo, relacionado evidentemente con lo primero, lo que motivó que se destacase la sede  romana. No tanto, como se ha afirmado a posteriori, por haber sido fundada por Pedro y Pablo, algo que sucedió también, y antes, con la Iglesia de Antioquía. Los argumentos que se violentan a favor o en contra de determinadas intenciones pierden todo su valor.

La tentación del poder político de los Papas provocó la tentación del poder religioso de los reyes y señores feudales.

Mucho se ha hablado, a veces, de la defensa, a menudo numantina, de la autonomía del poder religioso por parte de ciertos papas. Como Gregorio VII, por ejemplo. Pero es de justicia reseñar cómo el sentido contrario era también transitado abiertamente por el poder espiritual de los papas: es decir, entrar en los dominios del poder temporal y político, argumentado, no pocas veces, con exégesis bíblicas que producen rubor. Que se lo digan a Inocencia III, que acabó humillado y vejado por el poder feudal, o a Bonifacio VIII, con la malhadada teoría de las “dos espadas”. (EN honor de la verdad hay que indicar que a algunos eclesiásticos parece les gustaría manejarse, aun hoy, con esos parámetros de poder).

3º  Entre los siglos IV y XVI el número de papas realmente preparados y habilitados para su misión evangelizadora y santificadora fue, verdaderamente, mínimo.

Este extremo es muy poco reseñado por los historiadores, que parecen haberse dejado cautivar por las inquietudes políticas, militares y diplomáticas de las que hicieron gala muchos papas, y que tanto exaltan sus hagiógrafos, olvidando la que debía ser la esencia de la misión y del ministerio petrino, de “confirmar en la fe a sus hermanos”. Un ejemplo: cuando Francisco de Asís fue empujado, -él no quería ir- a solicitar la aprobación de sus Reglas -otra cosa que le parecía superflua, a sus frailes les debía bastar con el Evangelio- ante Inocencia III éste se escandalizó y sorprendió profundamente de que el ingenuo frailecillo hablara de “pobreza”. Por lo visto no tenía ni idea de las Bienaventuranzas. Los cardenales, o equiparables en aquel tiempo, Orsini y Colonna, tuvieron que sanar la ignorancia papal. Los ejemplos no cabrían en la Biblioteca Vaticana.

La solución del problema de los terrenos pontificio, siglo XIX –con Pío IX-, no fue la más acertada ni la más ventajosa para la Iglesia.  

Tal vez lo fuera, aparentemente, para el Vaticano, pero ambas cosas no tienen por qué ser automáticamente reversibles. Lo que es bueno para el Vaticano, ¿es bueno para la Iglesia, Misterio de Cristo, queremos decir? No necesariamente. El poder temporal, aunque pequeño, simbólico y residual, no se casa bien con el “servicio” del que habla el Evangelio. “Entre vosotros no sea así”, dice Jesús. Es decir, no sea como en el mundo, y sus poderes y sus pompas. Además, el poder que emana de la posesión de un Estado Vaticano, mínimo en extensión, pero grande en dignidad, influencia y tradición, no es nada despreciable. No sé cuántas decenas de embajadas –nunciaturas- por todo el mundo son una fuente increíble de información y de capacidad de persuasión e influencia.

Creo que a nadie se le puede pasar por la cabeza que, hasta el Edicto de Milán, el año 313, la situación de la Iglesia peligró por la ausencia total de acceso al poder temporal de los ministros de la Iglesia, ni de Roma ni de ninguna comunidad. Sin embargo la Historia se encargaría de demostrar, después, que el influjo real de la comunidad cristiana sobre la sociedad del Imperio fue tan brutal, desde la desprotección, la persecución y el desvalimiento, que la acabó engullendo, trasformando y, destruyendo desde dentro. No se sabe bien si como crisa´lida o como cáncer, afirmaría el gran Arnold Toynbee.

Éste es el poder temporal, más de influencia desde dentro que dese el mando y la dirección de los asuntos mundanos, el que dimana del Evangelio, y el que dinamita la estructura del Mundo. El Evangelio de hoy, lunes de la 7ª semana de Pascua. Termina así “¡ánimo, no tengáis miedo; Yo he vencido al Mundo! Y todos sabemos cómo Jesús venció al mundo desde la Cruz.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara        

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