Carta abierta a Mariano, lector de los blogs 21rs

Hemos tenido Mariano, (solo ese nombre; como se comprobará líneas abajo, no sé nada más de él. Tan solo que es un asiduo y atento lector de mi blog), y yo, pues como digo, hemos mantenido un jugoso, e interesante, a mi modo de ver, intercambio de ideas. Se pueden ver todas en mi artículo “Somos presbíteros, no sacerdotes…”. Aquí publico solamente el último comentario de Mariano, y mi respuesta  en “carta abierta”.

Padre, créame que Juan Pablo II no tiene nada que ver en esto. Sólo la historia de la Iglesia. Cuando era más chico, todo el tiempo me hablaban de una iglesia pre y pos conciliar, “que antes se hacía eso” y ahora no. Ya sabe Ud, no hace falta que le explique. El problema surgió cuando no me empezó a gustar mucho lo que se hacía ahora, fundamentalmente en el aspecto litúrgico (música, estilo, homilías, etc.) Comencé entonces a investigar por mi cuenta que ero aquello que la Iglesia preconciliar hacía, y me encontré, claro, con milenios de historia eclesiástica, litúrgica, doctrinal, artística, musical que me gustaban mucho más. Conocí la gran tradición de la Iglesia que me había sido ocultada; yo diría “robada”. Y eso no me gustó.

Simplemente eso, Padre, quiero que me devuelvan la Iglesia que me han ocultado, en la que se criaron mis antepasados. Y la generación “presbiteral” a la que Ud. pertenece es la responsable de ese ocultamiento. De ahí mi enojo.

Le mando un saludo en el Señor

Mariano:

Me da la impresión de que juegas con ventaja. Tú sabes de mí que soy presbítero; que he sido toda la vida -entré al seminario a los 10 años, pero tomé la decisión definitiva a los 22- de la Congregación de los Sagrados Corazones; que he estudiado Teología en tiempos conciliares, que soy licenciado, en facultades civiles brasileñas,  en filosofía, Pedagogía, Psicología, y en Derecho Canónico por la Pontificia de Salamanca. Que tengo la carrera de música, Harmonía, Piano, Órgano Clásico, que fui profesor de música de mis compañeros en Filosofía y Teología, seis años, algunos ya ordenados diáconos o presbíteros en mi primer año de Teología; que estudié gregoriano con los monjes de Silos, que después colaboré con los benedictinos del Valle de los Caídos, y su escolanía, que fui a Brasil. Que allí fui catequista itinerante del Camino Neocatecumenal, etc, etc.

De tí, sin embargo, Mariano, no sé nada. Sospecho que eres seminarista o joven presbítero, pero puedo estar equivocado de medio a medio. Hay dos afirmaciones en tu comentario que me han asombrado, y entristecido. , que has descubierto la Historia de la Iglesia de antes del Vaticano II con cierto deslumbramiento por tu parte; y , que mi generación de presbíteros es la responsable del “ocultamiento” de la Iglesia preconciliar con todo su esplendor “de historia eclesiástica, litúrgica, doctrinal, artística, musical que me gustaban mucho más. Conocí la gran tradición de la Iglesia que me había sido ocultada; yo diría “robada”. He citado, como ves, tus propias palabras. Como parte de la Historia preconciliar de la Iglesia la he vivido, usaré el viejo método escolástico. E iré por partes, siguiendo los conceptos de la cita:

No sé qué Iglesia has descubierto, y todavía entiendo menos que te haya gustado.

a)     lo eclesiástico: una Iglesia con una cabeza desmesurada y un cuerpo raquítico. Un clericalismo absorbente que ahogaba cualquier posibilidad de desarrollo de la comunidad eclesial. Se definía así misma como “sociedad perfecta”, emulando a los Estados modernos. (El Concilio Vaticano II la definió como “Pueblo de Dios”. Esta definición, ¿robó o encubrió la verdadera realidad de la Iglesia?)

b)     lo litúrgico: misas en las fiestas “de comunión”, a las siete u ocho de la mañana, y la Misa Mayor, de solemnidad y canto, donde éste era posible,  pero sin comunión de la gente. La obligatoriedad del ayuno eucarístico, hasta de una gota de agua, en una desviada concepción de la supuesta dignidad de la Eucaristía, y de la limpieza corporal para recibirla. ¿Sabes que las personas mayores que iban a misa, entre semana casi todas mujeres, como ahora, no sabían que hacer, pues no entendían nada, y rezaban el Rosario? Nosotros, en el seminario, en la misa mayor, leíamos vidas de Santos. Y para qué te voy a hablar de las homilías, una moralina inaguantable sin ninguna relación con la Palabra proclamada, que nadie había captado, sino el cura. Así que éste decía lo que le parecía.

c)      lo doctrinal: aquí reconozco mi imposibilidad de hacerte ver la pobreza, la decadencia infinita de la Teología “oficial” de los siglos XVIII y XIX, de banal y simplona repetición de la tesis escolásticas. Con lo que el Magisterio ya podemos imaginar por dende iba. ¿Sabes que el Vaticano condenó como contrario a la ley natural y la divina las primeras tentativas de organización del mundo del trabajo, los sindicatos y las primeras reivindicaciones laborales? Por condenar, un consistorio cardenalicio condenó los inicios de la bicicleta, al final del XIX, como “invento del diablo” (sic) (Menos mal que León XIII supo dar marcha atrás a tiempo). Sin hablar de las condenaciones de todas, o casi, investigaciones de los exegetas en el mundo bíblico. Así que el pueblo de Dios se pasó, por lo menos en España, hasta la mitad del Siglo XX, sin poder leer la biblia, pues las traducciones a la lengua vernácula estaban prohibidas. De eso supieron, entre otros, gente tan poco sospechosa como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, o fray Luis de León. ¿Este es el tipo de  cosas que te habían ocultado o robado, Mariano?

d)     lo artístico: he aquí un tema en que nos podemos poner fácilmente de acuerdo, con tal de que no se niegue, a la Iglesia posconciliar, la ayuda e inspiración para la construcción de maravillosos templos de arquitectura moderna, o grandes muestras de la iconografía religiosa, mejorando ampliamente la decadencia de esta última en el siglo XIX y primera mitad del XX. Sólo hay que recordar la insoportable sensiblería dulzona de las imágenes del Sagrado corazón.

e)     lo musical: había una gran música sacra, no solo el gregoriano, es cierto, pero, de hecho, se cantaba muy mal. Te lo dice el hijo de un profesional de la materia, pues mi padre fue de los organistas que por los años veinte y treinta del siglo pasado ganaban sus puestos de organistas en reñidos concursos, de un nivel increíble en nuestros días. Esos organistas eran grandes profesionales. Pero la ayuda que encontraban del clero para ejercer su labor era, generalmente, ínfima. Mal pagados y poco considerados. El resultado es que, excepto en grandes catedrales o monasterios o lugares de culto, el canto era insufrible. Hubo grandes organistas que crearon scholas parroquiales de canto, pero eso fue “a pesar de las zancadillas” de un clero poco preparado y muy poco lúcido en tareas musicales. Eso que mi tierra, Navarra, debe de ser una excepción. (¡Hasta el cabildo catedralicio de Pamplona cantaba como los ángeles! Y eso tiene su mérito. Me ha faltado tan solo llorar oyendo a los de Burgos o Toledo. Penoso).

Me ha dolido en el alma tu afirmación de que mi generación presbiteral es la culpable del ocultamiento de una Historia de la Iglesia maravillosa y secuestrada por los curas posconciliares. Después de cuarenta y tres años de servicio a la Iglesia, con mis más y mis menos, con un sentido crítico pero leal y respetuoso hacia los superiores y la Jerarquía, habiendo tenido un verdadero genio como profesor de Historia de la Iglesia, como lo fue el padre Miguel Pérez del Valle, ss.cc., me niego, en redondo, a admitir estas dos cosas: a), que mi generación haya ocultado o minusvalorado una Historia de la Iglesia extraordinaria y fantástica; y b), que esa Historia sea exactamente así como la has descrito. Más bien, estudiando seriamente, y con todas la fuentes, sin sectarismos ni parcialidades, hay que reconocer que el Concilio Vaticano II vino a sacar a la Iglesia de una profunda postración teológica, litúrgica, bíblica, y, sobre todo, pastoral y vital. Otgra cosa es que a ciertos estamentos de la Iglesia, muy en especial a la Curia Romana, no le gustara ver mermadas su enorme cota de poder. Después de la “contrarreforma conciliar”, vamos a llamarla así para entendernos, no solo no ha disminuido,  sino que ha aumentado.

Pero no perdamos la Paz, Mariano, que es un don inapreciable del Señor.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara         

5 Responses to “Carta abierta a Mariano, lector de los blogs 21rs”

  1. Lo que se ha perdido es ‘pompa’ y todavía debería de perderse la que resta.
    Pompa que no es liturgia, la cual, es impecable si ha habido la suficiente introducción de los términos; pompa, tampoco es la música, bastaría un equipo de música que cree un ambiente propicio por su de capacidad de elevarnos espiritualmente; en cambio, pompa, son los revestimientos que sufren los oficiantes frisando el rídículo con los solideos que alejan a la clase social irremediablemente del pueblo o que divinizan, a ésta, como tal sin ser lugar teológico ninguno. Pompa es la puesta en escena cuando se exhibe algún tipo de poder, aunque sea el de convocatoria.
    Aprendices de pompa son los confundidos fieles en la celebración de sus primeras comuniones y bodas.
    Pompa es incluso, la solemnidad que no nace de la incomensurabilidad de Dios.
    No hubo pompa en la última cena donde ya Jesús sabía que la partida estaba perdida para el mundo y ganada para el Reino; no, ahí no hubo pompa sino lavatorio de pies.

  2. Suscribo todos los puntos de tu escrito,acertado y ajustado a la realidad.
    Solo puedo apartarme de tu parecer cuando sospechas que Mariano pueda ser seminarista o presbítero,porque si así fuera , deberíamos apresurarnos a recitar sin fin la plegaria aquella que canta: “Ab insidiis diaboli, liberanos Domine”

  3. Iruña:
    el Señor nos tiene que librar de mayores insidias, procedentes de mucha mayor altura. Tampoco es para escandalizarse. Al primer Papa Jesús lo apremió, “apártate de mí, Satanás, que no piensas como Dios sino como los hombres”. Poco antes le había felicitado porque su confesión no procedía de la carne sino del Espìritu. Es decir, ambas cosas pueden suceder en la altura de la Iglesia. Y a fe eque sucedenm y durante siglos han sucedido.
    Jesús Mari Urío

  4. Amigo Jesús Mª: acabo de leer tu contestación al ignoto Mariano. Te felicito, porque es una de las cosas mejores que has escrito, Bien documentado, bien escrito, y con muy buenas razones. Estoy contigo. Sigue adelante. Digamos aquello de:”ladran, luego cabalgamos”. Un abrazo

  5. Estupendo artículo. No entiendo este tipo de añoranzas. Y me parece magnífico lo siguiente: “¿Sabes que las personas mayores que iban a misa, entre semana casi todas mujeres, como ahora, no sabían que hacer, pues no entendían nada, y rezaban el Rosario? Nosotros, en el seminario, en la misa mayor, leíamos vidas de Santos. Y para qué te voy a hablar de las homilías, una moralina inaguantable sin ninguna relación con la Palabra proclamada, que nadie había captado, sino el cura. Así que éste decía lo que le parecía.”

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