¡No deis las cosas santas a los perros ni las perlas a los cerdos!

“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «No den a los perros las cosas santas ni echen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes y los despedacen”. (Evangelio de la misa de hoy. MT, 7)

Hace no mucho tiempo nos tocó comentar este mismo texto, u otro paralelo. A mí me llama la atención a pesar de haberlo leído y oído tantas veces en las lecturas litúrgicas. Suena muy fuerte, sean quienes sean los denominados perros o cerdos. Desde luego no se trata de esos animalitos, porque suponemos que Jesús no imaginó siquiera que sus discípulos profanaran de tal modo los signos de su presencia, de la de Él, el Señor. Pero está claro, por el énfasis y el tono desgarrado de la frase, que Jesús, o el escritor sagrado, o la Iglesia primitiva, que nos da lo mismo, entendió como profanación el ofrecer las cosas santas, los sacramentos, intuimos, a personas no suficientemente catequizadas.

Sabemos que si algún pagano se interesaba, a causa del testimonio de vida de un cristiano, o de una familia, por los misterios y los ritos de la nueva fe, que cada vez estaba llamando más la atención, era conducido al orden de los catecúmenos. Y después de una seria, muy seria, preparación de dos o tres años, dependía de cada Iglesia, era bautizado. Y todavía después, durante la Pascua que seguía a la Vigilia Pascual en la que habían sido incorporados a la comunidad, solo entonces se les comunicaba los últimos secretos, la flor y nata de los misterios cristianos. Esta suprema transmisión de los misterios de la fe se llamaba, por eso mismo, catequesis mistagógica, o “de los misterios”.

Sin la garantía de esa previa preparación, y la constatación por parte de los “entendidos”, catequistas y presbíteros de la comunidad, a nadie se le ofrecía las cosas santas, ni las perlas de la liturgia cristiana. Y por lo que vemos, por la fuerza desabrida, casi insultante, del texto, ya se podían preparar los que no respetaran esta severa recomendación.

Cuando volví de Brasil, el año 1985, me llamó la atención que estaba de moda en la Iglesia española la atención pastoral a los que denominaban “alejados”. Éstos eran bautizados; generalmente también “comulgados” de primera y única comunión; a veces, entonces todavía la mayoría, casados por la Iglesia; y todos tenían en común que se habían alejado, hace tiempo, de la práctica sacramental normal y ordinaria. Y había que aprovechar el interés que mostraban de que los hijos recibieran algún sacramento, para intentar encender otra vez en ellos la llama de la fe adormecida. Desde 1985 hasta ahora el número de alejados no ha decrecido, sino aumentado estrepitosamente.

¿Qué causas podemos aducir para que se haya producido este fenómeno? Voy a señalar unas cuentas, (en mi opinión, evidentemente):

La “socialización” excesiva de las celebraciones litúrgicas familiares, bautismo, 1ªs comuniones, bodas, etc. Estas pasaron a interesar más como efemérides socio-familiares que como celebraciones de la fe.

Una vez pasado satisfactoriamente el evento, decae casi instantáneamente el interés por la recepción de los sacramentos.

3ª  La aproximación de los adultos no es motivada por una búsqueda personal de la fe, sino por una “preocupación profesional”, me atrevo a llamarla así, como padres. (Es decir, intentamos llegar a los padres por los hijos, cuando la experiencia de actitudes duraderas en la Iglesia ha sido, desde el principio, siempre al revés. Los hijos han adoptado y continuado viviendo la práctica cristiana por el ejemplo testimonial de los padres. Tenemos miles de ejemplos en la Historia de la Iglesia, entre personas anónimas, y otras famosas, como San Agustín).

, y la que considero que considero de más influencia: la jerarquía de la Iglesia no ha tenido ni el coraje, ni el cuerpo de catequistas preparado, para enfrentar realmente con eficacia el desafío de una seria preparación catequética de los adultos. No faltan programas de catequesis de adultos en ninguna diócesis, pero son en general, papel mojado. Se suelen aplicar, además, no a los descritos como alejados más arriba, sino a los ya incorporados, inscritos y convencidos. Más que verdadera catequesis de adultos se trata de un programa de mantenimiento de los allegados.

Y mientras tanto, seguimos dando las cosas santas a los que no las aprecian y las perlas a los que no conocen ni sospechan su valor. Y así no pueden tener el requisito mínimo para la recepción digna y productiva del sacramente, no la del mero “ex opere operato”: la capacidad de discernir, como recuerda San Pablo en su famoso texto, en el que se refiere a los que tengan la osadía de acercarse a la Eucaristía sin “discernir el Cuerpo y la Sangre del Señor”. Después, en la época moralista, se interpretó como si se tratara de  la recepción en gracia de Dios o en pecado. La verdad es que los bautizados siempre vivimos las dos cosas a la vez, la Gracia y el pecado. El sentido del texto de Pablo va por el camino del necesario discernimiento. Que es el que, generalmente, no tienen, por ejemplo, las novias tan preocupadas por su belleza y lucimiento en el día de “su” boda; o los dos novios, los padrinos y los más cercanos, con el dispendio de la fiesta, banquete, barra libre, y esas subsiguientes servidumbres. (Los ejemplos se pueden presentar “ad infinitum”)

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara         

 

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