Hay muchas Españas

No, no me refiero a la enorme diferencia cultural, sociológica, histórica, económica, que existe entre Euskadi, Cataluña, y Andalucí o Extremadura, por ejemplo. Las españas de las que hablo son unas unidades o colectivos de ciudadanos que atraviesan por igual Madrid, o Barcelona, o Valencia, Sevilla, Málaga o Zaragoza. Sería mejor decir que hay muchos madrides, muchas barcelonas. Hace tiempo que lo siento y sospecho pero hoy se me ha hecho patente en un paseo por Entrevías que he me he dado al caer de la tarde. Lo he sentido, lo he olido, lo he sudado y lo he padecido.

Como digo, he caminado desde mi parroquia, cerca de la Avenida de la Albufera y del estadio del Rayo Vallecano hasta el barrio de Entrevías, hasta la parroquia Nª Sª del Pozo, en frente de la que yo viví dos años en un piso del Ivima (Instituto de la vivienda de Madrid), en la calle Hornachos. Lla ma la atención el nombre tan rústico de las calles, con aromas del campo seco y tostado del sur del Tajo: Villuercas, Villacarrillo, Cazorla, calle “de los Barros”, la Mancha, Plaza de las Regiones, Ruidera, Pedroches, Lagartera, plaza Campillo de  Arenas, Bohonal, Montánchez, y por ahí.

Hacía calor, y al ser jueves, la gente no muestra esa experiencia que da saber que es viernes, anuncio del fin de semana que se avecina, o sábado, que ya es un gozo con prolongación, o tarde de Domingo, que tiene ese discreto encanto de las cosas que se acaban después de haber provocado el cansancio y la sensación del capricho en el uso de mi tiempo. El jueves, no. Está en terreno de nadie, mañana hay que currar, y mi tiempo discrecional no es el suficiente para echar las campanad al vuelo.

Así estaban las personas, con una aureola de tedio compartido, de agrio y cansado devenir. Piens, sin querer, en gentes de otros barrios de Madrid, donde he vivido. Primero Argüelles, por Martín de los Heros, mi primera experiencia madrileña al inicio de los años sesenta, siendo un crío, con mis tiernos 19 añitos. Antes de los estudios de Teología, de mi ordenación, mucho antes de mi aventura, maravillosa y gratificante, de Brasil. Después, a mi vuelta, Chamartín, de los años noventa, tiempos de mi servicio de párroco en Sagrados  Corazones. En ambos casos, ninguna relación, excepto la genérica humana, entre unas y otras gentes.

Me pasó lo siguiente a mi vuelta de Brasil, el año 1985: encontré a España cambiada. Casi tenía razón Guerra con su expresión chulesca de que, tras el paso de la democracia, y, sobre todo, del PSOE, “no la iba a conocer ni la madre que la parió”.  El problema, que se ha ido viendo después, es que no tenía una sola madre, y no acabamos de saber ni decidir cual fue la verdadera. El cambio, pues, me sorprendió. Mas rápidamente me di cuenta de que éste consistía, sobre todo, en el aumento de la cuenta corriente. Había más dinero, más coches, más viajes, más casitas en la playa, pero muy poco más, poquísima, cultura, educación y solera. No me refiero a nada contable, sino a ese saber estar ciudadano que aprecias, por ejemplo, en Francia o Gran Bretaña. La cosa, sin embargo, prometía, y el crecimiento de las clases medias parecía el anuncio de un cambio sociológico y económico apreciable. Nada más falso ni engañoso.

No estoy haciendo, ni quiero, ni sé, un apurado análisis de sociología tipo escuela de Chicago. Solo estoy contando la experiencia que he vivido esta tarde. Que mis ojos me han hecho ver, la tristeza, el cansancio y la falta de chispa y de vigor que he detectado en las gentes que he ido encontrando, por Entrevías, en la calurosa tarde de la víspera de San Juan. Sobre todo de tanta pareja de ancianos, de piel curtida, de mirada asustada y cansina, que caminaban dándose lo único que tienen para compartir, su mutuo apoyo. No he visto ni un solo modelo de las boutiques de Serrano, Paseo de la Habana, Castellana o Princesa. Ni tampoco un modelo parecido de gente. Es otro mundo, otra grey, otra plebe, otra carne. Hasta huelen diferente.

No estoy nada convencido de que los gobernantes tengan demasiado en cuenta a estos sufridos ciudadanos en sus proyectos reales, no en los que pregonan que harán y se quedan siempre en el tintero, o los que sí presentan sumisos a los insaciables “mercados”. Según el liberalismo, el político y el económico, el afán de lucro de todos, que de hecho lo alcanzan de modo significativo solo unos pocos, provoca el bien de la mayoría. Así que lo más fácil y cómodo es legislar y gobernar para esos que, teóricamente, van  mover la máquina. Si en España somos 45 millones, unos 10 serían los destinatarios de esas poolíticas, y los otros 35 se beneficiarían por añadidura. No ha sido así, ni en Epaña, ni en Estados Unidos, ni en ninguna parte, en  los últimos treinta años. Con el tremendo crecimiento económico, las clases más popoulares, esas que veía yo esta tarde por Entrevías, han ido para tras, y sufren hoy la inclemencia injusta de la mal llamada crisis, (mal llamada, porque no está siendo otra cosa que un movimiento estratégico para autocorregir y regular los mercados; la pruaba evidente es que los que la han provocado están ganando más o igual que antes), y el desamparo inmisericorde y escandaloso por parte del Estado, con sistemas de control, y lo que es peor, leyes y normativas, injustas y opresoras. Véase el caso de las hipotecas y los deshaucios. ¿A quien puede extrañar la indignación y la protesta?         

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

4 Responses to “Hay muchas Españas”

  1. Hecho a faltar en tu relato los recuerdos de tus primeros 10 años en Olite, los siguientes 6 años en Miranda, mas los de san Miguel. Supongo que algo te quedara de aquellas gentes de tu infancia, de tus compañeros apostólicos.etc.( Yo hice el mismo recorrido, pero mas corto) Y que no decir de tu estancia en el colegio sscc de la avda. Vallvidrera de Barcelona, donde fuiste mi profesor de sociologia en el curso preuniversitario 68-69, y por primera vez pude oir cosas novedosas que me hicieron reflexionar .Espero que algun amor te habra quedado por nuestra querida Navarra y por Catalunya, que es mi segunda patria. Un abrazo.

  2. Juan:
    Te prometo que cuando venga al caso contaré algo de lo mucho que recuerdo. Sobre todo de la época de San Miguel, donde pasé, tal vez, los tres mejores años de mi vida, estrenando una juventud inquieta y ambiciosa. Recuerdo nuestra relación directa con la naturaleza, y la que teníamos a traves de la liturgia. Las rogativas por el camino que acompañaba toda la tapia del convento, antiguo benedictino, después jerónimo, con la primavera rayando o brillando ya de lleno, era una fantasía para los sentidos y para la mente.
    Y mi encuentro, súbito, con el pensamiento,con la cultura, con la Filosofía. Leía más libros que estudiaba las asignaturas, aunque éstas se me daban muy bien.
    Y la música. Me encargaba yo del gregoriano, que bordábamos, y del canto polífonico, hasta que cedí aquel a otro antiguo alumno de Barcelona, pero de la época de Diputación, Antonio Ramón Sastre Papiol. Y luego el piano, que estudiaba a tope, con D. Gregorio Solabarrieta, un señor bondadoso para mí, pero un coco para los otros compañeros.
    Y los paseos por la verdadera Rioja alta, los pueblos de Sajazarra, Galbárruli, Tirgo, Cuzcurrita, Castliseco, Fonzaleche, la finca de Terneros, Cellorigo, y un largo etcétera. Pero no quiero ponerme “saudoso”, como se dice en portugués.
    Así, que, mi querido antiguo alumno, -¡y yo sin saberlo!- te mando un abrazo, y ya iré contando más.
    Jesús Mari Urío

  3. Yo poco pude disfrutar de San MIguel. Solo 15 dias. Porque el año que nos tocaba el noviciado cambiaron todos los planes y nos enviaron a Barcelona . Sólo pudimos salvar las palomas de San Miguel que instalamos en una casita en Vallvidrera junto al Tibidabo, pero los vecinos se quejaban que ensuciaban sus balcones y nos deshicimos de ellas. El Padre Leopoldo, de tu pueblo, se empeño en que tocara el piano y para mi fue un calvario dar la leccion a solabarrieta. Yo soy un negado para la musica, no como tú ,que segun el Padre Florentino llevabas la musica en los genes ya que decia que padre era capaz de interpretar una cancion al piano solo oyendola una vez.. Recuerdo los pueblos que citas, de los paseos largos y las acampadas veraniegas. Fueron unos años muy felices.

  4. Perdon . Habia olvidado poner el nombre en el post anterior

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