La Gran Devoción del Corazón de Jesús

Hoy es la fiesta del Corazón de Jesús. No puedo pensar en esta fiesta sin que me invada un fuerte, silvestre y agradable olor a boj. Las guirnaldas que surcaban los patios, fachadas, Iglesia y claustros de Miranda, cuando por la tarde la ciudad paraba para celebrar su fiesta tan suya, tan mirandesa, precedida de novena con predicadores rimbombantes, dominicos, franciscanos, capuchinos, -a mí siempre me daba que estos eran los preferidos de la comunidad de Miranda-, con sermones retumbantes en la Iglesia llena hasta la bandera. Los pequeños la acompañábamos desde el coro. Alguna vez los predicadores eran de casa. Recuerdo la siguiente frase del padre Fermín: “¡Levanten, levanten chimeneas al cielo de la ilusión! Con su pestilente aroma traerán también el tufillo del falso progreso que hundirá todavía más a los que alejan su vida del Amor misericordioso de Dios”.

Efectivamente, oíamos cosas tan formidables y grandiosas por los años cincuenta. También soportábamos infumables horas santas, y nos convencíamos de que haciendo los nueve primeros viernes de mes seguidos teníamos asegurada la salvación. Entre todos habían convertido la devoción al Corazón de Jesús, la dulce y delicada “devotio moderna”, en un talismán y una sólida percha donde cualquier colgajo de aparente religiosidad quedaba aferrado y seguro. ¡Y cuánta pseudo literatura empalagosa y mareante no fue producida al socaire de la devoción de moda!

Vista a toro pasado,-algo que, desde luego no tiene ningún mérito-, la espiritualidad  cordimariana fue, mejor, se transformó, porque no empezó siendo eso, en una ocasión fallida. Yo empecé a sospechar que algo no funcionaba bien cuando me interrogué seriamente por la teología de la Reparación, a la vista de la sangría que destilaban, por ejemplo, las Horas Santas del padre Mateo, “para reparar los horrendos crímenes de los pecadores”. ¡Qué lejos andaba todo eso del inquebrantable optimismo pascual de Agustín, cantando en la Angélica y celebrando “el feliz pecado que nos había deparado tal Redentor!”.

A la maravillosa y profunda devoción al Corazón de Jesús le faltó una Teología adecuada, que tocase por igual a la mente y al corazón. Y sobre todo careció, como tanto pensamiento teológico de la época, por lo menos en España, de un soporte bíblico mínimo. Es de asustar la ignorancia bíblica que campeó a sus anchas por los seminarios españoles en los siglos XIX y del XX hasta los años sesenta, por lo menos. Ahora tengo la impresión, y todo indica, que estamos cayendo en el mismo despropósito. Claro que la cosa viene desde Trento, y así nos luce el pelo en la supina ignorancia de nuestros católicos, entre ellos no pocos, (más bien muchos), presbíteros.

Después de la sospecha de la insufrible Teología de la Reparación me vino a abrir los ojos el lúcido, claro, profundo y definitivo ensayo de Karl Rahner sobre las “Protopalabras”, una de ellas “corazón”, que en todas las culturas y épocas no ha necesitado prácticamente traducción. Por eso no hace falta mucho esfuerzo para captar el “corazón” como signo y símbolo del Amor de Dios en Cristo Jesús. Esta mañana, en la misa, he explicado a mis fieles (más bien “fielas”, como las denominaría quien yo me sé), que, para entender la devoción al Corazón de Jesús, hay que ponerse en la piel de los que, por los siglos XVII y XVIII, vivían atemorizados y llenos de pavor por el terrible, justiciero e inmisericorde Dios que pintaban y ofrecían los jansenistas. Y cómo Margarita María de Alacoque revolucionó desde su claustro de la Visitación las pesadas y asustadoras consignas de una cierta “aristocracia espiritual” que, en su búsqueda de la perfección, eran, como las monjas que describía Pascal, “puras como ángeles y orgullosas como demonios”.  

No me da para más. Me he quedado cortísimo de lo que quería expresar. Solo me resta terminar con la palabra del evangelio de Mateo, en la oración solemne y sentida de Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla… Venid a mí, todos los que estáis cansado y agobiados, y yo os aliviaré, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. (Evangelio de la misa de hoy)

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara      

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