Señor Rubalcaba, ¡o señor quien sea!

El ¿periodista? de la COPE José Luis Concejero (¡yo estoy hasta cierto sitio innombrable del título barato, baratísimo, y, a mi modo de ver, degradado, de ciertos pseudoperiodistas!; en el caso de Concejero no puedo afirmar ni una cosa ni la contraria, por eso lo dejo en interrogación, pero la desfachatez de modos de la preguntita se las trae) le espetó al señor Rubalcaba: “Rubalcaba, me gustaría preguntarte que…” Y el político del PSOE cortó en seco y puntualizó: “Señor Rubalcaba, querrá decir”. Bueno, pues por esa insignificancia, se ha armado una zapatiesta entre periodistas y miembros del PP. Lo de éstos lo entiendo, pues así está planteado el zafio juego politiquero, que no político, en nuestro país. Pero que un diputado pepista, cuyo nombre no quiero apuntar para no hacerle propaganda ni a partir de algo para mí negativo,  que está todo el día lanzando inconveniencias, denuestos, ofensas e insultos se apunte también a este carro me parece el colmo de la insensatez, porque es echar piedras a su propio tejado. Pero, ¡con tal de enlodar al adversario no importa que algo le salpique!

Ahora bien, lo de los informadores es, debe de ser, otra cosa. No quiero meterme con los periodistas verdaderos, cabales, sabios, sensatos, prudentes, equilibrados, aunque infelizmente son cada vez los menos, no. Sino con esa especie de “profesionales de la información” (¿profesionales?) que está proliferando, que ni siquiera maneja bien el español, y que te sueltan perlas como “es más mayor”, “este agua”, “este acta”, “la dijo tal cosa”, tanto vía oral como escrita, y se quedan tan anchos, y piensan que todo el monte es orégano, que ellos pueden decir lo que quieran, y a ellos, ¡cuidadito!Tengo en este sentido una anécdota que me ha sucedido personalmente.

Hace unos días me llamaron de una emisora intentando que enjuiciara una actuación del obispado de Madrid. Les dije que no me parecía oportuno, porque si estaba de acuerdo sonaría a halago, y si estaba en desacuerdo no iba a oponerme abiertamente a mi jefe. Me respondió que tenía que ser valiente para dar mi opinión, sin pensar en consecuencias. Le retruqué, “bueno, pues haced eso vosotros, y no funcionéis como la Voz del Amo”. (En este caso concreto lo del amo es desgraciada y sangrantemente verdad). ¡Que cabreo se cogió! Que yo hiciera mi trabajo y no me metiera con el de ellos. Y yo, ya hasta las narices, le espeté: “Mira, chiquita, eres tú la que me ha incomodado en mi quehacer, y ni me has pedido por favor, ni te has disculpado por tu inconveniencia”. Y ella, “es mi trabajo”. Y yo, “pues el mío es evangelizaar, así que ahora voy a ejercerlo contigo. Supongo que no te negarás”. Colgó.

Es una mala racha la que llevamos con el periodismo. Leo todos los días cuatro diarios de los llamados generalistas, y es una pena. Y lo es no solo por la forma, también por el fondo. Hay algunos pocos periodistas muy buenos, con enfoques certeros y brillantes, bien informados, no sectarios, objetivos y sensatos. Muchos de ellos son extranjeros. Pero hay que convenir que, como digo, son muy pocos. Y todavía menos los que, además de lo que he expuesto más arriba, lo sepan decir de modo ameno, claro, y menos todavía, de manera bella y literariamente elevada.

Para acabar le quiero interrogar al periodista de la Cope si se le ocurriría dirigirse en una entrevista así a un famoso entrevistado: “Te quiero hacer una pregunta, Rouco, (o Antonio María, que también serviría). Estaréis de acuerdo en que la respuesta de Concejero sería negativa. Y hasta imagino que me aseguraría, “¡no es lo mismo!” ¿Por qué no es lo mismo? Una cosa es el trato amigable y coloquial, entre amigos o conocidos, o entre quienes están de acuerdo en tutearse, en privado, y otra es el trato profesional, sobre todo en un trabajo cara al público. Recuerdo que cuando participé como tertuliano en Radio España en la tertulia de Pepe Cañaveras recibimos a un montón de políticos y altos cargos (recuerdo a Gallardón, Rato, Rajoy, cuando era ministro de Administraciones Públicas, a Álvarez del Manzano, a jueces del Constitucional …). Pues bien, a la mayoría, por su edad y talante, los tuteábamos en la sala, pero en cuanto se encendía la luz roja y salíamos al aire, todos los tratábamos de Vd. La importancia de las formas es fundamental, sobre todo en el mundo de la comunicación. ¿O no?

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara      

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