Jerusalén, esa sangrante “ciudad de la Paz”

Vista de la Jerusalén "vieja"

«Esto dice el Señor de los ejércitos: Yo siento por Sión un amor ardiente y celoso, un amor celoso que me arrebata. …De nuevo se sentarán los ancianos y las ancianos en las plazas de Jerusalén, cada cual con su bastón en la mano, por su avanzada edad; las plazas de la ciudad se llenarán de niños y niñas que jugarán en ellas… Aunque esto les parezca imposible a los sobrevivientes de este pueblo, ¿acaso va a ser imposible para mí?» (Zacarías 8, 1-6)

Esta es la bellísima 1ª lectura de este lunes de la 26ª semana del tiempo ordinario. Son conmovedoras la ternura y la emoción con las que los profetas, y todos los escritores sagrados, se refieren a Jerusalén. Entendemos sin ninguna dificultad el empeño de los judíos de nuestros días por conservar su capital, la milenaria ciudad de Melquisedec, la escogida como centro y faro de todo Israel por David, la ciudad santa regada por el impetuoso e inconstante torrente Cedrón, que cuando desagua al mar Muerto las aguas de la lluvia o la nieve de la ciudad de Sión (he visto en dos años diferentes nevar en Jerusalén, como he visto, ¡oh milagro!, neviscar en el Sinaí!), afirman los ingenieros israelíes, y apostamos por su categoría, que no habría dique posible para aprovechar semejante eneergía.

Volviendo al profeta Zacarías, nos pinta un cuadro bucólico, que recuerda aquellas imágenes de ciudades felices que pintaban los socialistas en los años de la transición como deseo de paz apacible para sus conciudadanos, con los ancianos, y sus cachavas, paseando sosegadamente por las calles y parques, y los niños y jóvenes armando jolgorio y desarrollando alegría por la ciudad. Era un sueño tgan grande, después de la destrucción y la masacre que Jerusalén había vivido en tiempos de la deportación a Babilonia, que el profeta, ante la comprensible incredulidad de sus compadres, debía apelar, y lo hacía, al poder y a la fidelidad de Yavé. Pero no deja de recordar, como mirando a un lado y a otro, las naciones ciudades terrible y peligrosas, al este (Babilonia y Persia) y al oeste (Egipto). (“Yo salvaré a mi pueblo de los países de oriente y occidente, y lo traeré aquí para que habite en Jerusalén. El será mi pueblo y yo será mi pueblo y yo seré su Dios, lleno de fidelidad y de justicia”. (Zaq. 8, 7-8). Tenían tal necesidad los hebreos de una Paz fecunda y duradera que Dios se aviene a habitar entre ellos, y ser así su garantía y su escudo.

Pienso que no hay en la geografía terrenal, ni en la Historia universal, ciudad más dramáticamente reñida con su esencia y su vocación. Jeru-Salem, ciudad de la Paz, donde su gran sacerdote ofrecía sacrificios pacíficos e incruentos, será, talvez, o seguramente, la ciudad que más guerras, contiendas, violencias, asedios, destrucciones y desolación ha sufrido en la incontable cuenta de sus desdichas, que casi parecen maldiciones. Hasta llegar al gran sacrificio del Santo, a la inmolación del cordero de la Expiación, del gran y verdadero Iom Kipur, del que había dicho entre sollozos, “¡Jerusalén, Jerusalén qué bien matas a los profetas y apedreas a los que Dios te envía! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas, y tú no has querido! Por eso se va a quedar vacía vuestra casa. (Mt, 23, 37-38) ¡Qué terribles y proféticas palabras! (Sí, ya sabemos que el escritor sagrado las escribe a toro pasado; la fuerza profética y la energía cósmica que despiden son, sin embargo, de lo más jesuano que encontramos en el Evangelio).

Si querer se nos va nuestro pensamiento, dividido por un severo tajo entre dos fideliedades, a la tarea actualísima de la construcción de la Paz en Israel. Ya no se trata de buscarla, todos saben dónde y cómo se puede encontrar. Es más complicado. Esa Paz hay que constuirla piedra a piedra, sangre a sangre, herida a herida. ¿Cómo renunciar un judío, ni que sea en una pequeña parte, a su Jerusalén davídica, salomónica, a su Sión, signo y símbolo de los avatares de su pueblo, ciudad santificada, y profanada, por la Santidad de su Templo? Y nuestros hermanos palestinos, ¿como avenirse a renunciar del todo a la ciudad que durante siglos ha sido testigo de sus gozos y dolores, donde han vivido y sufrido sus antepasados? La ciudad de la Paz solo tiene, para lograrla, la solucion de Zacarías: que la construya el Señor, que se pongan de cuerdo Yavé y Alá y nos regalen un milagro asombroso.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

3 Responses to “Jerusalén, esa sangrante “ciudad de la Paz””

  1. Se palpa la emoción con la que has escrito el artículo.
    Yaveh y Alá, necesitan profetas que los integren. Los cristianos afinando con las estructuras vigentes no podrán ser reconocidos como solución. La total desfanatización nuestra…irá pareja con la suya.
    Ahí nos encontraremos. Buen viaje hacia dentro, hacia la distribución, hacia la humildad y hacia la responsabilidad.

  2. En la foto observamos en el primer plano la Iglesia de Sta. María Magdalena en Getsemani,ortodoxa rusa,el cementerio árabe,la Puerta Dorada de la muralla este-sur y la Mezquita de la Roca.Me llama la atención el arbolado,estaba allá la semana pasada y no recuerdo haberlos visto.
    Jerusalem es como un iman que atrae y te hace percibir cómo Dios se revela en la historia humana, en nuestra realidad.
    Hace falta una gran dosis de realimo y aceptar que Jerusalem debe ser capital de judíos y árabes.

  3. Visité cuatro años seguidos Jerusalén y no reparé en el tema de los árboles. Sí que recuerdo los del huerto y monte de los olivos. No he vuelto desde el año 1996.
    Gracias.
    Areópago

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