¡Quien pudiera apoderarse de vuestros niños y arrojarlos contra las piedras! (Salmo 137)

 

Reconstrucción virtual de los canales de Babilonia

Así termina el salmo 137, salmo responsorial de la misa de hoy, miércoles de la 26ª semana del tiempo ordinario. Se trata del famosísimo “Super  flumina babilonium” que nosotros cantábamos a cuatro voces, en El Escorial, con magnífica música de Mendelson, y que reza así:  

Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos a llorar, con nostalgia de Sión; de los sauces de la orilla colgamos nuestras cítaras. (1)

Aquellos que nos tenían cautivos pidieron que cantáramos con alegría. Decían los opresores:¡Cantadnos un cántico de Sión!

Pero, ¿cómo podríamos cantar un himno al Señor en tierra extraña? Si me olvido de ti, Jerusalén, ¡que se me seque la mano derecha!

¡Que se me pegue la lengua al paladar, Jerusalén, si no me acuerdo de tí, si no exalto a Jerusalén como colmo de mi gozo!

(Capital de Babel, devastadora, feliz quin pueda devolverte el mal que nos has hecho, feliz quien agarre y estrelle a tus pequeños contra las rocas!)

Este último versículo va entre paréntesis porque no se recita en las celebraciones litúrgicas, probablemente por el sobresalto que produciría en las mentes más inocentes y desvalidas de la asamblea. No pienso yo que la liturgia lo haga así porque nos trate como a niños, o tenga miedo de presentar ciertas expresiones brutales dela Biblia, que las hay, sino por un cierto sentido de prudencia pastoral. Aunque yo soy de la opinión de que es reponsabilidad nuestra, de presbíteros, evangelizadores y catequistas, profesores y divulgadores de la Escritura, el explicar convenientemente estos textos para evitar ciertos contratiempos. Es lo que voy a hacer en estas líneas.

El artículo que escribí hace unos días (26/09/2011), Jerusalén, esa sangrante “ciudad de la Paz”, nos ayudará a entender un poco la veneración, la casi idolatría existencial, que no intelectual, inimaginable para un judío, que la ciudad de Jerusalén, o Sión, como la llaman por el monte donde se asienta, ejerce sobre el pueblo hebreo, y sus escritores y profetas. El mismo Jesús, como recordaba en la entrada que comento, lloró emocionadamente sobre ella. Es que era la ciudad santa, la ciudad real, la ciudad de David. En una de sus colinas se elevaba el templo, donde se celebraba el culto de alabanza a Dios, donde se purificaban de su impureza, esa especie de contaminación ritual y religiosa, donde realizaban su culto de impetración, y sobre todo de expiación de sus pecados. Donde acudían a relizar ciertas fiestas que solamente en su recinto sagrado se podían festejar.

La experiencia dolorosa de los deportados a Babilonia no radicaba, ni principal, ni directamente, en el trato que allí recibían, que era humano y educado, de lo que tenemos testimonio de la época. La capital de los caldeos era una de las ciudades más bellas de oriente, con sus palacios y jardines colgantes, y, sobre todo, sus canales, que la convertían en una ciudad fresca, deportiva y bien comunicada. La causa profunda del desgarro que sentían los hebreos en el exilio era lo que habían dejado atrás, una ciudad arrasada, un pueblo deshecho, unos palacios destruídos, el templo profanado, los sacerdotes y los jefes del pueblo humillados y mofados despiadadamente. No. No podían olvidar su dolor y su vergüenza. De ahí su sed desesperada y cruel de venganza.

Los poetas judíos expresaban en los salmos toda la gama de sentimientos y emociones. Para los que piensan que la oración es, esencialmente, una actitud piadosa, llena de mesura, equilibrio, dulzura, medio blandengue anestesia contra los sinsabores de la vida, les recordaré que en la oración bíblica por excelencia, en los salmos, aparecen todos los sentimientos humanos posibles, y sus contrarios: la bondad, la maldad, la amistad, el despego, la lealtad, la traición, la generosidad, el egoísmo, la nobleza, la vileza, el amor, el odio, el agradecimiento, la venganza. Es desde esta perspectiva que tenemos que intentar entender la cota de exajerada crueldad implacable del último versículo del salmo 137.

Y para entender lo relacionado con los liños, los bebés, contaré una anécdota, que no sé si merece esa denominación, o, más bien, la de relato sádico, tortuoso y terrible. Puedo, sin embargo, asegurar y testificar que es totalmente verídico, hasta en sus detalles más sanguinarios. Me sucedió cuando estudiaba en Salamanca y hacía la licenciatura de Derecho Canónico en la Pontificia. Tenía un colega, (en el estricto sentido, “compañeros del mismo colegio”; y compañeros también en sentido riguroso, “los que comen el mismo pan”, pues estábamos hospedados en la misma residencia, y comíamos juntos), cura croata, que llamaba la atención por su apostura atlética y su bellza varonil, de la que daban testimonio las miradas no tan furtivas de las universitarias. Lo acompañé alguna tarde a las pistas de atletismo de la Universidad, y mientras él recorría gallardamente a un ritmo casi de competición unas 15 veces los 400 metros de la pista, yo me derrengaba, lentamente, a la tercera vuelta. Cuento todos estos detalles para plasmar bien y fijar la imagen del croata.

Pues bien. Corrían los cursos 1989/90, 1990/91. No sabíamos nada de la que se estaba montando en la antigua Yugoeslavia. Nuestro amigo nos informó de los preparativos de la guerra, de cómo en vacaciones iba por Italia, y llevaba hasta Croacia camiones con armas, junto a su hermano y su cuñado. Y un día nos soltó esta piadosísima jaculatoria, al pie de la letra: “donde mejor está un serbio es enterrado, con la tierra bien pisada, y si es mujer, y embarazada, mejor, primero violada, y después asesinada y enterrada” (Sic). Verdaderamente escalofriante, terrible, sanguinario y sádico. Pero como decía Aristóteles, “todo lo que es –todo ente- es inteligible”. Lo que no quiere decir que sea ni justificable, ni tolerable, ni aceptable, y mucho menos encomiable.

Cuando le preguntamos que, como cristiano y como cura, dónde quedaba la Palabra de perdón y misericordia de Jesús, nos respondió que esto resulta muy bien y muy piadoso, muy espiritual y muy virtuoso, pero nada adecuado en la dialéctica de la Historia. Y también aseguró que para comprender esos extremos de crueldad y de afán de venganza había que vivir previamente siglos y siglos de sometimiento, de humillación, de vejación física y psíquica. Y que solo después de esa experiencia podríamos entender, sin juzgar precipitadamente, ese rencor y esa vesania sádica que él reconocía. Y puso como ejemplo las ganas que tenían los hebreos en Babilonia de “agarrar a los niños de los opresonres y estrellarlos contra las piedras”.

Para acabar con nuestro salmo, no seamos mojigatos al enjuiciar la dureza, la extrema crueldad de ciertos sentimientos recogidos y expresados en muchas páginas bíblicas.La Biblia es la epopeya y el paradigma de toda la humanidad, con su grandeza y miseria, con su belleza y sordidez, con su sublimidad y su bajeza. Dios no se escandalizó del ser que había creado, sin bien el escritor sagrado tiene a veces la impresión de que a Yavé no le queda otra que arrepentirse de su obra. Pero rápidamente, uno y otro, el Señor y el hagiógrafo, se vuelven atrás de su enfado y su indignación contra el hombre.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara      

(1) Hay versiones modernas para canto, como la de Kiko Argüello, que dice “nuestras guitarras”)

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