Liturgia administrativa y “liturgia profesional” (II)

En esta entrega recordaré, como prometí, gestos y signos litúrgicos que, ordenados por la normativa de la autoridad litúrgica, se desvían del sentido lógico que podemos estudiar en los especialistas de la materia. Así que paso a los puntos concretos.

1º) Los signos penitenciales en la Eucaristía

La cena de los primeros cristianos comenzó como uma actualización semanal de la Pascua, con la celebración anual de la misma como centro y vértice de toda la Liturgia. En la descripción que nos hace San Justino de la celebración eucarística no aparece para nada ningún rito penitencial. Se trataba de una fiesta de Resurreccion y no había lugar para gestos penitenciales. Estos se darían en otros momentos, y nadie recordaría si era o no digno de celebrar y realizar un signo que el Señor no recomendó, tan solo, sino que ordenó: “Haced esto en memoria mía”, “tomad y comed”, “tomad y bebed”. 

Hay quien entiende, con muy poca base escriturística, que la Eucaristíaes una especie de premio que se da a los buenos. Una de las causas de esta, para mí, falsa interpretación, es el famoso texto de San Pablo que afirma que “quien come y bebe sin discernir el cuerpo del Señor come y bebe su propia condenación”. (1ª Cor 11,29) Esta frase,  dicha en una época sin obsesiones penitenciales ni moralistas, fue entendida, siglos después, enla Edad Media, a la luz de manías y traumas llenos de culpa y de pecado, desviando  la enseñanza de Pablo. Éste quería insistir, y lo hacía, en que no se puede participar dela Pascua como si se tratara de otro festín cualquiera. Estaba denunciando a los miembros de la comunidad que banqueteaban de manera irresponsable y poco solidaria. Proclamaba la importancia de la fraternidad y el amor verdadero para que la eucaristía no fuera una farsa.

Pero con la vorágine medieval del sentimiento de culpa, provocado por una ignorancia supina de las cosas de Dios por parte del pueblo, por falta de catequesis adecuada, causada a su vez por la poca preparación del clero, se fueron introduciendo en la celebración eucarística de la comunidad ritos y más ritos de contenido penitencial. El canon romano está lleno de esa abundancia obsesiva purificadora. Al rito penitencial de entrada, muy bien colocado como vestíbulo para vestirse el traje adecuado “de fiesta”, se le fueron añadiendo invocaciones penitenciales: tres en el Gloria (tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros; tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica; tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros.

Antes de proclamar el evangelio el sacerdote debía, y algunos lo siguen haciendo, exclamar, “limpia mi corazón y mis labios para que pueda anunciar dignamente tu santo Evangelio”. Otra vez la indignidad de hacer algo que mandó el Señor, “id por el mundo entero y anunciad el Evangelio”. Si fuéramos tan indignos no nos lo habría encomendado, y ordenado, el Maestro. Y el “orate fratres”, –para que este sacrificio, mío y vuestro, sea agradable a Dios…-. (Además, lo de sacrificio “mío y vuestro” habría que repensarlo. El único sacrificio, la única ofrenda, mejor, es Jesús, que ofrece su cuerpo entero, con su sangre). Y luego aquella actitud humillada e implorante, “nobis cuoque pecatoribus” –a nosotros también, pecadores-. Este último reconocimiento de pecado es del canon romano, pero todos los otros lo son de todas las plegarias eucarísticas.

Y a pesar de todo ello, todavía no es suficiente para que el presbítero y la asamblea puedan culminar con la comunión la celebración pascual. Y así se aborda el “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo”, tres veces, e, inmediatamente antes de comulgar, el “Señor no soy digno”. En la actualidad, toda esta exageración penitencial está ordenada por la “legítima” (y única (¿?)) autoridad litúrgica dela Iglesia, la que da pie a la que he llamado yo “liturgia administrativa”. Pero si consultamos, como la propia jerarquía nos recomienda, a los peritos y especialistas en Liturgia, como casi todos nosotros hemos hecho en congresos y cursillos de la materia, nos enteraremos de la profunda brecha que se abre entre la práctica “oficial” y el deseo, y los argumentos, de los especialistas. Todo ese despliegue penitencial se verá como bíblicamente innecesario y desproporcionado, teológicamente desviado y pastoralmente inquietante para los fieles. Y, sobre todo, y éste es el argumento decisivo, poco respetuoso, y nada fiel, al mandato del Señor. Es como si nosotros, o la jerarquía del momento, supiera mejor que Él qué es lo que nos conviene.

(Continuará)

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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