Desobedecemos descaradamente al Evangelio

Un buen montón de eminencias cardenalicias

“Esto dice el Señor de los ejércitos: “Os habéis apartado del camino, habéis hecho tropezar a muchos en la ley; habéis anulado la alianza que hice con la tribu sacerdotal de Leví. Por eso yo os hago despreciables y viles ante todo el pueblo, pues no habéis seguido mi camino y habéis aplicado la ley con parcialidad». (Mal 2, 8-9)

«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos… Hacen fardos muy pesados y difíciles de llevar y los echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con el dedo los quieren mover… les gusta que los saluden en las plazas y que la gente los llame “maestros”…Vosotros, en cambio, no os dejéis que os llamen “maestros”, porque no tenéis más que un Maestro y todos vosotros sois hermanos. A ningún hombre sobre la tierra lo llaméis “padre”, porque vuestro Padre es sólo el Padre celestial. No os dejéis llamar “jefes”, porque vuestro Señor es solamente Cristo. Que el mayor de entre vosotros sea vuestro servidor, porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido». (Mt 23, 1-12)

Dos textos tremendos, que, sin embargo, han dejado impertérritos a los jerarcas dela Iglesia, como si no fuese con ellos. Desde el “Santo Padre”, pasando por sus Eminencias los cardenales, los excelentísimos Arzobispos y Obispos, los prelados de Su Santidad, los excelentísimos jueces eclesiásticos, y todos los innumerables personajes que merecen, por protocolo, el título de “excelencia”, casi todos ellos, además, “maestros y doctores”, todos, está claro, incumplen un mandato tan sencillo del Evangelio. Que nadie diga que es insignificante, porque no es verdad. No es insignificante, sino todo lo contrario, según la Palabra de Jesús y toda su trayectoria, considerar a todos los miembros de la comunidad eclesial como iguales, y como hermanos.

Lo gracioso, o trágico, ¡que sé yo!, es que este principio aparece también en el CIC (Codex iuris canonici, Código de Derecho Canónico), como asegura el Canon 208: “Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo”. La  “verdadera igualdad” queda después muy oscurecida por las diferencias visibles de rango, tan sensibles como en el vestido, la vivienda, el trato, el protocolo, la posición preponderante, la autoridad, la distancia, la consideración, el fervor en la acogida, y, sobre todo, en la artificiosa e injusta distinción, que consagra el mismo CIC, entre clero y laicado. A partir de ahí, la desobediencia al evangelio de Jesús es flagrante.

Me destañito yo solicitando que se suprioma de una verdad la terminología pagano-religiosa que insiste en el “sacerdocio” y en los “sacerdotes”, refiriéndose, en los dos casos, a los presbíteros, a los ordenados con el sacramento del Orden. Además de que Jesús no era sacerdote ministerial, ni ninguno de los primeros apótoles y evangelizadores de la Iglesia fueron así  denominados, cuando la carta a los Hebreos, sobre todo, profundiza en el “sacerdoc io” de Cristo vemos que se trata de otra cosa muy diferente del sacerdocio ministerial, organizativo y, de alguna manera administrativo, de las religiones paganas, que, no sé bien por qué, se empeñaron, y en esas estamos hasta hoy, en imitar en el Cristianismo. Eso se podía haber entendido cuando se dio la conversión, casi en masa, al principio, y con el emperador Teodosio, sin el casi, es decir, en masa, para no despistar a los neoconversos, acostumbrados al ritual y al perendengue de sus sacerdotes. Pero después, con un mínimo respeto y obediencia al Evangelio, debería haber desaparecido.

Y la reflexión  es fácil y cae de su peso. Si en un mandato tan fácil de cumplir somos así de relapsos y poco obedientes, ¿qué será en otros precptos de Jesús bien más difíciles y complicados de llevar a la práctica, como el amor fraterno, el perdonar, el no juzgar ni condenar, el de no buscar con ansiedad el dinero ni los primeros puestos? Pues la respuesta es bien sencilla: simplemente no los cumplimos, aunque hemos aprendido a representar una especie de comedia, con mucho paripé, con la excusa cultural de que la sociedad nos ha ido enseñando “buenas formas”. Y las buenas maneras, por oo visto, y lo políticamente correcto, es, evidentemente, más importante y decisivo que la Palabra de Jesús.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara    

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