La decepción de los políticos “profesionales”

No sabemos, muchas veces, qué escoger para la denominación de nuestros políticos, si afirmar de ellos la supina idiotez, o quedarnos con el más descarado cinismo. Con demasiada insistencia nos dejan sin alternativa. Veamos, sin ir más lejos, esta noticia: ha sido nombrado, o elegido, -no sé cuál es el sistema de acceso al cargo-, para presidente del Banco Central Europeo (BCE) el italiano Mario Draghi. Hasta aquí nos da lo mismo que sea italiano, francés, alemán, español o luxemburgués. Pero la noticia se complica, se retuerce, se convierte en sospecha, o directamente en escándalo, cuando nos enteramos de que este señor ha sido vicepresidente, ¡vi-ce-pre-si-den-te!, entre 2002 y 2oo5, de la Goldman Sachs, gran banco de inversiones de Estados Unidos, que durante esos mismos años, ( y no, ¡no es coincidencia!, las cosas tienen esas extrañas atracciones) ayudó a Grecia a ocultar su deuda, a través de medios financieros opacos, en una operación conocida en el argot del ramo como swap.

Resulta que con la entronización de Draghi en lo más alto del BCE son ya tres los resortes claves para el manejo de la crisis económica de la eurozona que estarán en manos de antiguos de exdirectivos del polémico banco: el susodicho BCE, la división del FMI (Fondo Monetario Internacional) para Europa, (en la persona del portugués Antonio Borges) y la agencia griega de Deuda Pública (en la figura de Petros Christodoulu). Hay que insistir en que los tres pesonajes citados fueron, en los días en que se cocinaba y se ocultaba la maraña de la deuda griega, altos dirigentes de la empresa financiera que la estaba realizando arteramente. Es una hilarante tomadura de pelo, un chiste padre de todos los chistes sobre el sangrante tema de la tragedia y el descalabro financiero de la vieja Europa. Las salidas honorables que restan a nuestros políticos, tanto europeos como españoles, son mínimas. La alternativa es la siguiente: o ellos conocen estos tejemanejes, o no. En el primer caso, son cobardes, o cínicos, o conniventes, al no salir a airearlos y denunciarlos públicamente. Y si no los saben, cuando están en los periódicos y en los corrillos de todos los mentideros económicos y financieros, tan a la vista que hasta yo me he enterado, entonces es que son unos ineptos, con una ineptitud cósmica. Todos ellos, de todos los partidos y de todas las tendencias.

Me duele que un señor de tanta responsabilidad institucional como José Bono, presidente del Congreso de los diputados, afirmara ante las cámaras de TVE, de modo aparentemente convicente, y, desde luego, con contundencia, que el único reparo serio que tenía que oponer ante los “indignados” del 15M era que no elaborasen y presentasen sus protestas a través de los cauces ordinarios del sistema democrático, como los partidos políticos, la elecciones, etc. Es una observación-advertencia que han realizado muchos políticos “profesionales”, y que se entiende como artilugio para mantener su status, sus privilegios y su presunción de honesta  e impoluta honestidad, tanto ética como política. Pero los sucesos como los que vengo informando y comentando ponen en tela de juicio no solo la actitud pública de vigilancia y servicio diligente hacia la comunidad ciudadana, sino, algo mucho más preocupante, la misma postura ética personal, que debería brillar por encima de toda duda sobre oscuros compromisos espúreos o interesados. Es eevidente que, en este caso, como en otros muchos en los últimos tiempos, los políticos profesionales no han hecho otra cosa que decepcionarnos, unos, y otros, y los de más allá.

No solo se espera de los elegidos por la ciudadanía para gobernar y dirigir la “cosa pública” que realicen esta tarea con cuidado, energía y determinación, sino que, desde la altura y la amplitud de onda que les otorga su puesto, sean profetas que detecten la verdad. Ésta, cuando es desagradable y peligrosa para la comunidad, se esconde muchas veces oculta a la simple mirada de los ingenuos e inocentes ciudadanos. Pero éstos tienen el derecho, y por eso mantienen la esperanza, de que sus representantes la denuncien, hagan pública, y se alejen, sin medias tintas ni posibilidad de interpretaciones dudosas, de los protagonistas y responsables de comportamientos dañinos al conjunto de la comunidad política. En este caso, sea de la realidad nacional, española, o de la macro comunidad de los europeos. De ninguna manera nuestros políticos deberían permitir que estos tres personajes aludidos en mi entrada puedan ejercer su labor en puestos tan sensibles. No los acusamos de inmoralidad personal, que habría que probar, sino de incompatibilidad política por apariencia de indecencia administrativa.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara                        

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