Incompleto y desviado diagnóstico del Sínodo, celebrado en Roma, sobre la Iglesia americana

Los días 27 y 28 de octubre se desarrolló en Roma, -no sé por qué en la ciudad del Tiber, y no en Buenos Aires, o Río, o Sâo Paulo, o Lima, o Bogotá, o México, o Medellín, o en Haití, donde sería muyh interesante y significativo, o Nueva York, o Chicago-, el Sínodo para el Continente Americano, con una nutrida representación de obispos americanos, como es lógico. Tan magna asamblea ha mostrado su preocupación por el evidente declinio en el número de católicos, en la influencia de las instituciones eclesiales, y en la diáspora de tantos fieles hacia iglesias o comunidades más cercanas, más a pie de calle, más identificadas con los terribles problemas de pobreza y marginación que se siguen dando en la geografía americana, sobre todo central y del sur. Las comunidades que acogen a estos prófugos son denomindas por los obispos de “sectas”.

Estos son los mayores desafíos, pero los padres sinodales han movido el foco, y lo han desviado notablemente hacia otros frentes más atacables, y de menor responsabilidad propia por posibles cosas mal hechas. Así, acusan a los gobiernos, -dicen con una abstracta generalidad “el Estado”-, de interferencia “para minimizar el peso de la Iglesia católica en el continente”. Intentaría conseguir esto el Estado “pretendiendo sustituir los conceptos de diálogo ecuménico e interreligioso por la idea genérica de “relaciones interreligiosas””. Esta terminología ambigua y un tanto críptica parece quere indicar que el diálogo “ecuménico e interreligioso” es cosa de la Iglesia Católica, y lo de “relaciones interreligiosas” de los gobiernos y todas las demás confesiones e iglesias. Tanto si quiere decir eso como algo diferente, que todo es posible en la legendaria habilidad para la confusión y la profunda necesidad de exégesis poar parte de “expertos” de los documentos vaticanos, el caso es que están desviando, claramente, el enfoque de los principales problemas. En mi opinión éstos son:

1º) El desmantelamiento de unos episcopados comprometidos e involucrados causado por una política sesgada y sectaria (por contemplar sólo un sector de la realidad eclesial) en la elección de los obispos. Esta dinámica se ha llevado a cabo en toda la Iglesia, a partir del pontificado de Juan Pablo II; pero en América, la naturaleza, idiosincrasia, y estilo de la pastoral diocesana y parroquial, la liturgia, mucho más flexible e imaginativa que en Europa, por ejemplo, han provocado una mayor incidencia de desilusión y decepción que en iglesias más hieráticas y conservadoras ante los cambios drásticos de dirección y de uniformidad eclesial. La tentativa, que existe ahora más que antes, de pensamiento único ha hecho estragos entodas partes. En América ha provocado una verdadera hecatombe.

2º) La saña con la que se ha perseguido a los principales teólogos y exponentes de la Teología de la Liberación. Este extremo está tan claro y es tan evidente que no hace falta extenderse mucho en su descripción. La mezcla grosera de ideas políticas, con una estrecha y obsesiva visión derechista de los peligros y las aviesas intenciones del “comunismo”, así in genere, que estaría solapado en las tesis de esos teólogos, ha resultado tan torpe y dañina como desmesurada, injusta y equivocada.

3º) El desmantelamiento de las comunidades de base. Eso se empezó a ver meridianamente durante las dictaduras militares que asolaron Argentina,

Chile, Brasil, Perú, y en general en todo el continente latinoamericano. Contaré una anécdota: nos afirmaba, en nuestra parroquia de Santa Margarida María de Sâo Paulo, un policía del DOPS (policía secreta del Deartamento de Orden Político y Social), las más terrible y temida de esa época, que tenían órdenes severas de vigilar de cerca, y, eventualmente, de perseguir, esos grupos que la ideología entonces reinante, llamada de Defensa Nacional, consideraba células potencial, o realmente, comunistas. Estas cosignas procedían del ejército norteamericanoa y de la CIA. El inspector que nos informaba era, gracias a Dios, ferviente y sensato fiel y colaborador pastoral de la parroquia, y procupraba no meterse en líos, o ayudadaba a deshacerlos, avisando discretamente al cardenal Paulo Evaristo Arns de ciertas añagazas e iniciativas peligrosas de la policía.

Desgraciadamente, con los nuevos nombramientos, como he dicho, la actitud firme, serena, justa y cristiana delos pastores fue cambiando. La experiencia de lucha anticomunista de Juan Pablo II no ayudó nada para espantar posibles fantasmas, las comunidades eclesiales de base, de una pujanza y fuerza notables, fueron decayendo, no motu propio, sino empujadas por una pastoral sin visión y suicida. Así que los pastores, ahora, no pueden, extrañarse de que sus componentes  hayan ido pasando a comunidades evangélicas y carismáticas. Las llaman, en el documento sinodal, “sectas”. Habrá que recordar a los obispos lo de la mota en el ojo del vecino y la viga en el propio.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

One Response to “Incompleto y desviado diagnóstico del Sínodo, celebrado en Roma, sobre la Iglesia americana”

  1. Me parecen acertadas las causas que enumeras, aunque intuyo hay tambien otras quizás menos importantes.
    Hace casi cuatro años exponía a un obispo argentino mi constatación de que en algunas parroquias de su jurisdicción era muy superior el número de gentes que asistían a “cultos” de sectas que los que acudían a la Iglesia Católica.
    Minimizó esta observación.La realidad, sin embargo, es tozuda.

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