La estatua de Nabucodonosor

En la 1ª lectura de la misa de hoy, martes de la 34ª semana del tiempo ordinario, aparece la interpretación que el profeta Daniel elabora de un sueño que tuvo el rey Nabucodonosor, sobre una enorme estatua. La cabeza, de oro; el pecho y los brazos, de plata; el vientre y los muslos, de bronce; la parte inferior de las piernas, de hierro; y los pies, de hierro mezclado con barro. La cabeza, de oro, representa al gran rey Nabuco. Las demás partes, otros imperios que irán viniendo después. El protagonismo del sueño lo comparte la estatua con una piedrecita que, desprendida desde una ladera, baja rodando, va tomando velocidad, hasta que choca con los pies de barro de la estatua, y provoca su derrumbe y su ruina. Y lo que era una pequeña piedra se convierte con el tiempo en una gran montaña.

Al escuchar la letura no he podido menos que pensar en lo que está sucediendo con la tremenda crisis político-económica. Según mentes lúcidas, más política que económica. Y esa es también mi opinión. La cabeza de oro, si la estatua la apreciamos a nivel mundial, es, evidentemente, EE.UU. Si en términos europeos, Alemania. El problema, qu capta muy agudamente el profeta, es que no pueden perdurar mucho tiempo estructuras estructuras de poder muy desiguales. No adelanta nada una cabeza de oro, y unos pectorales de plata, con unos pies de barro. Cualquier chinita desprendida de los avatares de la historia acaba batiendo los débiles pies de barro y derribando toda la estatua. Una lección que solo aprenden los grandes líderes mundiales, los que de verdad poseen una talla intelectual destacable, y, además, ostentan también un liderazgo pleno de grandeza social y política, solo éstos, afirmo, saben que no se puede mantener por mucho tiempo una estructura social y económica basada en la desigualdad y la injusticia. Hace muy poco nos ha dado un ejemplo, en verdad modélico, y casi de visión profética, Lula, el presidente tornero mecánico de Brasil. De poco sirve un mercado interior en un país que atienda las necesidades tan desiguales entre el 10% de la población que ostenta un 75% de la riqueza, y el 90% de los ciudadanos que soloo maneja el 25% de los bienes.

He ahí los verdaderos pies de barro de la sociedad actual. Y sucede, con claridad de trasmisión pedagógica, en los diversos niveles que podemos observar: el nacional, el regional o continental, y el global. Sigamos con el ejemplo de Brasil: comenzó éste a salir del secular marasmo y a progresar a ritmo vertiginoso cuando su mercado interno se amplió del 40% o 45% de la población al más de los 82%. Pero no sería suficiente si los vecinos Paraguay, Uruguay, Bolivia, etc, y no digamos Argentina, se quedaran rezagados, y no pudieran acompañar el vibrante ipulso brasileño.

En el caso europeo, Alemania se equivoca al no salir valientemente en ayuda de las economías dañadas, y actualmente débiles, de los países del sur mediterráneo. Ya lo advirtió un joven economista y analista de los vaivenes económicos de la UEde nacionalidad francesa, cuyo nombre, por desgracia, no recuerdo, ni he encontrado en mis búsquedas de Internet. Decía, interrogando retóricamente a Alemania: “Cuando tus vecinos no tengan un duro, ¿quién va a comprar tus exportaciones?” Pregunta que los norteamericanos se deberían plantear, tema que se han descubierto los chinos, y lo están acometiendo. ¿Cómo? Inyectando dinero no demasiado caro a los países con problemas, para que le puedan comprar sus productos. Algo parecido a la anécdota del patriarca del automobilismo Ford, al descubrir que era más ventajoso subir el sueldo drásticamente a sus empleados, y ganar menos en cada coche, pero vender muchos más.

Mientras los gobernantes no descubran, o no quieran entender, que los pies de barro de la realidad social y económica, a nivel nacional y mundial, es la desigualdad excesiva, y, que además de injusta, es una situación tremendamente negativa para el flujo económico de producción y distribución, estaremos siempre expuestos a crisis cíclicas, duraderas y cada vez más perniciosas. Porque no se trata ya de un déficit ético, del tópico de la avaricia y del egoísmo, (hace tiempo que estamos de acuerdo, desde Platón, en un cierto pecado originario de los humanos, que a todos contamina), sino de una monumental y suicida falta de lucidez mental.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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