Democracia en la Iglesia

 “A nadie se le impide manifestar sus pensamientos e ideas, lo único que se exige que se sepa obedecer cuando se les indique lo que deben creer y vivir como miembros de la propia Iglesia y cuya autoridad la tiene quien ha sido puesto, por Cristo, para regir y conducir a la misma: el Papa con el Colegio episcopal” (De la pastoral del Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela, Mons. Francisco Pérez González,  “Los disidentes”). Si bien tengo que aclarar que SIC (Servicio de Información Católica) publilca el pequeño escrito como respuesta a una pregunta, que no consta quien hace, al prelado.

En otra parte de la respuesta el señor arzobispo recuerda una repuesta de Juan Pablo II a los obispos austríacos, de visita “ad limina” en Roma: “El Papa les respondió que la Iglesia no funciona por pura democracia. El dogma no se decide por votos y “sobre la verdad, ninguna base puede decidir. La verdad no es un producto de una Iglesia de base, sino un don que viene de lo alto, de Dios” (Juan Pablo II a los Obispos Austriacos, 21-XI-98). Así dicho, con trazo tan grueso, da la impresión de que oponerse a esa declaración sería temerario, como ocurre con frecuencia ante textos eclesiásticos que invocan derechos sacrosantos venidos de lo alto. La Iglesia no funciona ni por pura ni por aproximada apariencia de democracia. Otra cosa es que este funcionamiento no-democrático haya sido prohibido por el Señor Jesús, o menoscabe los valores evangélicos.

Ya metidos en harina no será de más que recordemos que en ciertas épocas el funcionamiento eclesial en la elección de cargos, obispos, por ejemplo, era bien más democrático que hoy, que no lo es nada. Pero puede ser que salga alguien por ahí afirmando que el dedómetro es mucho más concorde con la voluntad de Dios. Además, ¿el dedómetro de quien? No será del Papa, que ni en pintura conoce a todos, ni a la más mínima parte de los obispables de la Iglesia universal. Es decir, se trata de una democracia “limitada”, de lo más parecido a una aristocracia aristotélica, en la que deciden gente tan responsable y exquisita, y de tan alto sentido moral, ajeno por completo a intereses y a pequeñas o grandes pasiones, como obipos, nuncios, cardenales, gente de curia. Entre ellos puede ser que sí haya una democracia reponsable, sin necesidad de enchufes, ni de hacedores de obispos, como dicen las malas lenguas, ni, mucho menos, de nepotismos ni paniaguados.

Un obispo de la categoría intelecutual, organizativa, administrativa y episcopal como San Ambrosio fue elegido, antes de bautizarse, en la asamblea de la Iglesia de Milán, es decir, de modo asambleario cristiano, es decir, invocando antes la ayuda e iluminación de Dios. Pero ésta desciende sobre toda la asamblea, sobre todos aquellos que, portadores del Espíritu Santo, aportan su criterio y sus luces en beneficio de toda la comunidad. Como enseñaba Pablo en sus cartas, y como, de modo bastante positivo, a tenor de los resultados, practicaron los primeros cristianos en los seis primeros siglos. Y en algunas iglesias, hasta bastante después. Y en otras, como la austríaca, casi hasta nuestrso días. Y como hicieron los apóstoles paa elegir el sustituto de Judas, elección que no dejaron al criterio de Pedro, ni siquiera del los doce, sino de toda la asamblea presente en el cenáculo. Pero se trataba de creyentes verdaderos en Cristo y en el Padre.

(Mañana seguiré este tema)

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara      

5 Responses to “Democracia en la Iglesia”

  1. Hay un lugar en Astigarraga, sombrío pero cercano, donde se percibe un eco que más bien parece un susurro. El asfalto de la calle que lo cruza aún guarda el sonido de las balas que, en medio de la oscuridad, acabaron con la vida de Tomás Alba. Balas que dos mercenarios Ignacio Iturbide y Ladislao Zabala descargaron en nombre de un grupo paramilitar al que llamaban Batallón Vasco Español.

    Tomás Alba era concejal independentista del Ayuntamiento de Donostia y había escrito un emotivo y premonitorio libro: «Dejad que los cometas vuelen por mí». Los dos mercenarios citados confesaron su crimen y fueron condenados en 1985 por el mismo. Sin embargo, la asociación Basta Ya y el grupo Vocento, a través de su diario «Abc», consideran a Tomás Alba víctima de ETA. Como lo oyen.

    «El Mundo» escribió en 2008, en un artículo que más bien pretendía justificar su muerte, que «Tomás Alba fue uno de los pesos fuertes del entramado político de ETA cuando se gestó la mayor ofensiva criminal de la historia del abertzalismo asesino». Quizás por eso del libro de los cometas, el diario de Pedro J. añadió a cuenta del edil asesinado que era «uno de los ideólogos de ETA». La mentira es gigantesca. Pero ahí quedó.

    Cuestiones de este tipo las padecemos un día sí y otro también. Hay una labor sistemática, de la que participan medios de comunicación (¿o propaganda habría que decir?) para denigrar al sector social vasco que durante décadas (¿siglos?) plantó cara al Estado. En el todo vale contra la disidencia se incluyen la falsificación de datos, nombres, situaciones, etc. Y la inclusión de las que ahora llaman «victimas colaterales» en el saco etarra. El relato español es una bomba fétida.

    Fruto de estas manipulaciones descarnadas, la sociedad aparentemente neutral recoge el mensaje y lo recicla. Los resultados son espeluznantes. Llegué el otro día a la palabra «San Sebastián» de Wikipedia. En el último siglo han sido unos cuantos los concejales de Donostia ejecutados por grupos paramilitares franquistas. Ni una sola referencia. En la última época dos los ediles muertos de forma violenta: Tomás Alba y Gregorio Ordóñez (1995), este último en acción reivindicada por ETA. Wikipedia se recrea e interpreta de una forma muy singular la muerte de Ordóñez. Por el contrario la de Alba ni la cita.

    No es excepción, ni como alguno supondría error. Se trata de manipulación, porque en esa misma entrada, la enciclopedia virtual, por cierto nada neutral, se queda tan ancha después de relatar la conquista de Gipuzkoa en 1200: «Guipúzcoa a partir del año 1200 rinde vasallaje al rey castellano Alfonso VIII, enemigo de Sancho el Fuerte. Para los comerciantes de San Sebastián este cambio será positivo, dado que pasa de ser el puerto de un pequeño Estado sin posibilidades de expansión territorial (Navarra), a servir de salida al mar de una monarquía, la castellana, mucho mayor, más rica y en plena expansión». Pocas veces he leído una apología del imperialismo tan notoria. Y créanme si les digo que soy un lector empedernido.

    España ha sido tradicionalmente el país del olvido. Olvido para dar paso a la manipulación. Hace ya casi 20 años, el Estado se lanzó a la batalla de conmemorar los cinco siglos de la llegada de tres barcos subvencionados por la corona castellano-aragonesa a tierras americanas. El Quinto Centenario del Descubrimiento de América, decían. ¿Lo recuerdan? Vergüenza ajena.

    Nos lanzaron fuegos de artificio para modificar la historia a través de un lema insultante: «Encuentro de dos mundos». Fue una razia y un expolio como jamás ha existido en la historia de la humanidad. Una auténtica matanza ni siquiera superada por la de los hornos crematorios de Hitler o las sarracinas coloniales de la Graciosa Majestad británica. ¿Alguna autocrítica? ¿Algún perdón desde los púlpitos de la iglesia? Olvido.

    La guerra civil y el franquismo están repletos de muestras de olvido que aún hoy no hemos podido superar. Me voy a detener en el caso del miquelete Pedro Telletxea, cuya memoria su viuda, Benita Etxeberria, quiso recuperar para su familia. Telletxea era un carlista que fue fusilado por los franquistas «por equivocación». En Lazkao. Al parecer, le confundieron con su hermano que era abertzale.

    Su viuda removió cuarteles y juzgados para que el nombre de su marido, ya que no le podía devolver la vida, fuera al menos reconocido. La respuesta de los tribunales, reconociendo «digno de todo encomio el natural deseo de la mencionada señora de rehabilitar la memoria de su indicado marido», fue la negación. Pedro Telletxea fue arrojado al baúl del olvido, con miles de republicanos, comunistas, anarquistas, socialistas y abertzales. Su «pecado»: haber sido ejecutado por los mercenarios de la época.

    Ha existido desde que el papel y no la leyenda ejercen de notarios, un olvido sistemático. De razias, de violaciones y abusos sexuales, de vejaciones, de ejecuciones, de expolios, de secuestros, de robos de niños, de torturas y malos tratos, de amenazas, de detenciones arbitrarias, de trabajos forzados, de confiscación de bienes, de eliminaciones lingüísticas, de cautiverio, de reclusión en prisiones clandestinas, de exilios, de persecución religiosa, de racismo y xenofobia, de exterminio…

    Todo ello ha ido a parar bajo la alfombra real que cubre los suelos de la Moncloa, la Zarzuela y la carrera de San Jerónimo. Hoy, España se jacta de conocer al instante quién fue el autor del tercer gol maño en el partido Zaragoza-Sabadell que se celebró el 18 de marzo de 1942 (y en qué minuto del segundo tiempo) y, sin embargo, desconoce la ubicación de un campo de concentración, para muchos de exterminio, desplegado en Miranda de Ebro, cerca de la muga vasca. ¿Han visitado los secarrales de San Juan de Mozarrifar donde decenas de miles de vascos y españoles sufrieron vejaciones infinitas? Un campo de fútbol lo cubre de olvido.

    Un olvido histórico, transversal y multidisciplinar que ha unificado, sorprendentemente, a buena parte de la clase política española. La crítica al Quinto Centenario fue marginal, la reivindicación de las víctimas de la guerra civil y el franquismo llega con 30 años de retraso. Con millones de problemas y de zancadillas. Y, por lo que parece, la denuncia de que el sistema policial español tiene en la tortura una de sus patas fundamentales desde que Himmler visitó la Puerta del Sol es algo secundario, propio de los informes anuales de Amnesty International y de los manuales de la «banda» ETA.

  2. ¿¿¿¿-????
    Areópago

  3. Querido Aeropago
    ¿Cómo has dejado que se publique un comentario que no tenía nada que ver con tu post? y que por ser amable… era francamente sectario.

  4. Luisa:
    gracias por tue ayuda. Pero hasta hoy no he censurado ninguna colaboración. En el caso a que aludes, me he limitado a las interrogaciones para ver si su autor se daba cuenta de que, además de que no tenía nada que ver, era efectivamente muy poco objetivo y equilibrado.
    Areópago

  5. De muetes, cuando nos obligaban a ir al confesionario con una periodicidad tal que casi no daba tiempo ni de llenar la talega de los pecados, recuerdo que el confesor siempre respondía con una pregunta a nuestras autoinculpaciones: ¿Cuántas veces? No bastaba decir que habías dicho una mentirijilla. Había que concretar el número de veces, ya que de ello dependía la gravedad del pecado y la penitencia posterior. Repetir una misma trola a mucha gente era agravante. Mentir para ocultar culpas mayores (ofensa al séptimo mandamiento por ejemplo) suponía ser reo de penas infernales.

    Ocurre que cuando en 1215, en el concilio de Letrán, se impuso la obligación de la confesión, no existían los medios de comunicación masivos. La mentira había que repetirla a mucha gente para que fuera vox populi. Hoy día, si alguien suelta una maliciosa falsedad en televisión y luego va a confesarse, ¿cuántas veces debe confesar que ha mentido? Tantas como televidentes, me imagino, y si no, sería un agravio comparativo con todos los que hemos desgranado miles de avemarías por nuestros pecadicos infantiles. Si mis afirmaciones no son ciertas y faltas de objetividad pueden ser contrastadas con hechos y fechas, pero si la verdad molesta ese ya ho es mi problema sino del que se escandaliza porque prefiere ver la paja en el ojo ajeno. Pido disculpas por responder con asuntos algo alejados del tema tratado, eso lo aprendi del Evangelio: “predica en todo tiempo, con ocasion o sin ella”

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