¡Abajo las mitras!

No es un grito revolucionario anticlerical, aunque se parezca. Es la expresión de un deseo, ejercicio navideño típico. La mitra como símbolo de poder, que eleva unos buenos viente centímetros la altura la imponencia episcopal. En el caso de algunos obispos altos y esbeltos la mitra los acerca a niveles estratofésricos, y en el de bajitos y rechonchos les dota de una inapreciable dignidad. Así que no es de extrañar que sea una prenda que, a pesar de su indiscutible e indisfrazable carácter poco o nada evangélico, sea mantenida por los prelados contra viento y marea. Se trata de un gorro de origen bizantino, tanto de uso clerical como civil. En ambos casos, para mostrar rango y distinción.

Hubo una anécdota entrañable en la toma de posesión, -mejor diríamos presentación o entronización-, de Pedro Casaldáliga como obispo de San Félix de Araguaya, en la ribera del río del mismo nombre, en la Amazonia brasileña. El, entonces jóven, obispo catalán claretiano renunció al uso de la mitra, y defendió su cabeza del inclemente sol amazónico con un típico sombrero de pescador, así como sustituyó el báculo por un remo de los que usan para mover sus barcas de un lado a otro, como vehículo propio de una región tan fluvial. Los lugareños, fieles de Casaldáliga desde ese momento, ni se inmutaron, pero entendieron, interrogados por los periodistas, la normalidad de la indumentaria, y complementos, del obispo.

Muchos periodistas, no. Brasil estaba en un momento de dictadura militar, (tal vez mejor sería denominarla “dictablanca”, porque los militares brasileños nunca abandonaron la democracia formal, ni el ritual de elecciones para parlamento y senado, y de hecho se ejercitaron con bastante más mesura que otros colegas en el poder), y había una especie de derecha oficial, aviesa a todo vestigio de cambio o delirio progresista. Pedro, -así lo llamábamos todos los amigos y simpatizantes, y miles de jóvenes universitarios y trabajadores que lo veneraban como signo de lucidez, justicia y solidaridad, independientemente de sus creencias) era muy mal visto por los representantes de esa línea, cercana y halagadora del poder. Así que algunos medios reprocharon el gesto del prelado de San Félix como exótico, populista y demagogo.

¡Pero bueno que es Casaldáliga para amilanarase! Respondió en otros medios más imparciales, que los había, como “A folha de Sâo Paulo”  y “O jornal do Brasil”, de Río, diciendo, más o menos: la mitra es, además de símbolo de Poder, una prenda medieval y  peculiar de una cultura europea, ya caduca, llena  de protocolos palaciegos y de boatos. Puede ser que esos adminículos sirvan todavía, y tengan alguna significación positiva, cosa que hay que dudar, en el mundo civil y en los ámbitos aristocráticos y de grandeza mundana, pero, sin lugar a la más mínima duda, no tienen lugar en la comunidad eclesial, entre los que pretenden seguir a Jesús en la senda evangélica, donde el poder, siempre con minúscula, es un servicio, y nunca motivo de exaltación ni ostentación.

Nos pareció a todos tan sensato y bonito que Juan XXIII, aprovechando con humor su maciza y pesad humanidad, renunciara y eliminara “la silla gestatoria”, así como después la tiara pontificia, la corona de tres pisos, signo del supreomo poder papal, (corrió un runrún pr los mentideros eclesiásticos según el cual Inocencio XVI estaría considerando reintroducir ese signo ostentoso), que hoy disfrutaríamos enormemente, no digo todos, pero sí muchos, con la supresión de la mitra y del judaizante solideo.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

One Response to “¡Abajo las mitras!”

  1. Y también son muchos otros los símbolos de poder entre cristianos. Pieles, joyas, marcas buenas, coche, la muchacha en casa esperando con la comida y el uniforme, la exhibición compulsiva de lo que se tiene o de lo que se sabe y acredita. También la imposición de sus ínclitos criterios con el rechazo de la asignatura de educación para la ciudadanía, el desprecio a que los homesexuales puedan nombrar su unión como matrimonio, los argumentos para dificultar la entrada de los inmigrantes y sí, también, la cuestionable forma de defender la vida a costa de poner el aborto de los ‘anawin’ en la clandestinidad.

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