El caso del padrino de Bautismo homosexual

Traen los periódicos estos días la siguiente noticia: en un pueblo de Jaén, de cuyo nombre no quiero acordarme, el párroco no ha permitido que el padrino de Bautismo escogido actuara como tal porque es gay, y, además, está casado en matrimonio homosexual. El aspirante a padrino en cuestión es católico, practicante, ha hecho la 1ª Comunión, se ha confirmado, rara avis, hoy día, ha sido catequista, y ha declarado que, aun después del “misericordioso” trato del párroco, refrendado por el obispo, sigue dando la misma importancia de siempre a su fe, y no piensa ni retraerse en su práctica ni, mucho menos, abandonar la Iglesia.

Hay que reconocer que el caso es delicado. En algún periódico he leído que uno de los argumentos del párroco es que no puede ser padrino de pila alguien que vive públicamente en pecado. Porque el matrionio homosexual, rechazado y condenado por la jerarquía de la Iglesia, comporta una situación de pecado permanente. Todo esto es muy discutible. Ya he recordado en elste blog la famosa frase de Santo Tomás después de analizar las tres condiciones necesarias para poder hablar de pecado grave, todas ellas acumulativas, no vale sólo una o dos de ellas: materia grave, advertencia plena y consentimiento perfecto. Ante la extrema dificultad del concurso aunado de las tres, doctor de Aquino: “de grave pecato dificultosime falitur” (muy difícilmente se puede hablar de pecado grave).

Los moralistas, encaramados en las torres de su autosuficiencia complaciente, y de su rígida héterosuficiencia mínimamente complaciente hacia los demás, olvidan otra máxima fundamental del Aquinate: “la norma próxima de la moralidad de un acto humano es la conciencia de la persona”. Así de claro. No haría falta continuar “y no la conciencia del moralista”, pero por lo visto y oído, es necesaria esta última precisión. El párroco podía haber aducido el escándalo de los “débiles”, de que nos habla San Pablo en sus cartas, recomendando a sus fieles que, a veces, aun siendo morales y aceptablesciertos comportamientos, habría que dejarlos de lado si suponen “una piedra de tropiezo” para los hermanos más pequeños y pusilánimes.

También habría que estudiar el origen y las cuasas del escándalo, y los motivos por los que en itras situaciones tan o más comprometidas para el sacramento, ese rechazo social “escandaloso” no se produce. Todos sabemos que en la mayoría d elos casos, casi en el 100%, los padrinos no son elegidos por sus convicciones cristianas y por su firmeza en la fe, sino por compromisos de parentesco o de oetro tipo. Es también de dominio público que la falta de implicación en la comunidad eclesial de la mayoría de los padrinos, que es un hecho real, lo es también público. ¿Por qué nuestra sencilla comunidad cistiana no se escandaliza de esas carencias inaceptables de los aspirantes a padrino? Lo responderé rápidamente: porque el clero, que es el causante del 95% de la opinión y de los criterios de los fieles en materia eclesial, no ha educado a la comunidad con esos valores, y ha dado, y sigue dando, por desgracia, más importancia a temas rabiosamente moralistas. Y si el sexo, o la inclinación sexual, se meten de por medio, peor que peor (o mejor que mejor, las dos cosas tendrían sentido).

Confieso, humildemente, que no tengo la solución para el caso expuesto. En una ciudad grande, donde el acceso a la vida privada es más complicado, podría pasar más fácilmente desapercibida una situación como la descrita en esta noticia. Yo, a nivel personal, no me escandalizaría de que una persona como la de este caso, practicante y con gran valoración de su propia fe, actuara como padrino, en el acto sacramental del Bautismo, y después. Pero tengo mis serias dudas sobre las consecuencias que esta actitud permisiva podría tener en el conjunto de una comunidad poco madura y todavía escandalizable, aunque sea por los motivos que he insinuado.

Mi opinión es que lo que deberíamos intentar todos los implicados en la pastoral, obispos, curas, diáconos y catequistas, sería desactivar un excesivo discurso moralizante, muy en especial del obsesivo tema sexual. Los primeros cristianos hicieron algo parecido. El judaísmo rechazaba a los eunucos, no los admitía como miembros del Pueblo de Israel. Pues bien: los Hechos de los Apóstoles, muy de propósito, para destacar la diferencia entre la antigua Ley y la nuva comunidad de los seguidores de Jesús, se encargan de presentar a bombo y platillo al diácono Felipe bautizando al eunuco en el camino de Gaza. (Hech 8, 26-39). Pienso que deberíamos ser, por lo menos, tan valientes como Felipe.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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