¡Me meto en un charco!

De vez en cuando ojeo Religión Digital (RD), esa revista informática dirigida por nuestro buen colega, y colaborador de RS21 en sus tiempos, José Manuel Vidal. Me gusta RD por la calidad y cantidad de la información que ofrece, y el enfoque claramente conciliar que presentan, generalmente, sus páginas. Que nadie se me mosquee. Pensarán algunos: si hay enfoques conciliares quiere decir que también los hay anti-conciliares. Querrá decir, pero no lo digo. Pienso que no hay nadie enla Iglesia que sea tan imprudente, o poco cauto, o simplemente necio de declrarse contra el Conciolio Vaticano II. No. Lo que hacen muchos, también en la jerarquía, y no digamos en la española, es ignorarlo. Es decir, no son anticonciliares, sino aconciliares. Eso mientras hacen votos y proclamas de admiración, respeto y obediencia al Vaticano II.

Muchos olvidan que hay una generación de católicos, y concretamente de presbíteros, que vivimos de cerca, c mientras estudiábamos Teología, la magnífica y apasionante experiencia de la aventura conciliar, y, que, por tanto, es muy difícil que nos den gato por liebre, o que nos dejemos enredar con actitudes contradictorias sobre la herencia del Concilio; o que nos engañen con la técnica de resaltar ciertos ¡pequeños! abusos litúrgicos en la celebración de la Eucaristía, por ejemplo, mientras abandonan, o no hacen caso de, las grandes líneas maestras y las orientaciones decisivas del Concilio, como la definición de Iglesia como “Pueblo de Dios”; o su descripción como “Lumen Gentium”, mejor que la afirmación de “extra ecclesia nulla salus”; o su inclinación por la Colegialidad Episcopal, o su enseñanza sobre la libertad religiosa, o la valiente recalificación de los fines del matrimonio, no solo ya para la procreación de los hijos, sino también para la legítima realización afectiva de los cónyuges. (¿No cabría en este panorama una mirada de mayor afecto y compasión sobre las parejas homosexuales que la actual de dura exigencia intransigente?). O la enseñanza sobre la “paternidad responsable”, y otros tantos, muchísimos puntos actualmente olvidados, o incluso mal vistos o censurados.

Pero vuelvo a RD. Lo que no me gusta de ninguna manera es el tenor, la zafiedad, la insolencia y la intolerancia, el estilo faltón y la odiosa inmunidad anónima de tantos comentarios y post a ciertos artículos. Y esto sí que es reponsabilidad no solo de los que los escriben, sino de la revista que los publica, querido José Manuel. No afirmaría lo que digo si no fuera porque las mismas normas de RD prevén ciertas condiciones mínimas para publicar las colaboraciones de los lectores. O por lo menos yo las leí en alguna oportunidad. Actualmente no las encuentro. Opino, sin embargo, que no hay que sacrificar la buena calidad de los comentarios de los usuarios en aras del número de visitas y de posts. No hay que tener reparo, ni miedo, a ser tachados de censores si no se aceptan, y no se publican, aquellos comentarios que insultan, ofenden, faltan al respeto, ridiculizan, y, sobre todo, carecen de argumentos en temas ciertamente profundos, graves y densos. No suelo leer  ya los comentarios porque cuando lo hacía llegó un momento en el que no pude aguantar tanto detrito, tanta basura, tamaña mediocridad e insensatez.

Hoy he recaído en mi curiosidad, que espero no sea morbosa. Y el panorama ha sido, otra vez, desgarrador. Escribo estas líneas, entre otras cosas,  para expresar mi alegría y gratitud porque en rs21, a Dios gracias, no contemplo semejante espectáculo bochornoso. Y para acabar quiero hacer una observación, que es una de las constantes de este Areópago: denunciar la manía de muchos, especialmente los que he tachado más arriba de aconciliares, de confundir “Iglesia” con jerarquía de la misma.

De que ésta sea importante no cabe ninguna duda. Pero que signifique “toda la Iglesia”, o su único cauce de pensamiento, tampoco. Los que así proceden, se parapetan bajo o detrás del Magisterio eclesiástico, sea o no sea definitivo, y definitivo solamente es el Dogma, y no hay quien pueda dialogar, ni tratar, ni intentar siquiera hacerlo, de temas que al Magisterio no gustan, o zanjan en una dirección, sin discusión previa, e invadiendo, no pocas veces, terrenos, que deberían ser ajenos a la pretendida autoridad de dicho Magisterio, como los de carácter científico, e, incluso, ético. Y, por descontado, los de entidad socio política o económica. A no ser que sea para recordar y actualizar, diáfanamente, el Evangelio.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara      

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