Uso del nombre cristiano en vano

Rafael Navarro-Valls, prestigioso intelectual, miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España, acaba de publicar en Zenit.org un artículo con el título El factor religioso en las elecciones de Estados Unidos (Lo que está en juego en este año decisivo 2012). En primer lugar, y sintiéndome un poco beligerante y hasta antípático, quiero recordar que, en mi opinión, vivimos en un país que tiene una tendencia atávica a la exaltación de sus pocos intelectuales, o a la artificiosa creación de los mismos, aunque no lo sean. Me refiero al deslumbramiento que en España producen los títulos y las honras, y la imponencia que se deriva, demasiado automáticamente, de la pertenencia a academias o a ciertos círculos que se presumen repletos de miembros deslumbrantes y poseedores de cerebros privilegiados.

Después leemos páginas infumables de académicos de la Lengua que tienen la imaginación y la chispa de un mosquito, o de sesudos juristas de la Academia de Jurisprudencia que desbarran en sus consideraciones legales, o que se apuntan a la última idea ¿original? imperante en sociedad, o conforme a la voluntad de los que mandan. A mí me tienen muy mosqueado importantes jueces del Supremo y del Constitucional que invariablemente fallan en la dirección ajustada a los intereses de quienes los han promovido. Esto es un escándalo, como lo es que se queden impertérritos, amodorrados en su dichoso refugio, que denominan, pomposamente, “principio de legalidad”, y que defienden ahora con el mismo inane entusiamo con el que nuestros próceres juristas de antaño, algunos de ellos infelizmente reinantes todavía, lo defendieron cuando era producto de un régimen autoritario y dictatorial.

Sucede, además, para mayor escarnio, que nuestros “pensadores” pasan de una a otra disciplina con aplomo y rango, sobre todo los que se consideran católicos, o creyentes, a los temas teológicos y religiosos. Es lo que hace el profesor Navarro Valls al discurrir sobre las próximas elecciones americanas desde el punto de vista de la influencia de las variables “religiosas”. Evidentemente, mete en un totum revolutum, sin discernir con detalle, lo religioso, lo cristiano, lo católico, o lo protestante. No tiene en cuenta la no tan sutil diferencia entre los valores cristianos y los valores religiosos “norteamericanos”. La enorme distancia entre el “Dios salve a América” y el mandato evangélico del perdón, por ejemplo. El tremendo contraste entre el “no juzguéis y no condenéis”, y la ideología política del conservadurismo americano en temas como la pena de muerte, la despenalización del aborto, el matrimonio de los homosexuales, o la ayuda para una muerte digna.

La consideración sociológica de la relación Iglesia y Estado es tarea sencilla, cuando lo que se analiza es superficial y anecdótico, como en el siguiente texto que cito literalmente del aartículo de Navarro:

“Incluso un presidente no especialmente fervoroso como Obama, tomó posesión en una ceremonia en la que dos pastores protestantes hicieron consideraciones religiosas (uno haciendo la invocación a Dios y otro impartiendo la bendición final), parte de la multitud asistente rezó el Padre Nuestro, el nuevo presidente juró sobre una Biblia (concretamente la usada por Lincoln en idéntica ceremonia) y aludió en el texto de su discurso hasta cuatro veces a Dios, incluidas dos invocaciones a la ayuda divina al terminar”. ¿Y?

Y ni que decir tiene que a nuestro buen jurista, de ideas claramente liberales y neocons, no se le ocurre llagar a textos tan socialistas, o casi comunistas, y tan destemplados como “¡ay, de los ricos!”, o “los publicanos y las prostitutas os precederán en el Reino de Dios”; y no digamos en el absurdo de la ¿marxista? justicia distributiva del “vende todo lo que posees, dáselo a los pobres, y, depués, sígueme”. Este seguimiento de Jesús en el desprendimiento, en la preocupación por los otros, y en la práctica activa y generosa de la solidaridad, no debe, por lo visto, pertenecer a los elementos típicos de la religiosidad cristiana.

Quiero decir que mientras nuestros analistas autorreconocidos como cristianos, y creyentes, no saquen a relucir la espiritualidad evangélica, tendremos que advertir, alto y fuerte, con espíritu fraterno pero con entereza, que ya basta de blá-blá-blá, que no nos confundan, y que no se invoque el nombre cristiano en vano.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara   

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