Por la unión de los cristianos

Celebramos estos días la “Semana de oración por la unión de los cristianos”. La desunión es un escándalo. Y más si observamos que las causas de la misma han sido, casi siempre, por asuntos nada evangélilcos, mundanos, para decirlo con todas las letras. Cuestiones de poder y de influencia, de jurisdicción, de disciplina y de gobierno. Así empezó la separación de los ortodoxos, con la nefasta intervención de la legación pontificia enviada a Constantinopla por el papa León IX, en 1054, encabezada por su colaborador, el cardenal Humberto de Silva Candida, y formada por los arzobispos Federico de Lorena y Pedro de Amalfi. Nefasta porque, además de ridiculizar las costumbres orientales, le quitaron unilateralmente el título de “Ecuménico” al patriarca Cerulario, y se precipitaron más de la cuenta al depositar sobre el altar mayor de Santa Sofía la bula de excomunión del Patriarca.

Después se sumaron pequeños desplantes de un y otro lado por motivos teológicos o litúrgicos, como el tema del “Filioque”, o la exigencia de los orientales de que los de occidente clebraran la Eucaristía con pan normal, no ácimo. Es decir, el centro de las diferencias era el reparto del Poder, y después se sumaban cuestiones más teóricas. Como pasó con Lutero, que empezó despechado por su derrota ante los dominicos por el monopolio de la campaña de oferta de indulgencias, algo que suponía una carretada de dinero, y después siguió con sus tesis y sus polémicas teológico-bíblicas.

El caso de Enrique VIII, ese rey impresentable, venal, cruel y despótico, -¡que me perdonen los anglicanos!- fue clara y directamente la disputa del poder político, y después su anglicanismo subsecuente no se concretó en nada teórico muy diferente a la enseñanza de Roma, sino tan solo en el orden jurisdiccional, es decir, de la Autoridad y del Poder. (Los escribo con mayúscula para que se note su importancia y preponderancia en tan árduos enfrentamientos). Más tarde, como consecuencia de la enseñanza de Lutero de la libre lectura e interpretación de la Biblia, y de la legítima autonomía de las comunidades cristianas, éstas crecieron como hongos, sobre todo en Norteamérica, y esa atomización complicó mucho más la consecución de algo práctico y duradero en el espinoso asunto de la “Unión de los Cristianos”. De hecho, en la fundación, el 23 de agosto de 1948, de “El Consejo Mundial de Iglesias” (CMI),la Iglesia Católica no se personó. El CMI es la principal organización ecuménica cristiana internacional. Su sede está en Ginebra, Suiza; a él están afiliadas 348 iglesias y denominaciones con cerca de 600 millones de cristianos en más de 120 países.

Según los teóricos oficiales de la CuriaRomana, el caso de la IglesiaCatólica, tanto de rito Romano como de otros ritos, es diferente a todas las otras iglesias. Y la causa profunda de esta diferencia radica en que se trataría de la única Iglesia legítima, la que tendría en su credo, en su liturgia y en su organización, todos los elementos esenciales, fundamentales y necesarios para consituirse en la única Iglesia sucesora legítima de la primera Iglesia, y la detentora de los poderes y de la mnisión de los Apóstoles. Como es lógico, esta convicción no es compartida por las otras iglesias, ni por sus correpondientes jerarcas. Juan XXIII quiso solucionar este conflicto, afirmando que nuestra iglesia se había quedado con la parte más importante de la imagen del plato desgraciadamente roto, pero que había otras partes de la imagen importantes e interesantes, que no se encontraban en la que nos correpondió en el reparto. Pero esta idea generosa y maravillosa de un papa genial y visionario, en el mejor sentido de la tradición profética, fue rápidamente abandonada por los sabihondos oficialistas romanos.

 (Continuará. Intentaré concretar en los problemas y pegas que entre unos y otros ponemos a la efectiva uni+on de los Cristianos).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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