Ideologías, a favor y en contra, del Concilio Vaticano II

Esta entrada tiene mucho que ver con la conferencia pronunciada por el P. Felicísimo Martínez, o.p., en la XXIII Semana de Teología del Instituto de Pastoral que se celebra en Madrid. No tengo ningún ánimo de llevar la contraria a tan sabio dominico. Sin embargo, me gustaría hacer alguna precisión aprovechando la insinuación que el propio profesor hace sobre el temor a no ser políticamente correcto. No voy a intentar serlo en mis puntualizaciones sobre las “ideologías” que yo encuentro en los anti conciliares. Porque los hay, aunque los demás, y, por supuesto, ellos mismos, rehúyan esa denominación. La palabra “ideologías” surge porque según el teólogo de la Orden de Predicadores son ellas las que contaminan en cierto grado la “recepción” del Concilio por parte de los previamente inclinados a aceptarlos. Dos cosas son las  que quiero decir:

1ª) que la palabra ideología expresa una realidad personal y anímica que se da en todo tipo de pensamiento metódico sobre cualquier tema que no sea estrictamente mensurable científicamente, (..¡y aun en éstos habría que ver!). Como el mismo autor reconoce: “las ideologías siempre contienen unas justificaciones racionales e inconscientes que esconden intereses secretos y pretenden legitimar ciertas cuotas de poder”. Pero aunque haya una cierta aversión a aplicar este concepto, y a reconocer sus consecuencias, también es aplicable a la Teología; es decir, a las teologías, variadas y sin mayúscula. La Teología, en esencia y en puridad, rechaza las ideologías. Pero “las teologías”, en la misma medida en que son muchas y variadas, las suponen.

2ª), que, por lo tanto, y si se me admite lo anterior, los poco dados a aceptar el Vaticano II, o directamente inclinados a rechazarlo, también sufren las consecuencias desequilibrantes de las ideologías previas, que generalmente, en éste como en el anterior caso, son tan acríticamente recibidas como mantenidas. En este sector de los poco o nada proclives a una pacífica recepción del Concilio Vaticano II destacaría los siguientes condicionantes “ideológicos”:

  1. Una mentalidad clerical; todavía más, “clericaloide”, es decir, excesivamente inclinada a subrayar la importancia y transcendencia de la división en dos grandes grupos de los miembros de la Iglesia: entre clérigos y laicos. Esta “prevención” les haría detestar la, para ellos, tentativa del Concilio de eliminar  la fuerza e importancia de esa división, propósito que, objetivamente,  no se le puede imputar al Concilio, sin matizar que solo se trataría de rebajarlas, algo perfectamente asumible y considerado como positivo por los padres conciliares. Es muy difícil convencer a ciertas mentes de la radical diferencia que hay entre la “eliminación” de unas barreras o el rebajamiento de las mismas.
  2. Una mentalidad a favor de una gran unión Religión-Estado, que vería como poco deseable, y, en algunos sectores de la misma, como inaceptable, la separación de ambos. Esta ideología, pues lo es, proviene de una gran confusión histórica, a su vez causada por una exégesis precaria, o inexistente, sobre el concepto bíblico de Reino de Dios, que sufre una enorme y lógica evolución desde el AT hasta las palabras esclarecedoras de Jesús en el Nuevo, que explícitamente declara “mi Reino no es de este mundo”, o “dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”. (El Nacional-Catolicismo que se vivió en España proviene de estos supuestos, y todos recordamos las tensiones, algunas violentas y extremas, que produjo en nuestra Iglesia la proclamación del Concilio de la separación Iglesia-Estado. (¡Tarancón al paredón!)
  3. Una idea del culto y de la liturgia conservadora, apegada rígidamente a la Tradición, sin flexibilidad ni valentía para los cambios ni la vuelta a tradiciones anteriores, como la Iglesia primitiva. En este punto, la ideología “tradicionalista” (véase la posición de Marcel Lefebvre) no se da cuenta de que valora y respeta más las desviaciones, que se han dado en algunas reformas litúrgicas, que el espíritu y la praxis de la Iglesia fundacional. Es decir, como algunos hacen hasta hoy, en vez de respetar la Tradición desde los orígenes, muestran respeto casi supersticioso a una tradición discrecional. (Algo de eso se aprecia en la mentalidad de ciertos grupos cristianos, como el Opus Dei, por ejemplo).
  4. Un mentalidad moral, que con frecuencia viene a ser “moralista”, que se espantaba con el giro del Concilio en temas tan sensibles para sus detentores como los fines coordinados, -no subordinados- del matrimonio, el reconocimiento y aceptación de la “paternidad responsable”, y cierta simpatía difusa por el hombre y la cultura contemporánea, ambos, hombre y cultura, bajo sospecha para los puritanos de la moral.

(Hay más elementos que podría destacar, sobre todo en el asunto central del Concilio de la Eclesiología. Así que seguiré otro día para no alargarme).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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