Ideologías, a favor y en contra, del Concilio Vaticano (II)

Como quedé ayer, sigo con otro tipo de “ideologías” muy importantes e influyentes en el rechazo del Concilio Vaticano II. Es preciso dejar muy claro que este rechazo explícito y directo existe. Lo que pasa es que no es “eclesialmente” reconocerlo. Nadie puede salir por ahí proclamando lo que en despachos, oficinas, pasillos y cámaras de Curias, o en sacristías y claustros se reconoce y afirma entre amigos. Es más fácil, y más falso, y más cobarde, achacar a la mala recepción de los decretos conciliares, o a los abusos de los incondicionales, o al personalismo y caótica autonomía de los adictos al Concilio el fracaso o la paralización de sus resultados. Cuando lo que hemos contemplado es que quien tenía poder para paralizar las reformas, la curia vaticana, con el Papa al frente, lo ha hecho, desde el pontificado de Juan Pablo II. Y continúa con el actual. Durante el Concilio no podían saber los padres como iba a resultar la acogida del mismo, ni las posibles distorsiones que siempre se producen después de los concilios ecuménicos. Pero los pesos pesados de la Curia ya se encargaban, en pleno desarrollo del Concilio, de poner todos los palos posibles al sosegado discurrir de sus ruedas.  

También sucedió en Trento. Y como explica uno de sus más eximios especialistas, Giuseppe Alberigo, la Curia Romana no suele ser ajena a ciertas maniobras de “adaptación” (¿?) en el proceso de recepción y aplicación de los concilios. En el de Trento una de sus jugadas maestras, según este expertísimo italiano, fue hacer creer a todos que el gran promotor del concilio fue un hombre tan amplia y universalmente aceptado como el arzobispo de Milán, el sabio y dulce, aunque enérgico, San Carlos Borromeo, cuando, en verdad, el que lo aplicó según los deseos de la Curia fue el también santo, porque los que hacen grandes favores a la alta jerarquía eclesiástica son fácilmente promovidos a la lista oficial del santoral, (¡si no que se lo digan a Escrivá de Balaguer!), el duro e inflexible Roberto Belarmino.

De todos modos, la contrarreforma del Trento fue, para la estructura y la organización eclesiástica, podemos decir, para la Iglesia“ad intra”, de gran impacto e importancia. Ayudó, sobre todo, a poner orden entre el clero. Especialmente, con la creación de los seminarios, que a partir de ese momento, se denominan “Conciliares”, se consiguió la creación de un clero diocesano decentemente preparado. Hasta ese momento, excepto en diócesis que se habían esforzado con interés en esa tarea de selección, pomoción y educación del clero, el trabajo pastoral y evangelizador estaba más garantizado por las órdenes religiosas. El Concilio proporcionó materiales, directorios, y programas que sirvieron a todos, tanto al clero secular como al religioso.

Pero el proceso, que comenzó muy bien, se estancó pronto. La máquina de la Iglesia, como la de todas las grandes estructuras, se mueve despacio, y después lo acaba haciendo mal. Hasta el Vaticano I no hubo ningún tipo de revisión del sistema. Los que removieron la parálisis eclesial fueron las nuevas devociones, sobre todo del Corazón de Jesús, y la creación de nuevas congregaciones religiosas, a finales del siglo XVIII y durante todo el XIX. Toda esa novedad, que era tanto una riqueza como un desafío, motivó la convocatoria y celebración del concilio Vaticano I, con una tarea urgente y muy específica: responder al desafío de las iglesias reformadas, -luteranos, calvinistas, anglicanos, etc.-, con una nueva visión eclesiológica, para lo que era imprescindible la formulación de nuevas teologías, y una profunda revisión del Derecho Canónico.

En todas estas tareas-desafíos fracasó el concilio de mediados del XIX, por la arriesgada imposición exclusiva de los puntos de vista de los obispos de las naciones del sur de Europa, lo que provocó que los del norte, Alemania, Gran Bretaña, Holanda, norte de Francia, países escandinavos, y los que pudieron acercarse de EE.UU., se retiraran antes de la proclamación del dogma de la infalibilidad pontificia. Suceso gravísimo que ha hecho a investigadores, historiadores y teólogos modernos, dudar del “quórum” del Vaticano I. Pero tanto si fue suficiente como si no, el concilio ya había fracasado en la tarea principal de formular una Eclesiología ecuménica, coherente, y lo más evangélica posible. Asi que este desafío se pospuso, y, como explicó Olegario de Cardedal en una conferencia del congreso internacional de Derecho Canónico de Salamanca del año 1991, quedó como la principal tarea del Vaticano II.

(Como esto se alarga aotra vez, mañana continuaré con las “ideologías” adversas a una eclesiología dela Colegialidad).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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