El Primado y la Colegialidad episcopal.

(O el origen de la “ideología anti-colegialidad”).

Esta entrada, en rigor, es la tercera parte del asunto que voy tratando estos días. Para refrescar la memoria de algún paciente lector que se haya atrevido a seguir el hilo de mi exposición, le recordaré que el propósito de estas líneas es demostrar, o, por lo menos, intentarlo, que no solo había ideologías en la recepción gozosa y alborozada del Vaticano II, sino también en los que, más o menos disimuladamente, se inclinaban, primero muy pudorosamente, y ahora más descaradamente, por su rechazo. Se trata, como apunta el título, por el tema estrella el Concilio, el que debería sellar las dudas y vacilaciones que desde Trento, pasando por el Vaticano I, han llegado hasta nuestros días. Pero no ha sido así. Y este resultado no se debe a la voluntad de los padres conciliares, que abordaron con bastante valentía  y claridad el tema, sino, sobre todo, a las presiones de la Curia, y la dejación de los papas que han gobernadola Iglesia después de Pablo VI. A éste tampoco le dio tiempo, ni los años le permitieron, abordar seriamente la cuestión.

Veamos el nº 22 dela Lumen Gentium:

“Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un solo Colegio apostólico, de igual manera se unen entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles. Ya la más antigua disciplina, según la cual los Obispos esparcidos por todo el orbe comunicaban entre sí y con el Obispo de Roma en el vínculo de la unidad, de la caridad y de la paz, y también los concilios convocados para decidir en común las cosas más importantes,  sometiendo la resolución al parecer de muchos, manifiestan la naturaleza y la forma colegial del orden episcopal, confirmada manifiestamente por los concilios ecuménicos celebrados a lo largo de los siglos. Esto mismo está indicado por la costumbre, introducida de antiguo, de llamar a varios Obispos para tomar parte en la elevación del nuevo elegido al ministerio del sumo sacerdocio. Uno es constituido miembro del Cuerpo episcopal en virtud de la consagración sacramental y por la comunión jerárquica con la Cabeza y con los miembros del Colegio”.

 

Hay multitud de textos, en la misma Contitución LG, que insisten, sin género de dudas, en “la naturaleza y la forma colegial del orden episcopal”. No solo en la forma, que podría entenderse como una manera práctica de resolver las relaciones episcopales, sino en la naturaleza. La colegialidad se ha vivido en la historia de la Iglesia de muchas maneras, destacando cómo en los primeros siglos, en los concilios de Nicea, Éfeso y Constantinopla, en los que se plasmó, se sintentizó, y se redactó el Credo de nuestra fe, el obispo de Roma no estuvo presente. Sí lo estuvieron su, o sus, delegados, como el gran Osio, representando al papa Dámaso. Con esto quiero insinuar que la legítima y siempre aceptada presidencia de Pedro del Colegio Episcopal no requiere, de ninguna manera, la presencia abrumadora del mismo en todas los acontecimientos, eventos y decisiones importantes de la Iglesia, en cualquier lugar y en todos los sitios.

Hay que recodar a muchos papistas, o papólatras, que los hay, que sí es verdad que el Vaticano II, sin género alguno de duda, ratificó e insistió en el ministerio petrino, y que confirmó la Tradición: 

(“Pero para que el mismo Episcopado fuese uno solo e indiviso, puso al frente de los demás Apóstoles al bienaventurado Pedro e instituyó en la persona del mismo el principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de fe y de comunión [37]. Esta doctrina sobre la institución, perpetuidad, poder y razón de ser del sacro primado del Romano Pontífice y de su magisterio infalible, el santo Concilio la propone nuevamente como objeto de fe inconmovible a todos los fieles, y, prosiguiendo dentro de la misma línea, se propone, ante la faz de todos, profesar y declarar la doctrina acerca de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, los cuales, junto con el sucesor de Pedro, Vicario de Cristo [38] y Cabeza visible de toda la Iglesia, rigen la casa del Dios vivo”),

 

Pero también es verdad que hay que saber sacar las conclusiones adecuadas al valor y mantenimiento de esta tradición. Insisto a mis lectores, estas aclaraciones son necesarias porque hay en la Iglesia actual muchos a los que lo de la colegialidad episcopal les chirría. Muy especialmente a los que más les va en ello, pues se trata de que les toquen, o no, su enorme poder: los miembros de la Curia Romana. Ésta es, por motivos obvios, la gran adversaria de la colegialidad, o, por lo menos, de que se ejerza del modo más “colegial” posible, si se me permite la imagen. Resumo: si es verdad, que lo es, lo que enseñó el Vaticano I sobre el primado de Pedro, y el Vaticano II lo corrobora, como no podía ser de otra forma, esto querrá decir que tiene efecto retroactivo. Es decir, que siempre, ya que es uno de los fundamentos de la fe de la Iglesia, ha sido así. No sucede lo mismo con disposiciones puramente administrativas, de la praxis, que solo sirven hacia adelante, para el futuro.

Esto quiere decir algo fundamental: la actual manera de ejercer el primado y la colegialidad no es la única posible. Si el Primado y la Colegialidad son notas esenciales de la Constitución de la Iglesia, ésta no se ha podido equivocar cuando las ha ejercido de modo diferente. Hasta se puede sospechar, pero sin pasar de la sospecha, que ha habido modelos de convivencia entre uno, Primado, y otra, Colegialidad, que, ¡parece!, solo parece, los hacían incompatibles. Es decir, que había uno, u otra. En algunos siglos más bien la “otra”, es decir, la Colegialidad.Pero aquí está la equivocación: nunca se ha podido realizar esa hipótesis, porque ambos, insisto, Primado y Colegialidad, son nostas esenciales de la Constitución jerárquica de la Iglesia. Esto quiere decir que ambos han coexistido con la percepción del Papa como “Primus inter pares” entre los cinco grandes Patriarcas, con la elección y consagración de los obispos sin intervención del obispo de Roma, y con otras muchas prácticas importantísimas en la Iglesia, que hoy no imaginaríamos poder realizar.

Es decir, muchos sí lo imaginamos, justamente porque aceptamos, por igual, la enseñanza de todos los Concilios, y valoramos, repetuosamente, también los puntos que pueden parecer antinómicos, como Primado y Colegialidad, como ejercemos el “obsequium fidei”, que diría Tomás de Aquino, en temas mucho más antinómicos, como la única naturaleza divina en tres personas, o la divinidad y la humanidad de Jesús. En el caso de la constitución de la Iglesia es mucho más fácil, porque, aunque se trata de una fijación teórica y racional, -definición de fe-, su contenido es de orden organizacional y práctico. Y de hecho, insisto, la Iglesia ya lo ha practicado de modos muy diversos, y, por definición, sin ser infiel al legado y al depósito de su fe.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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