¡Graciosísima comparación!
Conozco un veterinario experimentado, director de una gran empresa de productos animales de alimentación, embutidos, patés, y cosas así, que nos decía cómo cuando un animal de una de esas enormes granjas industriales estaba con el “estómago triste”, y no comía bien, se le incrementaba la dieta con un significativo porcentaje de grasa, con lo que su alimentación, generlamente, se normalizaba. Y es que, como afirmaba estar comprobado tanto empìrica como científicamente, la grasa, en su justa medida, es uno de los sabores más exquisitos. Ese es el secreto del jamón de Jabugo o de Guijuelo, con la grasa sabiamente entreverada entre la carne. En mis correrías por tierras gauchas, tanto brasileñas como argentinas, pude comprobar con qué deleite y satisfacción comían sus churrascos con una enorme tira de grasa, que no solo a los europeos, sino a los nacionales no gauchos de los dos países les sorprendía y hasta les producía una especie de pequeña o gran náusea.
Os preguntaréis que a qué viene esto, por lo poco que, aparentemente, tiene que ver con los sesudos temas que suelo tratar en este blog. Pero tiene un sentido y una explicación. Éstos vienen dados por el inicio de la 1ª lectura de la misa de hoy, viernes de la 4ª semana del tiempo ordinario. Que reza así:
“Como la grasa es lo mejor del sacrificio, así David es el mejor de Israel. Jugaba con leones como con cabritos, y con osos como con corderillos; siendo un muchacho, mató a un gigante, removiendo la afrenta del pueblo, cuando su mano hizo girar la honda, y derribó el orgullo de Goliat”. (Ecl. 47,2-3).
Como afirmo en el título, a mí lo que me resulta original y refrescante es que a David, el personaje de su Historia más querido por los hebreos, se le compare con la grasa de los sacrificios. Sobre todo si recordamaos que el profeta Isaías pone en boca de Dios un ex abrupto inequívoco contra la manía de ofrecerle, en sacrificio, esa grasa de animales, “cuyo olor a sebo sube hasta mí y me asquea” (Is 1,11). La verdad es que los judíos nunca se quisieron enterar de que la obediencia y la fidelidad a la Palabra era lo que agradaba a Dios, y no las grasas de ovejas, cabritos, o toros. Y que es justamente esa lealtad a la voluntad de Dios, expresada y vivida por David incluso en medio de su vida pecadora, es lo que hace afirmar al AT, algo que no hace de nadie más, que “David tiene un corazón según Dios”.
Si leemos la lectura de Eclesiástico entera, tal como nos la propone la liturgia de hoy, nos daremos cuenta de que el halago, el ditirambo encomiástico, y la exageración hacia los poderosos y señores, que se acrecientan cuando son admirados, además de temidos, es una constante en las biografías o reseñas de los poderosos de la Historia. Es ya un clásico cómo hacían la pelota los hagiógrafos del AT cuando se referían a David, o incluso tan solo a la tribu de Judá, que era la del gran Rey. Por eso tiene tanto mérito que no ocultaran sus miserias, crímenes, concupiscencia, así como la pésima experiencia de educador paterno, que aparecen con naturalidad en el material biográfico del rey de Judá.
Jesús Mº Urío Ruiz de Vergara


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