¡Maridos!, amad a vuestras mujeres como el Señor ama a su Iglesia.

Soy un admirador de Xavier Picaza en su faceta de teólogo, y sobre todo, de biblista. Pues bien, ojeando su blog, encuentro  un largo artículo sobre el texto de la 2ª lectura de la misa de hoy, domingo XXI del tiempo ordinario, que, en verdad, me ha desconcertado no un poco, sino bastante. Me parece excesivo, y opino que no hace falta tanta erudición, ni tanto análisis para entender lo que Pablo quiso decir. Además, adelanto que la idea del apóstol de los gentiles es, o mejor, me parece, diáfana, lúcida, nueva, totalmente avanzada, y casi atrevida, en su contexto social y cultural. Lo que hace, resumiendo mucho lo que voy a escribir, es aprovechar su “plus” de luz y de conocimiento “revelado” para enfocar de manera nueva, luminosa, brillante y original, la Teología del Matrimonio, elevándolo a un nivel insospechado y, por eso mismo, desconcertante en los primeros momentos.

El texto de la carta a los Efesios es el siguiente: “Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.” Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia”. (Efesios 5, 21 – 32)

En primer lugar, el texto habla de la “sumisión” de todos, unos a otros. No es, en su idea original, un texto de ideología de “género”, por decirlo de alguna manera. Hay que recordar que, cuando se escribe esta carta, la mujer no tenía personalidad jurídica. Lo que fuera o representara social y legalmente le venía de rebote, por ser esposa de, hija de, hermana de, etc. No tenía derecho de testimonio, y si presenciaba un crimen su testimonio era nulo, no valía nada, era cero. En la primera época clásica romana, hasta el siglo segundo a.c, el marido tenía derecho de vida y muerte sobre su mujer. Y en el siglo primero de nuestra era, cuando escribe Pablo, el amor se entendía como una relación entre iguales. Estos eran los varones, que cultivaban el amor y la amistad entre ellos como la prenda más codiciada del equilibrio afectivo.

Hay tantos textos sobre este tema que algún “falso” especialista de nuestra época, -yo leí algo así en un catedrático de Historia de una universidad española-, ha entendido que las relaciones “homosexuales” eran normales y corrientes en el mundo cultural y social greco-romano. Cualquier amateur en Historia sabe que no es así, sino que el homosexualismo se daba, por aquellos tiempos, con los mismos niveles estadísticos que en nuestros días. Es bastante meridiano que Pablo, en su carta, lo que hace es dar un gigantesco paso adelante, y, superando la exclusividad masculina para el amor, se atreve a pedir que “los esposos cristianos amen a sus esposas”, en una expresión que tuvo que sonar, en oídos no cristianos, como algo obsceno y procaz. Pues si se daba ese amor debía ser, siempre, en lo más profundo del tálamo  de la alcoba, jamás para ser jaleado, y, ni siquiera expresado verbalmente.

Así que lo novedoso y sustancial no es que el apóstol de Tarso pidiera que “las esposas fueran sumisas a sus maridos”, ya que eso era una absoluta obviedad, sino que los maridos amaran y respetaran, y sirvieran a sus mujeres como “el Señor ama a su Iglesia”. Y que terminara, como lo hace, proclamando la grandeza de ese Misterio, reconociendo que lo afirma del “amor de Cristo por su Iglesia”. Es decir, nos podrá  gustar en los días que corren más o menos la versión teológico-mistérica del Sacramento del Matrimonio. Tenemos muchos motivos, dentro de la praxis pastoral y sacramental eclesiástica, para poner en duda la belleza y la altura de la realidad sacramental del matrimonio. Para paliar este desasosiego recomiendo apremiantemente la lectura de la obra decisiva de Edward Schillebeeckx Matrimonio, a pesar de haber sido perseguido en sus últimos días, con el cardenal Ratzinger al frente de la Congregación para la doctrina de la Fe, (ex Santo Oficio, ex Inquisición), o justamente por eso mismo.

Nos cuesta demasiado liberarnos de las ataduras y condicionantes históricas. Pero no cometamos la desmesura de tratar a Pablo de Tarso de misógino o machista, cuando fue uno de los primeros escritores de la cultura occidental, que nos conste, que afirmó “ya no hay esclavo ni libre, ni hombre ni mujer”, (Gal 3, 28), y que se atrevió a pedir y proponer, contra toda la tradición clásica, -que lo podía vivir, pero en sordina y calladamente-, el amor del esposo por la esposa. Más que enfadarse y regañar las mujeres de hoy día contra Pablo debían levantarle un monumento por iniciar un programa de verdadera, profunda y esencial liberación de la mujer.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara  

 

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6 Responses to “¡Maridos!, amad a vuestras mujeres como el Señor ama a su Iglesia.”

  1. El texto es fruto de la época pero yo, si tuviera algo que decir a los que organizan la liturgia, lo suprimiría. El común de la gente no hace distingos históricos y para las mujeres no es una lectura positiva. No lo pienso yo sola, un señor que estaba detrás mío le comentó a su mujer: ¡Cómo se pueden seguir leyendo estas cosas!

  2. Anónima (es una pena que lo seas, anónima, digo):
    No estoy de acuerdo ni contigo ni con el señor que estaba “detrás de tí” (no “detrás tuyo”, o “detrás mío”, como escribes), ni con el cura que os presidió la Eucaristía, porque, por lo visto, no se tomó la molestia de explicar bien ese texto.Tampoco estoy de acuerdo con tu argumentación de que el “texto es fruto de la época”. O yo no me expliqué bien en mi artículo, o lo has entendido mal.
    Fruto de la época era la “inexistencia” jurídica de la mujer, y su situación de casi esclavitud. (Si le quitamos el “casi” acertaremos mejor). El texto de Pablo es fruto de la “novedad cristiana”, que proclama la igualdad del hombre y la mujer, y quiere elevar el Matrimonio a una situación de símbolo del Amor de Dios por oa humanidad, y de Cristo popr su Iglesia. Del Amor con mayúscula.
    El problema es que no nos atrevemos a vivir esa altura maravillosa, nos da vértigo. San Pablo comienza por el reconocimiento de la situación de la mujer en sus días, para terminar poniéndola, y también al varón, en otra dimensión.
    Lo que sucede es que nosotros, por lo general, somos muy rastreros, y no nos atrevemos a volar.
    Gracias por tu comentario, anónima.
    Areópago

  3. Se habla de la sumisión de todos. Pero después se especifica: las mujeres que se sometan a sus maridos. A unas se les dice que se sometan; a los otros, que amen. También dice Pablo que el amor es sumiso (entre otros adjetivos); sin embargo, el amor no es lo mismo que la sumisión.
    Además, se compara al varón con Cristo (Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad) y a la mujer con la Iglesia (santa y pecadora), de modo que el uno es cabeza de la otra.
    En la época de Pablo ese texto suponía una gran novedad. Actualmente, si se pretende que en el matrimonio se dé una relación de igualdad, no sé hasta qué punto es adecuada su lectura durante la Eucaristía (en muchos templos ni siquiera es habitual explicar la segunda lectura en la homilía).
    Enhorabuena por el blog. Ayuda mucho a reflexionar.

  4. ¡Gracias, Mario!, tu comentario me ayuda a continuar cada día invitando, y ¡provocando! a mis lectores a una sana reflexión.
    Areópago

  5. El anónimo era yo y mi nombre sale por defecto cuando intento mandar un comentario. No se que habrá pasado para omitirlo. No me parece que Pablo en su momento histórico fuera capaz de captar esa novedad cristiana tan radical. De hecho después de 2000 años de cristianismo, hay mucha gente que sigue sin aceptarla y se apunta a lecturas del texto que son nocivas para las mujeres. Hay que ver lo que ha dado de si “que las mujeres no hablen en las asambleas”. Todavía se esgrimió en el Vaticano III para que las auditoras no pudieran hacer uso de la palabra algo que a los varones auditores se les permitió

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