¡Vosotros sois el cuerpo de Cristo! (O, “sobre el Gobierno de las diócesis”)

En la 1ª lectura de la misa de hoy, martes de la 24ª semana del tiempo ordinario, Pablo hace una magnífica y profunda disquisición sobre la realidad de la Iglesia, y afirma rotundamente, como vemos en este texto:

“Hermanos: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo.     

Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. Y Dios os ha distribuido en la Iglesia: en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas, el don de interpretarlas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos son profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen todos milagros? ¿Tienen todos el don de curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan? Ambicionad los carismas mejores.” (1ª Cor 12, 12-14. 27-31ª)

 

El Concilio Vaticano II toma esta idea de la carta de Pablo y define la Iglesia, no “como sociedad perfecta”, como se decía antes, sino como “Pueblo de Dios”, que tiene una connotación nítida y solamente eclesial. Lo de sociedad perfecta era una manera de presentarse como un Estado terreno, que hacía, por lo visto, mucha gracia a nuestros antecesores eclesiásticos, pero que poco, o nada, tiene que ver con el Reino de Dios. El caso es que san Pablo nos convierte a todos en piedras vivas de este templo maravilloso, que lo es más, mucho más que el del Apocalipsis. Y todos, “judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu”, y formamos un solo cuerpo.

Y nos llama, también, la atención, la jerarquización que Pablo presenta a la hora de presentar los diversos carismas que conforman este cuerpo, en el que todos los miembros tienen, o deberían tener,  la misma importancia en su constitución, si bien con misiones y cometidos diversos. Y no nos deja de sorprender que el carisma “gobierno” aparezca en séptimo (7º) lugar. Hay otra lista que recuerdo en que aparece en cuarto. (4º). Esto me recuerda una anécdota que paso a contar, y que me servirá para explicar cómo entiendo yo esa distribución, por lo menos en dos de los carismas, el de apóstol y el de gobierno.

Estaba con un equipo del Camino Neocatecumenal en la ciudad de Presidente Prudente, en el noroeste del Estado de Sâo Paulo, (Br). Para ubicarnos recuerdo que el estado paulista, teniendo en cuenta que Brasil es un estado federal, y su nombre entero es Estados Unidos de Brasil, (así de literal es la imitación que hacen del poderoso vecino del norte los deslumbrados estados del sur, como Estados Unidos de Argentina, etc.), es un territorio muy grande, de 340.000 kms2º, y la ciudad a que me refiero tendría en aquel entonces, año 1982, unos 350.000 habitantes. Era arzobispado. Pues bien, invitamos al arzobispo a presidir un paso del camino neo catecumenal, exactamente el 1º escrutinio, y el señor arzobispo se disculpó educadamente de concedernos su presencia, porque estaba muy ocupado. “No sabéis, -nos dijo-, lo absorbente que es la administración de una diócesis”.

Ante esta disculpa, este servidor, que era el responsable del equipo, ni corto ni perezoso, le espetó: “El día de juicio no te juzgarán de cómo has administrado tu diócesis, sino de cómo has pastoreado a tu rebaño”. (Lo del tuteo hacia los obispos era muy frecuente y bien aceptado en Brasil, por lo menos por aquellos tiempos). Hoy no hubiera hecho de ningún modo esa observación, pero el Camino neo catecumenal confiere frecuentemente a sus miembros señalados, como los catequistas, una cierta petulancia. Aquel día yo la tuve y la practiqué asaz bizarramente. El obispo no se alteró ni se enfadó, y me pidió que le explicara mi parecer. Me dio una auténtica lección de humildad y sencillez.

Entonces pasé a explicar, como lo hago ahora en este blog, mi opinión. Le dije: la primera posición en todas las listas de las tareas eclesiales es, siempre, la de “apóstol”. Tú ya lo eres, por ser, como obispo, sucesor de los apóstoles. Lo que sucede es que, no por culpa tuya, sino, supongo que a tu pesar, te ves obligado a priorizar otras tareas que son importantes, pero que ocupan un puesto nítidamente posterior, como es el gobierno, que os gusta llamar administración, de la diócesis. Pero esta tarea la podría ejercer, perfectamente, un laico. No hace falta haber recibido el sacramento del Orden para cumplir, adecuadamente, esa tarea. Y lo mismo pienso, seguí impávido, de las ocupaciones burocráticas de los que trabajan tanto en las curias diocesanas, como en la Vaticana.

Él me dio la impresión de que no se extrañaba de lo que le estaba diciendo, incluso que podía pensar algo parecido, pero que la tarea episcopal, tal como él la había recibido y la estaba ejerciendo, no le permitiría demasiado ser libre para cambiar drásticamente el rumbo y estilo de su episcopado. Y esa es la idea que sigo teniendo. Porque lo que no se puede aceptar pacíficamente es que tanto eclesiástico desconozca, o no quiera tener en cuenta, la eclesiología teológica y pastoral que san Pablo nos ilumina en sus cartas.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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