Ni falsa humildad, ni soberbia

Es difícil, por lo visto, quedarse en el medio entre estas dos actitudes vitales, tan corrientes, por otro lado, la (falsa) humildad, y la soberbia. Ni aquella puede, es decir, no debe, constituir una estrategia para ser mejor aceptado por los demás, sobre todo por el grupo referencial de pertenencia, ni ésta debe erigirse como un arma defensiva, en el sentido de que el que primero da lleva ventaja. Porque muchas veces ciertas actitudes orgullosas y hasta despectivas no son otra cosa que un disfraz de complejo de inferioridad, o de miedo, o de sentimientos profundos de postergación y desprecio. Santa Teresa, esa mujer tan valiente como sincera, definió bien la humildad como “la verdad”, ni mucho para arriba, ni demasiado para abajo; es decir, en el medio, “in medio virtus”.

Se me ocurre esta reflexión por la primera lectura de la misa de hoy, jueves de la 24ª semana del tiempo ordinario. En ella san Pablo hace a sus discípulos de Corinto un resumen de la “traditio” que ha llegado hasta él (“os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando”,  1ª Cor 15, 1-2). Les anuncia a Cristo resucitado, como fue apareciéndose a los apóstoles y primeros cristianos (“que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles”, 15, 3-7). Y por fin, les cuenta, primero como con vergüenza,“y en último término, como a un aborto, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios”, (15, 8-9). Y  después con legítimo orgullo, “pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo” (15,10).

Hacía yo ver a mi gente en la misa la grandeza y madurez de Pablo al contar así las cosas. Primero se remonta a los hechos verdaderos, y un tanto vergonzosos, de su relación persecutoria contra la “Iglesia de Dios”, de los que deduce, y no por falsa o devota humildad, sino por pura lógica, que no merece ser llamado apóstol. Pero después, también agarrado a la verdad, reconoce que ha superado en celo a todos los demás apóstoles, algo igualmente verídico y notorio, de lo que se siente legítimamente orgulloso. “Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo”. Este reconocimiento de que lo bueno de nosotros es producto del amor gratuito de Dios es uno de los pilares de la espiritualidad cristiana.

Pablo pasó de perseguidor a apasionado de Cristo y de su Iglesia. No conoció a Jesús, el hijo de María, sino que fue atrapado por el Cristo resucitado, “señor y Kyrios”, para siempre, de su vida. Y lo que cuenta a los corintios le sale desde lo más hondo de su adhesión y seguimiento radical y decidido de Aquel que se ha convertido en la Vida de su vida, en quien encuentra la superación de las viejas heridas de su fanatismo farisaico, y con el que se siente victorioso, “¡gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!” (15,57). De alguna manera el apóstol de las Gentes sintió en su piel la maravillosa enseñanza del Maestro, que aparece en el evangelio de Hoy, (sobre lo que escribiré mañana), de que “al que poco se le perdona poco ama” (Lc 7,47). Es decir, mucho se debió sentir perdonado Pablo ya que quedó, para siempre, tan enamorado y apasionado.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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