El que no peca, poco ama (¡¿?!)

Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor, pero al que poco se le perdona, poco ama”. (Parte del Evangelio de ayer, jueves de la 24ª semana del tiempo ordinario).(Lc 7, 44-47)

Es maravillosa la escena que trae el evangelio de Lucas, en la que una mujer despampanante, prostituta de lujo, irrumpe en el banquete que el fariseo Simón está dando en honor de Jesús. Pero para entenderla es preciso ponernos en situación. Lo haré con orden casi escolástico.

  1. Simón, fariseo importante, invita al Maestro de Nazaret porque éste se estaba haciendo muy famoso, y, en todas las épocas, a la “gente bien” le ha gustado dar banquetes en casa presentado algún famoso, para demostrar su importancia e influencia social.
  2. Pero el taimado fariseo quiere también demostrar a sus pares que no es seguidor del nuevo profeta, y ni siquiera le gusta su doctrina y su actitud. Por eso se comporta casi groseramente con él, no cumpliendo el protocolo  de la hospitalidad, sobre todo con el invitado estrella de un banquete: el beso del saludo, el lavatorio de los pies para eliminar el polvo del camino y refrescar los pies, la unción con perfume en la cabeza, para que se sienta a gusto y bien oliente.
  3. En eso irrumpe una prostituta, que se echa a los pies de Jesús, se pone a besarle los pies, a secárselos con sus cabellos, y le unge la cabeza con perfume, exactamente lo que el legalista fariseo no había hecho. Es decir, el teóricamente cumplidor de la ley la había infringido, y la “pecadora” la estaba cumpliendo.
  4. Como no es de extrañar, el hipócrita fariseo juzga a Jesús en su interior: o es un memo, -es decir, ¡de profeta, nada!-, que no sabe distinguir a una prostituta, a pesar de los colores chillones de su vestido, o es un cínico, a quien no le importa que una mujer impura lo manosee, y así caer él también en impureza legal. El Maestro se da cuenta y le da, con una pequeña parábola, una lección de lógica: el deudor de quinientos denarios estará más agradecido al acreedor que se los perdona que el que solo debe cincuenta, perdonado también.

 

Y aquí viene la gran lección: esa mujer criticada y denigrada es más fiel a la ley que el severo moralista, juzgador y condenador de los demás. Claro que es evidente que esa mujer está convencida de que su vida es desgarrada, y de que está llena de transgresión y de pecado. Pero predomina en su corazón la profunda seguridad de que aquel Maestro dulce y tranquilo, -con ella-, pero afilado e irónico como una espada con el poderoso y rico fariseo, la comprende, la acepta, la disculpa y la perdona con delicadeza y amor. Y por eso, su respuesta es de amor, de agradecimiento, de entrega casi apasionada al arrepentimiento y a la conversión a la auténtica “metanoya” que ha cambiado su vida.

Y luego está una de las enseñanzas más atrevidas, “peligrosas y escandalosas” del dulce, según para quien, y durísimo, según para quienes otros, Rabbí de Nazaret: de la impresión de que para amar de verdad uno tiene, primero, que haber pecado, para sentir las mieles del perdón. Con esta doctrina Jesús descalifica para siempre la manía que muchos tienen en la Iglesia de confundir santidad con moral, revelación con ética. Pecado es lo que nos aparta de la voluntad y la santidad de Dios, lo que en nuestro comportamiento se desvía, sobre todo de manera consciente, de su Palabra. Y no lo que detecta nuestra conciencia, aquellos contenidos que doctores muy sesudos pero equivocados, por desviarse de la fe, y confiar más en la ley natural, otorgan al imperio descarnado e implacable de ésta.

Santos como Pablo, Agustín, o Teresa de Jesús, que se autoproclamaban pecadores, no lo hacían por falsa modestia o humildad, porque no eran nada bobos, sino porque sentían en sus carnes y en su corazón el calor ardiente y lñleno de vida del perdón, y, a través de éste, conocían el rostro misericordioso del Padre. Como la pecadora vio en la límpida mirada del Maestro toda la ternura que podía caber en el mundo.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

One Response to “El que no peca, poco ama (¡¿?!)”

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