El dichoso dinero en la Iglesia: a Dios lo que es de Dios, pero con ayuda del Cesar

Hace tiempo que vengo diciendo que si las misas, por los estipendios y otros motivos, no dieran dinero, se habrían reducido a una expresión mínima, o tal vez solo quedara las de los domingos, para que las asambleas de fieles pudieran celebrar la Eucaristía. Y aun éstas sufrirían una gran reducción. También afirmo, porque es mi firme opinión, contrastada con hechos y observaciones, que los santuarios que ayudan a celebrar la “fe popular de la gente”, que suele coincidir con la “religiosidad natural”, hace muchas décadas, o siglos, habrían cerrado sus puertas si no fueran un suculento instrumento de recaudación y financiación. Ahora salen los obispos alemanes denegando la comunión a los que previamente hayan “apostatado”. (Es decir, no quieran pagar el impuesto religioso).

¿Qué es apostatar? Dice el CIC (Codex iuris canonici, Código de Derecho Canónico) en su canon 751: apostasía es el rechazo total de la fe cristiana. Hay que destacar tres términos: rechazo (Según el diccionario de la RAE): No aceptación, no admisión o resistencia a algo; total, se opone a parcial; fe cristiana, no de la fe católica, no de la estructura u organización de una Iglesia, no de alguna o ciertas exigencias de una Iglesia determinada.

Muchos en Alemania solicitan ser eliminados del registro de la Iglesia Católica para no pagar el tributo que el estado alemán cobra por ese concepto que luego traspasa a la Iglesia. Teniendo en cuenta la definición de apostasía del propio código canónico me parece una interpretación abusiva que pueda ser considerado un católico “apóstata” por el hecho de no querer pagar ese impuesto, y buscar la picaresca de borrarse externamente de la lista de una organización que, siendo una visibilización de la Iglesia de Jesucristo, no es “la Iglesia de Jesucristo”. Y, sobre todo, no hay como sustentar canónicamente, y menos teológicamente, que ese comportamiento signifique un rechazo total de la fe cristiana.

El Tribunal Federal Administrativo de Leipzig declaró que el Estado está obligado a recaudar impuestos eclesiásticos de los ciudadanos cuando éstos se declaran fieles de la Iglesia. No sabemos las tradiciones del Estado alemán, pero sabemos, y tenemos el derecho de pronunciarnos, sobre el Derecho canónico, y, mucho más, sobre los valores evangélicos. El Señor dejo bien claro, hablando justamente de impuestos, que había que “dar a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar”. Sabemos las muchísimas veces que se han mezclado las cosas, pero el Concilio Vaticano II volvió a zanjar la cuestión determinando la estricta separación de Iglesia y Estado. Nunca me ha parecido bien que éste recaude para aquella, aunque sea de manera voluntaria, como sucede en la aportación que los fieles señalan en el IRPF en nuestro país, pero me parece abusivo por parte de la Iglesia-organización que esa ayuda económica sea obligatoria y con transcendencia penal en caso de incumplimiento.

Soy ferviente partidario de la colaboración generosa y solidaria de los fieles con las necesidades materiales de la comunidad eclesial. Los obispos brasileños, en una iglesia que no recibe ni un duro ni del Estado ni por medio del mismo, sino que vive magníficamente con las aportaciones voluntarias de los fieles, quiso, por los años setenta, introducir la costumbre del diezmo, que allí la convirtieron en el “centésimo”. En algunas diócesis la costumbre arraigó, en otras no. Ahora no sé muy bien cómo está el asunto.

 Y lo que me ha llamado la atención es lo sensacional de la noticia en RD (Religión digital): Los obispos alemanes confirman el decreto que impedirá comulgar a los que no paguen el impuesto. Y a lo largo del artículo de la propia redacción de la revista se informa de cómo  los prelados teutones “han mostrado su satisfacción por el dictamen de un tribunal del país que confirma el decreto según el cual los fieles que hagan apostasía y dejen de pagar el impuesto eclesiástico en este país no pueden participar en los sacramentos de la Iglesia”. El tribunal es el que he citado más arriba, y mi consternación proviene de la, para mí, obscena y escandalosa, intromisión de tribunales civiles en los más sacro y esencial de la vida cristiana: la práctica sacramental.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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