El ángel de la guarda

Hoy celebramos, juntos, a los ángeles más importantes. Tanto que son archiángeles, es decir, arcángeles, como decimos. Ángel significa “mensajero”, o el que es enviado. Procede, en hebreo, de la “raíz anq” y delo sufijo “el”, que seguido de “ohim”, “elohim”, significa Dios. Así que podemos afirmar que ángel significa “algo de Dios”. Y se puede hacer en el modo verbal, o en forma de sustantivo. Así, Gabriel, en modo verbal, “Dios anuncia”, o sustantivado, “anuncio de Dios”. Miguel (Micael), “Dios es fuerte”, o “la fuerza de Dios”. Rafael, “Dios cura”, o “medicina de Dios”.

Sabemos que la idea hebrea de lenguaje, y concretamente de los nombres, es que dominar el nombre es manipular, de alguna manera, la propia realidad expresada por el nombre. Éstos no son pura convección, expresan, y de alguna manera, conjuran, la realidad de las cosas. Por eso entre los judíos está prohibido pronunciar el Nombre de Dios, aunque sea para alabarlo. Y así emplean eufemismos, como decir Adonay, o El Santo,  en vez de Yavé o El-hojim.

Por todo ello tenemos, es decir, no voy a hablar en plural mayestático, tengo, la sospecha de que cuando se habla de los ángeles se está realmente hablando de Dios, sin hacerlo directamente, porque sería una tremenda falta de respeto, ya que el propio Sumo Sacerdote solo invoca, y con toda solemnidad, una vez al año el Nombre Santo de Dios.

¿Que a dónde quiero llegar? Pues a esta sencilla conclusión: la idea y la propia expresión “ángel” están rodeadas de un estilo literario fantástico, simbólico, se trata de un “midrás” tierno, precioso, y muy asumido por el imaginario legendario de Israel, como sucede, por cierto, en las religiones y culturas vecinas. No es propio ni original de los israelitas el discurso sobre los ángeles.

Sí que lo es el hecho del giro radical y profundamente significativo del alcalce del propio concepto y misión de los “ángeles”. Se trata de una tarea que realiza eo propio Dios, pero que siguiendo la proverbial delicadeza de los judíos con su Dios dejan a Éste en una penimbra llena de misterio y de fecundidad, detrás de un tupido velo, constituído esta vez por palabras que llaman al prodigio. El prodigio, y la maravilla, y la tranquilidad, y la seguridad y la confianza que tenemos es que “mi Ángel de la guarda, y el tuyo, y el de más allá, es el propio Dios”. ¡Alleluya!, ¡qué grande es nuestro Dios!

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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