No nos fiamos de la Palabra de Jesús (I)

Los de a pie creemos poco. La jerarquía, menos; y cuanto más alta, mucho menos.  El versículo final de las Bienaventuranzas del evangelio de Mateo dice, textualmente: “Dichosos seréis, cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias, por mi causa. Alegraos y regocijaos porque será grande vuestra recompensa en los cielos, pues así persiguieron a los profetas anteriores a vosotros” (Mt 5, 11-12). Jesús, y Pedro y Pablo, y Santiago, y Juan, y  los primeros papas, mártires todos ellos, fueron perseguidos sin género de dudas. No con persecuciones de tres al cuarto, de dimes y diretes, sino con las de verdad, las que los hacían acabar en la cruz, en el anfiteatro, con la espada o en la hoguera. Eso los hacía dichosos, como aseguraba la Bienaventuranza, y les daba certeza de seguir los pasos del Maestro.

Todo eso sucedió cuando los cristianos se dedicaron, con todos los defectos y pecados que sabemos, al seguimiento de Jesús según el Evangelio, poniendo la otra mejilla, no juzgando, no condenando, repartiendo la riqueza, dando la capa al que les quitaba el manto, amando al enemigo, no oponiéndose al hombre malo. Es decir, implorando, y confiando siempre, en la justicia de Dios. Y proclamando ante jueces y tribunos que el Señor de sus vidas no era el Cesar, sino Jesús: “Jesus Kyrios” (no “Cesar Kyrios”). Y la cosa duró hasta el Edicto de Milán, por el que se anulaba la persecución a los cristianos. A partir de éste, y sobre todo, del de Teodosio, proclamando el cristianismo Religión oficial del Imperio, la situación mudó de manera drástica.

No fue buena para la Iglesia la alianza con el Imperio. Éste no resistió la tentación de inmiscuirse en las cosas de la comunidad cristiana, pues percibió en ello una fuente de relevancia y de influencia social, y, por lo tanto, política. Y la Iglesia no fue capaz de aguantar firmemente sin caer en una de las tentaciones más fuertes, insidiosas y atrayentes, la del Poder. Todo lo que en el inicio había sido persecución, desprecio, martirio, destrucción, (si bien ésta fue solo aparente, ya que se cumplió al pie de la letra el dicho de “sangre de mártires simiente de cristianos”), se convirtió en halago, aprecio, unión de proyectos y de iniciativas.

Pero ya había alertado, y pedido, el Señor en el evangelio, concretamente en el de este domingo pasado: “entre vosotros no sea así” (Mc 10, 43). Después, la deriva del poder político llevó al feudalismo, a convertir a los obispos, sucesores de los apóstoles, en señores civiles, sirvientes de nadie, sino servidos por todos los vasallos. A esta aberración antievangélica se fue llegando poco a poco, pero en un tiempo relativamente corto. Y si fue malo, hablando desde la perspectiva cristiana de la fe, para las diócesis y los obispos, para la sede romana fue un escándalo. Era tan grande la influencia y el poder que emanaba de la antigua, y humildísima, sede de Pedro, que se convirtió en objeto de deseo de las familias de más alto copete, primero de Roma, después del Lacio, más tarde de Italia, después de toda la Cristiandad. (Que se lo digan a la familia Borja, elevada después al italianizado Borgia).

Toda esta reflexión viene a cuento del Evangelio de hoy, (jueves de la 29ª semana del tiempo ordinario), un tanto sorprendente para muchos fieles, pues habla de que Jesús no ha venido a traer la Paz, sino la división, y justo en el ámbito más apreciado y valorado: en la concordia, o discordia, familiar. Pero como este asunto habrá que explicarlo bien, y me voy a alargar demasiado, dejo para mañana el texto del Evangelio y mi comentario.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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