El valor de las palabras (II)

 

El obispo de Ávila, Jesús García Burillo

Vamos al grano. El obispo de Ávila, García Burillo, se ha sumado a las declaraciones de días anteriores de los obispos Munilla, de San Sebastián, de Reig Pla, de Alcalá de Henares, y de Martínez Camino, auxiliar de Madrid, y de la Permanente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), para manifestar su total desacuerdo  con la sentencia del Tribunal Constitucional (TC). Ha dicho, textualmente, que el Estado “se otorga un papel totalitario”, así como que la sentencia del TC supone “un golpe letal” al matrimonio.

A mí me llama la atención que la reclamación de los obispos se siga al rechazo de la demanda presentada por un partido político concreto contra una ley aprobada por la mayoría del Parlamento. Este partido cuya pretensión ha sido denegada es el PP. ¿Les suena esta música? O, más claro, ¿es coincidencia la semejanza de miras de la CEE y del PP? A estas alturas de las concordancias ya nadie puede pensar ni creer en puras coincidencias. Eso por un lado. Por otro, el Estado, en el sentido abordado por el obispo de Ávila, siempre es “totalitario”, porque se rige por mayorías democráticas, y legisla para todos. No puede decir, “esta ley vale para todos menos para los católicos”.

Otra cosa es la obligatoriedad de la práctica de la ley, cuando ésta no se presenta como una prohibición, o un mandato obligatorio, sino como un derecho. El que quiera, que lo use. El que no, que no lo haga. Lo que quiere decir, en román paladino, que el que desee casarse por boda homosexual, que lo haga. Y el que sólo admite la heterosexual, que se quede tranquilo. Pero, y esto es muy importante, el funcionario público tendrá que respetar ese derecho que otorga la ley, y garantizarlo. Y en este caso no puede alegar objeción de conciencia, porque es evidente que no es un acto inmoral, se mire desde donde se mire, que alguien sea testigo oficial de la sociedad en la realización de un acto con consecuencias jurídicas.

Y aquí llegamos a lo del valor de las palabras. Los obispos, y yo se lo he oído personalmente a uno de los más importantes de nuestro país, “no tienen nada contra los homosexuales”, y están de acuerdo en que sus uniones dispongan de las mismas obligaciones y derechos de los matrimonios heterosexuales. Pero una figura jurídica que garantiza exactamente los mismos derecho y obligaciones no puede desdoblarse en dos, porque ya no serían iguales. Así que, ni siquiera por el nombre, se pueden desdoblar. El legislador, al abrir la puerta de entrada a una institución ya existente a otros posibles sujetos de derecho, no puede decir que la abre, pero que no lo hace. Así que las palabras, en nuestra cultura, como afirmaba en la primera parte de este articulo Cassirer, no tiene la fuerza de conjuro y de creación de realidad, sino que “los nombres de las cosas no encierran ninguna pretensión de designar su naturaleza o esencia propia, sino que se limitan a manifestar cuál es el aspecto particular de esa realidad que estamos subrayando en cada momento”. Y esto es verdad, sobre todo, en los términos jurídicos. Y no olvidemos que el matrimonio es una institución jurídica. Y lo es, exactamente, en los parámetros que la ley establece.

No tiene razón García Burillo al afirmar que la sentencia del TC significa “un golpe letal” al matrimonio, por la simple razón de que, mientras exista el Estado, es decir, una sociedad organizada jurídicamente, regulará el matrimonio según sus necesidades y conforme a la prudencia del gobernar. El matrimonio, como todas las instituciones jurídicas, no es nada antes de su regulación por la ley. Ni es de derecho divino, ni de derecho natural. De derecho divino sería su elevación a la realidad sacramental. Pero la ley que habilita el matrimonio así llamado “homosexual” sólo obliga a la Iglesia a considerarlo como tal, matrimonio, pero no a contemplarlo como sacramento. Evidentemente. Y el lado sobrenatural y creyente del Matrimonio no dependerá nunca, lógicamente, del Estado. (Si bien hasta en este tema tan sacro y delicado tuvieron, en la Historia, sus flirteos, como en tantos otros temas, por desgracia, la Iglesia y el Estado.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara    

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