El derecho de defensa de Israel, y la obligación de aguantar de los palestinos.

Hace unos días escuché a  Obama decir que Israel tiene derecho a defenderse. ¡Pobrecitos, los judíos, que tienen que defenderse de los despiadados ataques de sus propios conciudadanos! Porque muchos parecen ignorar, u olvidar, que los palestinos son ciudadanos de Israel, mientras el sentido común no lo remedie. Porque que lo haga la ONU acaba siendo una ilusión, más que un deseo. ¿Cuántas resoluciones de la organización internacional ha dejado de cumplir el estado de las pobres víctimas de los ataques palestinos? Sr. Obama, ¿tanto paga Israel en dólares, o en dividendos políticos, que ha alcanzado patente de corso para hacer y deshacer a su real antojo?

No admito que nadie me tache de antijudío, porque ni lo soy, ni me parece lógico que por evitar un ya demasiado arraigado riesgo de clasificación apriorística no se pueda denunciar lo inaceptable y lo abusivo. Los palestinos no son unos angelitos, pero estaban en su tierra cuando el año 1948 la ONU se sacó de la manga el estado de Israel. Yo no soy contrario a esa tentativa de resolver un problema de siglos, y que pocos años antes se había convertido en una tragedia y en una sangría intolerable. Pero es de justicia convenir que los palestinos no tenían culpa, la culpa era toda de los alemanes, no solo los nazis, sino de los demás que callaron por miedo vergonzoso, y de los países que miraron para otro lado, cuando no colaboraron activamente en la matanza. Y también es de rigor concluir que los judíos, una vez asentados en su antig0 territorio, no solo repelieron desmesuradamente los ataques de sus vecinos, sino que aprovecharon los mismos para expandirse y ocupar territorios que la ONU no les había concedido. La ocupación que iniciaron nada más izar su bandera no paró ya nunca más, hasta alcanzar el grado máximo el año 1967, cuyos límites y coordenadas duran hasta hoy. Y continuan, descaradamente, con los asentamientos ilegales.

El bloqueo de la franja de Gaza es uno de esos acontecimientos político-militares que debería dar vergüenza a todos los países civilizados. Así como pretender que sus habitantes cumplan un mandato evangélico de poner la otra mejilla que ni les obliga, ni es mínimamente respetado por aquellos que, como nosotros, decimos ser seguidores del Maestro de Nazaret. Es como suponer que los iraníes se van a conformar en esperar como corderitos que Israel, que evidentemente tiene la fuerza nuclear, y nadie se lo reprocha, algún día se decida a terminar con tan molesto y cercano vecino. No acabo de entender que por haber sido víctimas de la furia, locura y vesania nazi los judíos actuales tengan  bula para cualquier desmán que se les ocurra, o les parezca necesario para su defensa y seguridad. Porque los pueblos de segunda y tercera división, a lo que parece, no tienen derecho, ni pueden tener la ocurrencia, de proveer por esa misma seguridad que tanto solivianta a países como los Estados Unidos de Norte América  o Israel.

No sé si es excesiva mi ingenuidad, pero me gustaría que el Papa, con toda la categoría moral de que goza en el panorama internacional, levantara su voz con fuerza y vehemencia, como el gran profeta que debería ser contra la injusticia, la opresión, la violencia y el abuso del poder. No tiene por qué estar preso de protocolos, ni del miedo a caer en lo que se ha dado en llamar lo políticamente incorrecto. Jesús lo fue muchas veces, y no se arredró ante la urgencia y la llamada de su conciencia a denunciar a los poderosos de su pueblo, a las máximas autoridades religiosas y políticas. ¡Como me gustaría ver y escuchar a Benedicto gritar, desde su ventana, a la Plaza de San Pedro, y al mundo, un grito de solidaridad con el pueblo palestino, y de condena de la obscena exhibición de fuerza del estado de Israel!  

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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