Que me guste o no el libro, no tiene ninguna importancia: ¡Que lo pueda decir es mucho más importante!

Perdonad que insista, por si alguno de los lectores no se ha dado cuenta del todo. Un libro de teología, o de exégesis, tiene el valor que pueda tener no por el autor que lo escribe, sino por los argumentos, el desarrollo lógico, la coherencia conceptual, etc. Tampoco importa, quiero decir, no debería importar, la condición del autor fuera de lo estrictamente desarrollado. Afinando más, si un autor llamado Joseph Ratzinger escribe un libro sobreLa Infancia de Jesús”, y además es papa, esta condición no debería alterar, de por sí, el valor de lo escrito. A no ser que se trate de un documento papal, y aun así solo sería infalible si su promulgación y difusión así lo dejara claro, por encima de la más mínima duda. Evidentemente, no es el caso.

He leído el capítulo dedicado a los Magos, como escribí el otro día, y no me agradó nada la exégesis del texto de Mateo. Por si alguien no lo recuerda, es el único evangelista que narra en su Evangelio el episodio de los Magos. Con el estilo de exégesis de los años sesenta, en nuestro seminario San José de El Escorial, ese relato nos lo presentó nuestro profesor como de puro carácter midrásico, o equiparable, y no se puede leer, en ninguna hipótesis, al pie de la letra. Así como la retirada de la familia de Nazaret a Egipto, y todos los relatos extraordinarios del Evangelio de la Infancia, como bautizara el gran D. Salvador Muñoz Iglesias a los dos primeros capítulos de Lucas. Y nadie nos censuró, ni menos nos excomulgó, por estudiarlo de esa manera, y por enseñarlo, después, a nuestros fieles.

Por ejemplo, el relato de la Anunciación a María es calcado no sólo  del de Zacarías, sino de otros relatos del género anunciación del Antiguo Testamento, (AT), con el ángel Gabriel de comunicador, y el mismo esquema y guión para los  pasos e intervenciones orales de los protagonistas. Cuando la exégesis descubre el sentido profundo y real de los textos, buscando el sitz im leben de los mismos, no es que los autores que realizan ese estudio investigador no crean en el poder de Dios para alterar las leyes de la Naturaleza, es decir, para realizar un milagro. Sino que se preguntan si Él quiso hacerlo, si de hecho lo realizó, y, todavía más, si es necesario ese cúmulo de eventos fantásticos para embarcarse en la aventura de la fe-confianza en el Dios que se revela y dirige la Historia de la Salvación. Todo indica que María, “la primera creyente”, en magnífica expresión de K. Rahner s.j., no lo necesitó, como nosotros creemos sin “haber visto”, por lo que somos dichosos, como dijo el Señor. Y María, y el hombre Jesús, ¿iban a ser menos creyentes que nosotros? ¿O merecerían el reproche del Maestro a Tomás, “porque has visto has creído”?

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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