Del pueblo catalán al Estado catalán

Hay mucho cuento y engaño con eso del derecho a decidir. Depende de qué cosas, de cuando y de cómo. Yo puedo decidir ir al norte o al sur, mientras no esté prohibido ni una ni otra cosa. O puedo decidir vivir en Madrid o en Barcelona. O muchas cosas que no impliquen quebranto o ruptura de los derechos de los demás. ¿Puedo decidir vivir en el chalet equis de la Moraleja? Sí, si lo compro y después me traslado. Si no lo compro, no. Las decisiones de carácter psicológico, moral, existencial, religioso, etc, las puedo tomar, normalmente, sin problema. Otra cosa es que sean, o no, adecuadas. Es decir, las decisiones individuales que no alteren el status quo previo, o los derechos de los demás, no suelen causar problemas, y, generalmente, son realizables.

Las decisiones colectivas son otra cosa. Hay que ponerse de acuerdo, y solo después de un proceso abierto y transparente pueden ser válidas, y posibles de llevar a cabo. Pero, igual que en las decisiones individuales, hay que tener en cuenta, sobre todo, no quebrantar los derechos adquiridos por otros sujetos de Derecho, personas físicas o jurídicas. Y las decisiones de gran calado, como la que plantea ahora el Gobierno catalán, para proclamar el Estado catalán, tiene tantas esquinas y posibles aristas, que solo tras unas maniobras exactas, trasparentes y leales, podrían atacarse y tener alguna posibilidad de éxito. He escrito conscientemente, “algunas” posibilidades, pero pienso que éstas son pequeñas.

Hoy he leído al abad de Montserrat afirmar que él está de acuerdo con el programa de la Generalitat, que irá a votar, y que lo hará a favor de la independencia. Dice más, y no sé cómo está tan bien informado: que el Vaticano aceptaría y reconocería el futuro Estado catalán. Dudo mucho de la veracidad de este último dato. O el abad Soler desconoce los altos intereses diplomáticos y pastorales del Vaticano, o éste estaría sospechosamente inclinado a hacerse el haraquiri en sus relaciones con uno de las naciones que más derecho y libertades eclesiales le permite, previo tratado. Porque nadie dudaría que, ante tamaña puñalada trapera, el Estado español, por fin, denunciaría los convenios con el Estado del Vaticano.

Pero hay algo que me tiene muy sorprendido y confuso, y que hace referencia a los argumentos de nuestros políticos, me refiero a los del Gobierno español. Si fuera yo el encargado de responder a los dirigentes catalanes, les animaría a encontrar el sentido y la esencia del “pueblo catalán”, en la mejor línea del derecho internacional romántico del siglo XIX, eso tan moderno y progresista, que hizo famoso, sobre todo, el jurista alemán Friedrich Karl von Savigny, (21 de febrero de 1779, Fráncfort del Meno/ 25 de octubre de 1861, Berlín), cuando no existía la democracia; y, sobre todo para el alemán, se buscaba la esencia de los pueblos en el limbo de los tiempos. Pero hoy resulta bastante “nazi” hablar del “pueblo alemán”, o del “pueblo catalán”, porque lo que en realidad existen son las ciudadanías varias de cada país.

Y como digo, les animaría a descubrir la idiosincrasia histórica, que suele querer decir cultural y algo floklórica, de cada pueblo. Esas decisiones no parecen poder incomodar a nadie. El problema es cuando, en esas bonitas palabras y sentimientos e ideas, se esconden las ganas de apoderarse de una propiedad que no les pertenece, como es el territorio, la tierra, la geografía, los montes, los ríos, las ciudades y sus calles y casas. No creo que Mas y compañía pretendan que los palacetes, y magníficas casas, y fincas, que tanto embellecen Cataluña, cambien de dueño por una “decisión” soberana del pueblo. La pela es la pela, y la propiedad es la “sagrada propiedad”. ¿Solo la privada?, pregunto, ¿o también la pública? Si preguntásemos en el registro internacional de propiedades territoriales de los pueblos a quien pertenece el pedazo de tierra que va desde el Mediterráneo, por la línea sur de los Pirineos, hasta las tierras aragonesas, siguiendo después la línea del Ebro hasta llegar otra vez al Mare Nostrum, ¿qué nos respondería el Derecho internacional? Que esa tierra pertenece a una persona jurídica que se llama España, y, por lo tanto, a las personas físicas que son sus ciudadanos.

Los dirigentes catalanes, y el abad de Montserrat, y el señor Junquera, y tantos otros, no pretenderán, insisto, en querer hurtar, así, de listillos, la tierra que no les pertenece a ellos como catalanes, sino como españoles. Que sean un pueblo, sí, que quiera ser soberano, también. Pero que recurran a la ONU para ver si consiguen una tierra que no sea de nadie, algo muy poco probable, para continuar en ella con su sobrasada, sus sardanas, el Barça, Montserrat, el Palau, y todo lo demás. Complicado, ¡no? (Y no pueden imaginar cuánto).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

4 Responses to “Del pueblo catalán al Estado catalán”

  1. Hace ya unos cuantos años, Eduardo Galeano escribió un relato extraordinario que una década más tarde fue traducido al euskara por Gari Berasaluze. Hablaba, desde la candidez de una niña, de complicidades, presos políticos, ojos enormes y pájaros clandestinos. Hablaba de lo que una niña ve con sus ojos de niña y un adulto apenas repara.

    Resultó que Didasko Pérez, maestro de escuela en Uruguay, había sido torturado y luego encarcelado por tener «ideas ideológicas». Recordarán que a nuestros presos vascos no les permiten firmar como «presos políticos», ni pintar estrellas rojas, ni siquiera recibir por navidades una palabra distinta a «zorionak».

    En Uruguay, Didasko recibió un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le llevó un dibujo de pájaros y los censores se lo rompieron a la entrada de la cárcel, aduciendo subversión. Al domingo siguiente, Milay le derivó a su padre un dibujo de árboles. Los árboles no estaban prohibidos, y el dibujo pasó.

    El padre preso elogió el dibujo a la niña y le preguntó por los circulitos de colores que aparecían en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas: ¿Son naranjas? ¿Qué frutas son? La niña le hizo callar: Ssshhhh. Y en secreto le explicó: «Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas».

    Casualidades de la vida cerré aquel cuento y a los días pude leer una descripción que encontró en cierta ocasión Julio Cortazar en un diario londinense. Un tal mister Washbourn firmaba una carta en estos términos: «¿Ha señalado alguno de sus lectores la escasez de mariposas este año? En esta región habitualmente prolífica casi no las he visto, a excepción de algunos enjambres de papilios. Desde marzo sólo he observado hasta ahora un Cigeno, ninguna Etérea, muy pocas Teclas, una Quelonia, ningún Ojo de Pavorreal, ninguna Catocala, y ni siquiera un Almirante Rojo en mi jardín, que el verano pasado estaba lleno de mariposas».

    Tuve la impresión, y la he mantenido durante años, más de los que habría deseado, que pájaros y mariposas, los símbolos más universales de la libertad, estaban encerrados tras las rejas, prohibidos por su, como es sabido, carácter revoltoso. Mikel Laboa cantaba aquello del pájaro que dejaba de serlo porque le cortaban las alas. Quizás por eso mister Washbourn notaba su escasez. Demasiadas tijeras.

    Incrementando mi inquietud, hace unos días leí en GARA, y no en otros periódicos, una noticia sorprendente. En Iruñea habían avistado una especie que los profanos identificaríamos como gorrión de frente roja, que habitualmente suele criar en Islandia, por lo visto. Un «pardillo sizerín», en realidad. Y un poco más al norte de nuestro país, en Bertiz, fue visto un «ampelis europeo», que tiene su hábitat natural en las zonas septentrionales de Suecia, Rusia y Finlandia y también con una franja roja en su frente.

    Las noticias de pájaros, aves desconocidas con aderezos rojos y la escasez de mariposas, esa palabra que deslumbró a Bonaparte por la cantidad de apodos que atesoraba en euskara y cuyo nombre, «pinpilinpauxa», fue elegido como el más hermoso del universo euskaldun, se me amontonaban en la mesa. Señales de aguacero.

    En 1942, en la Francia ocupada por los nazis, los aviones aliados echaban ramos infinitos con una única poesía. A veces, la humedad sesgaba las letras. Otras, en cambio, el poema llegaba a su destino. Fue una iniciativa brillante: «Por el pájaro enjaulado, por mi amigo que está preso, por los árboles podados, por el hombre torturado… yo te nombro libertad». El autor Paul Èluard, un comunista en clandestinidad que combatía con armas contra el ocupante.

    Lejos de nuestra vieja Europa, y de nuestro país que acoge a un sinfín de mariposas y a un número más reducido de aves, la guerrilla de las FARC-EP se ha sentado a negociar con el Gobierno colombiano, en La Habana. La delegación femenina guerrillera recibió, días atrás, una carta de sus compañeras kurdas, al otro lado del planeta.

    Y la contestaron. La correspondencia me ablandó el corazón y me recordó la grandeza de la lucha contra la injusticia: «Nos da muchísima fuerza saber que hay una gran cantidad de mujeres en esta tierra luchando por lo mismo: por un mundo sin opresión, sin miseria. Abrazamos su causa, a partir de ahora ustedes están en nuestros corazones y en nuestras cabezas, porque son nuestras hermanas de lucha, pues todas estamos dispuestas a sacrificar nuestras vidas por la humanidad».

    Y yo, que tengo tendencia a comparar, para bien y para mal, todo lo que tiene nombre y apellidos, ojos y piel, a lo largo del planeta, no pude menos que acordarme de nuestras presas, agolpadas con sus hijos en la cárcel de Aranjuez: Alicia, Anabel, Oskarbi, Lierni, Nerea. Viviendo la felicidad de la maternidad, el despertar de sus hijos en medio del desasosiego de las rejas. Tristeza y alegría. Todo ello en un dormitorio.

    Les cortaron la vida, les prohibieron los pájaros, pero ellas crearon esos ojos, tan grandes que no pasan desapercibidos, esos ojos que sólo los niños y las aves amplifican para acercarse al viento, para guardar el hálito de la belleza, el poder de la persuasión y, sobre todo, la necesidad de continuar con la misma cadencia que recibimos de nuestros antepasados.

    Hay, sin embargo, una corte de funcionarios uniformados, de banqueros financiadores, de embozados estrategas que estrujan las celdas, que rompen los dibujos, que cuelgan los teléfonos y que prohíben los dibujos de colores. Arrogantes señores grisáceos que persiguen a hombres y mujeres, viejos y niños, por poner un poco de dignidad en su existencia. En las montañas del Kurdistán, en las selvas de Bucaramanga, en las mazmorras de España y Francia, donde habitan más de 600 presos vascos a los que está prohibido llamar «políticos».

    Itziar estuvo orgullosa de su hijo, el hijo de Itziar, que soportó la picana sin delatar a compañeros, «¿qué te han hecho para estar así?». Siete hombres me golpearon, cuatro veces me sumergieron la cabeza, me colgaron de los pies… recitaba el hijo de Itziar. La dulce Maddi, como dice la canción, le esperaba orgullosa, al pie de la cárcel, para darle dos besos. Miles de hijos y de madres. Unos más fuertes que otros. Todos nuestros.

    Hemos contado tantas historias de presos y presas, los hemos evocado en tantos paneles, canciones y recuerdos a lo largo de los años que apenas sí somos capaces de diferenciar si hablamos de nuestros padres o de nuestros abuelos. Siempre hemos sufrido la cárcel. El pueblo vasco es un pueblo con mancha. Una mancha terrible, agónica a veces, una huella identitaria.

    Hemos caminado con ellas y ellos, separados por muros mayores que los de la guerra fría. Hemos llegado exhaustos a la puerta para abrirlas al son de fanfarrias y marchas festivas para anunciarnos, en el último suspiro, que la pena se alargaba diez años. Hemos sufrido el acoso, el rechazo y el insulto de quienes en euskara se llaman «zuriak», los esclavos que piensan como el patrón.

    Pero nunca los hemos abandonado. Sus hijos son nuestros hijos, sus esperanzas son las nuestras y en cada sueño que con delicadeza ayudamos a tejer, encontramos cientos de manos, millares de dedos aplicados en contar, en recibir si fuera el reparto de un ápice de su encierro.

    En La Santé, definida como una de las cinco cárceles con peor reputación del mundo, también hay presos vascos: Iñaki, Garikoitz, Iker, Andoni, Josu, Ekaitz. Colchones llenos de piojos, dos duchas de agua fría a la semana, hacinamiento, humillación a las familias. Apollinaire estuvo también en una de sus celdas hace muchísimo tiempo: «Recuerda siempre que te espero” escribiö. el pasado 12 oí lo mismo en las calles de Bilbao.

  2. Juan:
    entiendo tu respuesta, pero yo hablaba del “pueblo catalán”, y de los territorios que pretenden ocupar. El problema de la “territorialidad” es el que me interesa. Y si lo pasamos a los vascos, también. El pueblo vasco que el soñador indocumentado que fue Arana, muy en consonancia con el mismo Friedrich Karl von Savigny de quien hablo en mi artículo, declaró oprimido y eclipsado por España, tiene derecho a proclamarse como tal pueblo. Me parece un romanticismo barato, como lo atestiguan los apellidos de tanto habitante de Euskadi, que rezuman castellanismo por todos los costados. Así que se trataría de un pueblo muy mezclado y muy poco puro. Además, si tanto valor tenían los vascos, en la consideración de Sabino, en comparación con los “maquetos” castellanos, ¿cómo es que se dejaron dominar, y hasta colaboraron en gestas típicamente castellano-españolas?
    No podemos estar continuamente mirando hacia atrás paa comprobar lo que pudo haber sido pero no fue. La Historia funciona con vencedores y vencidos, con dominadores y dominados. Y todas las barbaridades que se cometan ahora contra el Código penal, sean perseguidas con la aplicación del mismo.
    (Jesús Mº Urío Ruiz de Vergara Echeverría Uranga Udi).

    MI colección de apellidos lo único que quere decir es que me considero vasco-navarro, y que el aceptar alegremente también ser español y europeso no me incomoda ni me estorba nada).

  3. ¿Donde nos lleva el AVE que fue inaugurado con toda la pompa institucional martes pasado? Oficialmente, se nos dice que enlaza Barcelona con Girona y Figueres. Pero en este país parece que nadie sabe leer los mapas. En realidad, el nuevo servicio de alta velocidad acerca y reunifica la capital de Cataluña con dos ciudades capitales de nuestra historia … y de nuestro futuro: Perpiñán y Montpellier.

    No debemos olvidar nunca de dónde venimos. Cataluña se formó nacionalmente a los pies del Canigó, en territorio que hoy es bajo jurisdicción francesa. Todo lo demás es conquista a las taifas árabes (Lleida, Tortosa, Baleares, Comunidad Valenciana …). El gran rey Jaime I nació en Montpellier!

    A menudo consideramos la Guerra de Sucesión como el episodio más capital de nuestra historia. Pero no: nuestro gran drama colectivo fue la Guerra de los Segadores, cuando la República Catalana de Pau Claris fue aniquilada y Francia nos arrebató, con el Tratado de los Pirineos (1659), las comarcas de la Cataluña Norte.

    Durante siglos, Perpiñán fue la segunda ciudad en importancia de Cataluña. Era nuestra puerta de entrada al país desde el resto de Europa. Si miramos mapas antiguos, entenderemos la gran importancia económica y militar que tenía la Fidelísima.

    Sinceramente, no nos hacía falta el enorme dispendio de un AVE para ir de Barcelona a Girona. Con un servicio de cercanías eficiente sería suficiente. Tampoco para llegar a Vilafant, una aldea en el extrarradio de Figueres. No es práctico ir a París en tren de alta velocidad: el avión es más competitivo.

    Si algún sentido tiene el nuevo AVE, es que conecta rápidamente Lleida, Tarragona, Barcelona y Girona con Perpinyà, nuestra capital del norte (aunque se hable francés). Por fin! Sólo un pero: hay que bajar del AVE en Figueres-Vilafant y subir a un TGV para ir hasta Perpiñán y Montpellier. Cuando podremos hacer el trayecto en un mismo tren, como cuando vamos, por ejemplo, de París a Bruselas? Todo llega …

    Cataluña necesita, más que nunca, Perpiñán y Montpellier. Hicimos un mal negocio uniendo las coronas de Aragón y de Castilla. Venimos del norte y tenemos que volver al norte. El presidente socialista François Hollande es el faro que nos señala la salida de esta maldita crisis, preservando los valores del Estado del bienestar. El AVE que el príncipe Felipe y los presidentes Mariano Rajoy y Artur Mas inauguraron el pasado martes es-sin que fueran conscientes, ! – El cordón umbilical que nos conecta con el futuro. Bye bye Spain.

  4. ¡Claro, Juan!, tienes razón en lo del cordón umbilical. Se trata de Europa, pero siempre seremos más fuertes en las decisiones europeas constituyéndonos en miembros fuertes por el número y el territorio que atomizados en pequeños reinos de taifas.
    (Jesús Mari- Areópago)

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